Clases


PSICOPATOLOGÍA II (Cursada 2015)


 Psicopatología II
Clase 1
La Pulsión en el armado del aparato psíquico

Quisiera comenzar con una cita de Jacques Lacan del Seminario V, Las formaciones del Inconsciente, Capítulo XXV: “La pulsión es la expresión manejable de conceptos que valen para nosotros, los psicoanalistas, y que expresan la dependencia del sujeto en relación a un cierto significante”.
La intención no es estrictamente comentar la cita sino apostar a “la sugerencia”, a que la letra del texto nos deje pensando y buscando una vez más reflexionar sobre el campo teórico en el que nos encontramos trabajando.
En esta misma línea menciono también El punto B del capítulo 7 de la Interpretación de los sueños de Sigmund Freud a propósito del esquema de aparato psíquico propuesto: “Lo primero que nos llama la atención es que este aparato posee una dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en inervaciones. (…) Introduciremos ahora fundadamente una primera diferenciación en el extremo sensible (del aparato). Las percepciones que llegan hasta nosotros dejan en nuestro aparato psíquico una huella (…) La función que a esta huella mnémica se refiere es la que denominamos memoria. (…) Siguiendo el principio que seguía nuestra tentativa, distribuiremos, pues, estas dos funciones en sistemas distintos, suponiendo que los estímulos de percepción son acogidos por un sistema anterior del aparato que no conserva nada de ellos; esto es, que carece de toda memoria (signos de percepción) y que detrás de este sistema hay otro que transforma la momentánea excitación del primero en huellas duraderas”.     

Como último sustrato de la noción de aparato en Freud, encontramos la teoría de las pulsiones. La Teoría de las pulsiones, constituyen nuestro mito fundante. Una necesidad teórica especulativa que recorre y organiza el corpus teórico del psicoanálisis.
Pulsiones entonces, que parten de una fuente que siempre esta en relación a lo somático: tiene como basamento el organismo del viviente; para fundar e inscribirse en el aparato psíquico mediante una representación psíquica. Recorrido de lo somático (ligado al sostén biológico) a lo psíquico (en tanto meta) y propiamente humano como tal; por cuanto es este aparato el que organizará nuestra subjetividad “parlante” (mundo simbólico en el que nos expresamos).
Sostenemos entonces que La pulsión está originada en un estímulo fisiológico y no tiene como tal ingreso al inconsciente sino es por la mediación de una Agencia Representante de la misma. Un estímulo que necesariamente deberá ser “estimulante y estimulado(r)  (introduce la necesidad lógica del agente Otro Primordial) para que se funde el aparato. Un aflujo de excitación interna o externa que No Cesa, del cual no puede escapar el organismo somático o el aparato que se funda merced su inscripción en el mismo; y como tal es el resorte del funcionamiento del mismo: el combustible que alimenta el aparato.
Asimismo desencadenante de una emoción (afecto); fruto de las reacciones somáticas: reacciones musculares, neuroendócrinas o neurofisiológicas; basamento que permitirá la construcción de un sentimiento a posteriori (de carácter NO inconsciente este último).
Freud hablará de representante psíquico y de monto de afecto: ligando el monto, a la idea de descarga y como tal resto, de la experiencia de dolor, en tanto incremento de energía psíquica. Nótese cómo subyace la idea de un principio de funcionamiento que podemos equiparar con el principio de placer. Cuando se rompe la regulación que es el principio de homeostasis, funciona un alerta, se funda la necesidad (que debe ser cubierta) de recuperar el equilibrio.
Es en el nivel pulsional donde la representación y el afecto se encuentran unidos; la represión procede a la separación entre ambos[1].
Y ya estamos en los orígenes de la formulación de pulsión para Freud: fuente en un estímulo o excitación orgánica (y como tal incremento de tensión); un fin cual es suprimir el estado de tensión emanado de la fuente pulsional y esto mediante el auxilio del objeto al que recurre la pulsión para satisfacer(se).
Y aquí ya una vuelta de tuerca: ¿la pulsión se satisface? ¿Ella? Lacan hablará de la pulsión como acéfala: no tiene sujeto. No la “conduce” el yo, no satisface al yo; se satisface. En extremo: “eso” es-se satisface.
Y otra vuelta más entonces: estrictamente hablando para Freud es la necesidad la que se satisface, mientras que la pulsión es una fuerza constante, una exigencia que se impone al psiquismo por su ligazón con lo corporal imposible de domesticar. La pulsión insiste. Se repite. Tiende siempre hacia delante: no alcanza la meta a la que tiende, reitera, repite: ser UNO con La COSA.
Hablamos metafóricamente de combustible. ¿Por qué no hablar de ese término esquivo: libido? Diremos entonces que constituye el combustible que recorre y alimenta el aparato: designa el aspecto psíquico de la tensión-inscripción pulsional. “(Es) la manifestación dinámica, en la vida psíquica, de la pulsión sexual”[2] dirá Freud[3].  
El destino de los movimientos (investiduras iniciales y conformación de huellas mnémicas) que se producen en el Núcleo  Inconsciente, marcha en el sentido de constituir una instancia organizada a la que llamaremos Yo (Freud la entiende inicialmente como yo-placer, yo-cuerpo[4]). La instancia de organización “tiende” a la constitución de un aparato identificatorio: señala en este sentido el papel pregnante, impactante, y estructurante, del intercambio que se sostiene con el agente materno (cómo la imagen del agente materno “captura”, subyuga al infante, coagulando un rasgo). Está vuelto el aparato hacia el Otro. La relación entre la pulsión y el inconsciente está jugada en estos representantes capaces de constituirse en identificaciones primordiales. Y estas identificaciones conforman (“arman”) el Yo. Ojo, por ello el yo no es una unidad libre de contradicciones, está conformado como una cebolla por múltiples capas de “Los -agentes- significativos” (Otro).
Que el destino de las pulsiones sea una identificación, no es ajeno a que la pulsión tenga un modo de descarga (activo o pasivo) que es siempre el fruto de un “aprendizaje” –inconsciente- y que la manifestación de una identificación se juegue en el mismo andarivel: actividad versus pasividad, la piensa Freud.
La pulsión es una fuerza constante cuyo destino es un objeto que en última instancia es siempre  sexual: en el sentido de un plus que se sobre-agrega a la necesidad propia del organismo para el sostén vital del infante.
La identificación establece con el objeto una ligazón catextizada (podemos llamarlo investimento libidinal). Donde la fantasía constituirá la expresión o superestructura de la  relación singular fundada entre la identificación y el objeto.
La pulsión por si misma no indica nada sino es en relación a una identificación, pero la identificación no existe si no es en relación a un objeto. Podemos preguntarnos de qué objeto se trata: ¿El objeto infante? Como tal objeto para el Agente Primordial. ¿El otro materno? Como tal objeto fundamental (y fundante) para la posibilidad vital y psíquica del cachorro humano. Nótese la interdependencia en estos tiempos fundantes que da cuenta de este Narcisismo Primordial.
Pero: Freud habla de un tiempo inicial en el infante como anobjetal… 
No presupone esto la no existencia de un objeto en el exterior, puesto que está la madre como sostén, sobre cuya figura y función, por la noción de apoyo, se elegirán los posteriores objetos. Sino, la imposibilidad de simbolizar un objeto. El cachorro humano es prematuro e inicialmente Fusional (indiscriminación madre-niño). Depende para su existencia del otro materno.
El infante no distingue a la madre como un objeto externo, sino que lo integra a su campo de “fragmentación corporal”, el cual lo rige.
Estrictamente nunca hay una relación directa con el Otro, siempre es a través del objeto. A través de los objetos pulsionales. Se “extrae” un objeto del Otro: pecho, voz, mirada, heces. Objeto “en forma de a, dirá Lacan apuntando a dar cuenta de esta operación lógica que es algo que está fuera del lenguaje siendo el objeto más material del psicoanálisis. “En forma de a”: esta función le da forma a la A. El objeto a es una función que permite la relación con el Otro a través de los objetos pulsionales. No solo algo que no es significante sino que como objeto, sirve de apoyo para realizar cualquier acción.
Nos introduce además en la cuestión del Narcisismo, puesto que si toma a la madre como una parte de sí, no simboliza, siendo que el objeto madre aparece y desaparece, sin poder dar cuenta todavía de esto. El aparato es inmaduro todavía! Pero el objeto como tal, está. Y está deseante (deseo materno). Nos permite suponer entonces que el objeto espera al sujeto. Espera que se constituya como Sujeto (madre suficientemente buena, para Winnicott).
El fantasma, en este contexto, es algo así como la expresión de la peculiar relación que la identificación establece con el objeto. Que si seguimos a Lacan deberemos señalar como el objeto a, de donde se desprende la fórmula del fantasma que sustituye al A (Otro) por a haciendo posible la demanda la relación con la pulsión. Si se habla de pulsión se habla de demanda, si se habla de demanda es que hay Otro en el sentido de la demanda, pero no sin un apoyo en otro (agente materno). Este otro materno aparece como un objeto pulsional (y por lo tanto objeto parcial) en relación con una pulsión.
Relación que se monta sobre un escenario virtual donde confluyen personajes y “amores”. Identificaciones, catexias y objetos que la soportan. Es un modo de respuesta que se da el infante (= sin lenguaje).
Conformará esto sus Teorías infantiles Originarias, según sus Fantasmas Originarios; nuestra versión amorosa también.
Algo interesante para ver es que la catexia es discreta, no continua como la pulsión.
Nunca se eligen objetos puros, toda elección de objeto se apoya en una construcción narcisística. En este sentido “en forma de a”, sin posibilidad de tener relación directa con el Otro, el a “enmascara”  ¿qué cosa? Vemos que Freud en Introducción al narcisismo sostiene que la relación de objeto se realiza: “conforme al tipo narcisista, lo que uno es, lo que uno fue, lo que uno quisiera ser, la persona que fue una parte de uno mismo; conforme al tipo de apoyo anaclìtico a la mujer nutricia, al hombre protector”. Este “en forma de a” enmascara esta figura del Otro, en la mujer nutricia y el hombre protector.
Toda libido objetal ha sido previamente libido narcisista, que desligada del yo, se objetiva. El objeto sufre pues una determinación narcisística. De modo que la catexia nunca es continua pues no se vuelca toda al objeto, catextiza también al narcisismo.
Por ejemplo ahora, la atención de ustedes alterna 10 segundos en lo que digo y otros 10 – a partir de alguna palabra o elemento significante- en que se vuelven a la reflexión en su mundo interior (narcisismo), y se extravían en alguna ensoñación o asociación, por ejemplo. Nunca están vueltos constantemente hacia el mundo objetal. Retornan a la identificación: fantasean. Ese retorno es entendido como retorno contra la propia persona; uno de los cuatro destinos de la pulsión.
La pulsión tiene cuatro destinos: retorno contra la propia persona, transformación en lo contrario, represión y sublimación.
La identificación es un punto de anclaje de las pulsiones, que se construye en el curso de una historia vivida. En este sentido, la historia del Complejo de Edipo, será el que constituye distintos subsistemas de identificación.
La organización pulsional se funda en el concepto de necesidad desde la cual el infante se pone en marcha, siempre y cuando la vehiculice otro adulto que lo guíe hacia determinado objeto puesto que no puede hacerlo autónomamente. El pilotaje de la pulsión operado por otro, conduce a la construcción de una identificación en principio pasiva. Esta relación articula la necesidad a la demanda, articula las excitaciones físico-químicas con la esfera de los representantes-representativos.
Ahora bien. Resulta que el enlace de una excitación a propósito de un objeto (hambre, por ejemplo) se constituye mediante cristalizaciones (fijaciones). Las pulsiones permitirán ir distinguiendo entre mundo interno y mundo externo. Ante el hambre el cachorro necesita del otro que lo guíe al objeto que se le presentará para que lo calme (satisfaga). Sobre este modelo, al término del Complejo de Edipo, al identificarse al padre o la madre, autonomiza –en tanto modelo- lo que sus padres hacían por él. La pulsión conduce a la construcción de un modo de identificación, así como vemos que conduce a un modelo de objeto. Vemos así que el Edipo es el complejo en cuyo curso se constituye un modo de sujeto, así como un modo de producción de objetos sexuales.  
 
Bibliografía:
Lo orgánico y el discurso de Norberto Ferreira de Editorial Fundación Ross
El narcisismo y sus destinos de Antonio Rodino Cabas de la Editorial Trib
Introducción al Narcisismo de Sigmund Freud, Obras Completas




[1] En “Estudios sobre la histeria” (1895) Freud postula que la representación y el afecto no descargado aparecen unidos en el trauma. Esto constituye precisamente su carácter de traumático. Se tratará entonces de poder “olvidar” (reprimir).
[2] Psicoanálisis y Teoría de la libido Obras Completas S. Freud 1922.
[3] Inicialmente se opone libido a pulsiones de autoconservación  (Pr 
Psicopatología II (2015)                    
1ª Clase:
LA IDENTIFICACIÖN 
(Resumen del Cap. VII de Psicología de las masas. Tomo III Sigmund Freud; traducción: Lopez-Balleteros)
Es la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona y desempeña un papel fundamental en la prehistoria del Complejo de Edipo. Contribuye a la preparación de este.
El niño manifiesta un interés especial por el padre. Quisiera SER como el padre y reemplazarlo en todo. HACE de su PADRE su IDEAL.   
En simultaneo,  comienza el niño por tomar a su MADRE como OBJETO.
Vemos dos Tipos de ENLACE LIBIDINALES diferentes. Sexual a la madre e identificatorio al padre (modelo por imitar). Coexisten por un tiempo PRIMORDIAL sin influirse ni molestarse mutuamente PARA CONFLUIR (a medida que el YO tiende a su INTEGRACIÓN) EN EL COMPLEJO DE EDIPO COMPLETO.
La IDENTICACIÓN es AMBIVALENTE. Una ramificación de la primera fase. FASE ORAL de la ORGANIZACIÓN LIBIDINAL. Momento AUTOERÓTICO en la Constitución del Aparato Psíquico. Incorpora al objeto ansiado y estimado, comiéndolo y así destruyéndolo.
En la fase del COMPLEJO DE EDIPO sufre transformación esta identificación. Puede llegar a convertirse en OBJETO SEXUAL.
En la IDENTIFICACIÓN el padre es lo que se QUERRÍA SER. Como OBJETO SEXUAL lo que se QUERRÍA TENER.  Vale decir: Sujeto u Objeto del YO. Por ello la Identificación es ANTERIOR A LA ELECCIÓN DE OBJETO. Aspira a conformar el YO análogamente al tomado como modelo.
En la Estructura Neurótica la identificación se expresa de forma compleja.
1)    La misma del Complejo de Edipo. Deseo hostil de sustituir a la madre; inclinación erótica hacia el padre, conciencia de CULPABILIDAD. Formación de SÍNTOMAS HISTÉRICOS.
2)    El mismo síntoma que la persona amada. La identificación ha ocupado el lugar del elección de objeto, transformándose ésta, por regresión, en una identificación (secundaria).  La REPRESIÓN por efecto de lo inconsciente, propicia síntomas donde la elección de objeto deviene una nueva identificación, absorbiendo el YO las cualidades del objeto. Copia el YO a la persona amada; y otras a la NO amada. En ambos casos la Identificación es PARCIAL y limitada; tomando UN RASGO de la persona-objeto.
3)    La identificación se efectúa independientemente de toda actitud libidinosa con la persona: al MODO de una persona tomada como objeto. La simpatía nace de la Identificación. Uno de los YO advierte analogía en algún rasgo, identificándose en ese punto; pudiendo desplazarse hasta un síntoma del Yo imitado. Identificación a un síntoma. Punto de encuentro que se mantiene oculto: reprimido.          
Vemos entonces que  1).-  La Identificación es la Forma Primaria del enlace afectivo a un objeto. 2).- Por regresión, se convierte en sustitución de un enlace libidinoso a un objeto, como por introyección de objeto en el yo. 3).-  Puede surgir siempre que el sujeto descubre en sí un rasgo común con otra persona que no es objeto de sus pulsiones (sexuales).  Identificación parcial  que constituirá el principio de un nuevo enlace.
Expone luego dos casos donde la identificación presenta particularidades que permitirán reflexionar sobre la misma: 1) sobre la génesis del homosexual(ismo) (argumentos incompletos que merecen interrogarse) y 2) sobre la melancolía (continuando desarrollos sostenidos en El Duelo y la Melancolía[1], artículo de lectura necesaria para mejor entender lo sostenido en este).
Para el caso 1) sobre el homosexualismo masculino, nótese el valor asignado a la identificación al rasgo materno: “el joven ha permanecido fijado (identificación Primaria)  a su madre intensamente”. Con la pubertad vuelve a libidinizar tal identificación (investir libidinalmente el rasgo) “identificándose con ella” (identificación secundaria) “buscando objetos (amorosos) susceptibles de reemplazar su propio yo a los que amar y cuidar como él ha sido amado y cuidado por su madre”. Señala “la sustitución del objeto abandonado o perdido (materno) por la identificación con él, o sea la introyección de este objeto en el yo”.
Respecto de La Melancolía (por “pérdida real o afectiva del objeto amado”), El rasgo preponderante es la “autohumillación del yo” (el sujeto se degrada y critica)” Estos reproches y críticas se dirigen en el fondo contra el objeto introyectado en el yo. Y representan la venganza que de él toma el yo”. “Nos muestran al yo dividido en dos partes (escisión del yo) una de las cuales combate a la otra (la que fue transformada por la introyección, al modo del rasgo al objeto perdido). La instancia crítica (cruel) “encierra en sí la conciencia moral, localizada en el yo (Ideal del Yo) y le adscribimos como funciones la auto-observación, la conciencia moral, la censura onírica y la influencia principal en la represión”. “Es la heredera del narcisismo primitivo”.             


[1] Es necesaria su lectura. Ver Duelo y Melancolía (1915) Tomo II de O. Completas de S. Freud por Lopez-Ballesteros y de Torres.imera Teoría Pulsional) para luego sostener la oposición entre libido y pulsión de muerte. Queda claro que busca Freud sostener el carácter sexual de la libido.
[4] Cuerpo que como tal no se halla unificado aún; puesto que el sujeto está en formación y solo con el Narcisismo podremos hablar de un cuerpo (a)propio(ado), investido como objeto y garante de unidad. 



2ª Clase                                 Psicopatología II                                                     

El Yo y el Ello (1923) S. Freud.- Repasando conceptos.-

Verán un interés en interrogar los conceptos de escisión yoica, y constitución subjetiva: esto es: separación y alienación, por cuanto entiendo que trabajamos la Estructura de la Infancia. Y no me guía solamente los interrogantes que despierta mi práctica como analista, con chicos. Sino que podemos afirmar que interrogar estos conceptos ejes de la Estructura de la Infancia, es hacerlo extensivo a todos los humano parlantes. Es pensar la clínica de adultos desde aquello que conformó al sujeto que llega a nuestro consultorio, aquello que somos hoy. Qué del niño, de lo infantil, se conserva en el adulto. En “Análisis terminable e interminable” escribe que “todas las represiones que acontecen en la infancia son medidas defensivas primitivas del yo inmaduro endeble”. Y también dirá que en los años posteriores “no se consuman represiones nuevas pero son conservadas las antiguas” y el yo recurre, en vasta medida, a sus servicios para domeñar, gobernar, las pulsiones. Digamos que los conflictos posteriores son gobernados por una pos-represión. Dos momentos para los diques que no cederán tan fácilmente “frente a la pleamar de las pulsiones”.
Como verán a partir de los textos freudianos que hemos elegido para la presente cursada, Freud entiende que la rajadura inicial es correlativa a la castración del Otro, por lo que será constitutiva del sujeto. 
Notarán también que hablar de Lo primario en Freud es abordar el concepto de pulsión empalmándolo con el goce en Lacan. Este último lo podemos pensar desde el estudio de la identificación primaria y del S1.
Básicamente, podemos decir entonces hasta aquí que Freud sitúa como los mayores obstáculos a nuestra práctica como analistas.
El influjo de traumas (Lo Primario, originario y lo accidental de “lo traumático” –accidental- a posteriori)
La intensidad de lo pulsional: viscosidad, adherencia.
La alteración del yo. Se con-forma al Otro y a posteriori lógico, se transforma: se hace.
Tratándose de la identificación, como lo hemos venido planteando ya hasta aquí, vemos cómo el significante se anuda a lo Real, no pudiendo sostenerse ninguna suerte de primacía de lo simbólico en relación a la dirección de la cura. Afirmación fuerte que buscaremos sostener y comprobar a lo largo de la cursada. Claramente esto queda mucho más patente en el trabajo clínico con niños.
Frente a la intensidad pulsional el significante opera en pos del esperado domeñamiento de lo pulsional, siendo esta primera marca que cae sobre el sujeto la que habilitará la posibilidad de hacer cadena: si hay S1 habrá la posibilidad de un S2. Marca primera que lleva la impronta del goce del Otro. De las singularidades del encuentro, de la consistencia del goce, a veces sin el intervalo entre S1 y S2 (holofrase), de los avatares en fin, consiste nuestra práctica.
Entiendo que para no abrumar con términos que pueden llegar a resultar vacíos a fuerza de repetirlos y no sacarles el jugo, no interrogarlos  –y siguiendo la lógica de volver una y otra vez sobre los conceptos, los textos- podemos retomar algunos aspectos de lo formulado por Freud en los escritos leídos para hoy:

Formula en “El Yo y el Ello”, tres instancias psíquicas propias de la 2da Tópica: Ello, Yo y Súper yo.
Parte de resituar el concepto de lo inconsciente a partir de la teoría de la represión: “Lo reprimido es el prototipo de lo inconsciente”; distingue entonces dos clases de inconsciente: latente “capaz de conciencia” e inconsciente propiamente dicho (y como tal incapaz de conciencia); claramente reconocemos a esta última como la instancia de lo pulsional.
Esto lo llevará a la reformulación de las tres instancias: Consciente (Cc), preconsciente (Prec) e inconsciente (Inc). Donde lo Prec. se halla más cerca de lo Inc. que de lo Cc.
Plantea el Yo como una “organización coherente de los procesos psíquicos” de un sujeto y   que este integra su conciencia, la que domina el acceso a la motilidad; la descarga de las excitaciones en el mundo exterior (el dominio del mundo). Fiscaliza todos los procesos parciales (aun al dormir, mediante la censura onírica). Reprime. Entiende la resistencia (no querer saber sobre lo reprimido) como una parte inconsciente del yo (un saber que no se sabe). Tal resistencia dirá que también parte del Yo.
Y aquí una paradoja: si bien es una organización coherente de los procesos, esta instancia, que no es una instancia preconciente del Yo, ¿Qué carácter tiene entonces? ¿Denota qué proceso? La resistencia parte del yo, pero no del yo-preconciente, sino del que se vincula o nace del Ello (lo inconsciente-no sabido), un “yo que no es latente en el sentido del preconciente”, dirá; y que exige un gran trabajo (de análisis) pero: para permitir percatarse de sus efectos (sabemos de ello por sus efectos).
Postula entonces que encontramos “un yo coherente y lo reprimido disociado de él”.
Entonces: Un yo que busca ser la organización coherente de los procesos psíquicos, la unidad y regulación de funciones de la conciencia y de las acciones que lleve a cabo el sujeto mediante su cuerpo. Y por otro lado, un yo que desconoce. Disociado de la conciencia, de la organización coherente y unitaria.
La conciencia (P-Cc) es la superficie del aparato. Constituido este, superficie receptora. El primer contacto con el mundo exterior. Da cuenta de las percepciones sensoriales exteriores e interiores (sensaciones y sentimientos).
Distingue Freud, representaciones inconscientes (representaciones cosa); de otras preconscientes (enlazadas a representaciones verbales). Entiende a estas últimas como restos mnémicos, de percepciones (y privilegia el valor dado a los restos verbales), y que como tales pueden volver a ser conscientes, de allí su carácter de preconscientes. “Solo puede hacerse consciente lo que ya fue alguna vez una percepción consciente, aquello que siendo un sentimiento quiere devenir consciente y desde el interior tiene que intentar transformarse en percepciones exteriores, transformación que consigue por medio de la huellas mnémicas”. La huella entonces, debe ser siempre activada, en un proceso de investimento, para poder percibir.
Los restos verbales provienen de percepciones acústicas, restos de palabra oída, otorgándole al sistema Prec. un origen sensorial especial. “Por medio de ellas quedan convertidos los procesos mentales interiores en percepciones”. “La palabra es esencialmente resto mnémico (percepción acústica, significante) de la palabra oída”
Asigna un lugar en el aparato para los restos de percepción visual, adscribiendo inclusive un tipo de pensamiento visual, compuesto de material visual concreto que se hace asequible, sin poder establecer relación lógica alguna; “más cerca de los procesos inconscientes –inasequibles- que el pensamiento verbal”, propio del sistema Prec.
También las sensaciones y los sentimientos tienen que llegar al sistema P para hacerse conscientes; diferenciándose de las representaciones inconscientes en que no precisan crear antes miembros de enlace para acceder a la conciencia: son concientes o inconscientes, y progresan directamente  a la conciencia, aún cuando se hallan enlazadas a representaciones verbales. De manera que por medio de las representaciones verbales (Prec.) se percibe lo interior, dando la idea de que todo conocimiento procede del exterior, cuando lo coloreamos con nuestras sensaciones, sentimientos, internos.
La serie placer-displacer (percepción interna) es anterior a las percepciones del exterior. Inicialmente entonces, esta percepción rige para el cachorro humano. Y esta se comporta como un impulso reprimido (Inc).
El yo se apuntala para su constitución en los restos mnémicos (Prec). Distinguiéndose (escindido) de su región inconsciente, a la que llama Ello (no obstante el Yo hunde sus raíces en el Ello). Y es tan estrecha la relación entre ambos, que dirá que el yo “sustrae libido al ello, transforma las investiduras de objeto del ello en conformaciones del yo”. En este sentido lo entiende al yo, como “una parte del Ello modificada por la influencia del Mundo Exterior, transmitido por el P.-Cc.”
Donde, lo reprimido también confluye con el Ello siendo una parte de él: “las impresiones que fueron hundidas en el ello por vía de represión, son virtualmente inmortales, se comportan durante décadas como si fueran acontecimientos nuevos”. No obstante se encuentra separado del Yo por las resistencias de la represión y solo se comunica con el Yo a través del Ello.
Un aspecto que me interesa recalcar es como en la génesis del yo (como diferenciación del Ello) además de la influencia del sistema P-Cc; actúa el propio cuerpo, sobre todo, la superficie del mismo, lugar de recepción y producción de estímulos externos e internos. Y en este lugar, insisto, es crucial las experiencias, vivencias corporales por las cuales se transite. El dolor, en los tiempos iniciales del sujeto, ocupa un lugar fundamental en la constitución del yo-corporal.
Es ante todo un yo-esencia-cuerpo, un yo corpóreo, proyección (mental) de una superficie corpórea y superficie, a la vez, del aparato. Y por supuesto, un yo receptáculo: abierto –sometido también- al otro auxiliador que lo sostiene y con-forma.
Agrega a pié de página en 1927 (trad. Inglesa) “El yo se deriva en último término de las sensaciones corporales, principalmente de aquellas producidas en la superficie del cuerpo, por lo que puede considerarse al yo como una proyección psíquica de dicha superficie y que por lo demás, como ya hemos visto, corresponde a la superficie del aparato psíquico”.
Claramente no se trata de un cuerpo biológico sino de una proyección psíquica en el aparato. Pero además –y esto corre por mi cuenta, no lo explicita así Freud pero se sobreentiende- el cuerpo es un lugar de construcción: se arma de experiencias de vida. Y aquí la Psicomotricidad tiene mucho por decir y dar cuenta en la conformación del sujeto. La estructuración psicomotriz se enlaza a la conformación del yo.
Deberá vincularse con las nociones de identificación, narcisismo, estadio del espejo, cuerpo y constitución subjetiva y psicomotriz. 
Traerá notorias diferencias clínicas con concepciones clínicas “corporalistas”, que confunden yo con cuerpo orgánico: propiciando terapias reeducativas o confundiendo   signos con síntomas. 

Por otra parte consideremos que el Ello conforma “la más antigua de las instancias psíquicas”. “En el origen todo era ello.” “El núcleo de nuestro ser lo constituye el ello”.[1]
En el Ello se encuentran las inscripciones pulsionales que mueven el funcionamiento del Súper Yo y del Yo.
Es un polo de atributos significantes ligados en un discurso que proviene del deseo de los padres. Excede lo pulsional, el orden simbólico. Y como tal no es totalmente representable.

El Yo y el Súper Yo (Ideal del Yo)
Una región especial, diferenciada, del yo, la constituye el Súper-yo o Ideal del yo. Presenta una conexión menos firme con la conciencia.
En el origen (mítico), (en la fase primitiva oral del infante), no es posible diferenciar la carga de objeto (o investidura de objeto), de la identificación. Más tarde, supondremos que las investiduras de objeto parten del Ello. Este origen, se entiende como lo Primario, lo intrusivo, lo que se le impone al cachorro humano, origen por tanto de la estructuración psíquica. Entiéndase que el Yo no se ha constituido todavía (hay un trabajo de distinción y conformación Yo-no yo, para el aparato); de manera que lo Primario se refiere a la conformación del Ello. Y a este Ello se le impondrán (así: intrusivamente) los objetos significativos (encarnados en los padres).
En los inicios, al objeto solo se lo distingue por los lazos ambivalentes que se establecen con él. Señalándole al infante cuales son los objetos significativos los que a partir de los cuidados básicos necesarios para el sostenimiento vital y desde sus discursos, proveen los significantes que por Represión e Identificación Primaria fijan la pulsión, constituyéndose la escisión psíquica al inaugurar el Ello. A partir de esto, como diferenciación del Ello veremos constituirse el Yo[2].
En los momentos originarios, no encontramos un Yo, puesto que este comienza a estructurarse a partir de la relación del Ello con los objetos primordiales.
Supondremos un momento posterior donde las cargas de objeto parten del Ello, decíamos entonces, donde un yo-placer débil (en formación) buscará aprobar o rechazar las mismas, recurriendo a la represión de las representaciones.
Cuando el objeto (de amor) sexual es abandonado surge en su lugar una reconstrucción del objeto en el yo. Introyecta el objeto facilitando el abandono del mismo (lo incorpora). Esta identificación constituye una condición para que el Ello abandone los objetos, conformando –en las fases iniciales- el carácter del yo como residuo de las cargas de objeto abandonadas, conteniendo la historia de tales elecciones de objeto (y midamos la extensión e implicación de la afirmación).
Constituye una modificación del Yo, estableciendo una íntima relación de este con el Ello. Toma el yo rasgos de los objetos amados -y abandonados- compensando –y permitiendo- su pérdida. Conforma así su narcisismo secundario: el yo se toma a sí como objeto. Y se ofrece al Ello: “ámame, soy parecido al objeto perdido”.
 “Una vez establecida la diferencia del Yo y del Ello, hemos de reconocer a este último como el depósito de la libido. La libido que fluye al yo por medio de las identificaciones descritas representa su narcisismo secundario”.
Las identificaciones objetales del yo libidinizado constituirán identificaciones secundarias. Pudiendo ser incompatibles entre ellas, generando disociación y /o conflictos.

Encontramos entonces, dirá Freud, una primera y fundamental identificación (Primigenia) con el padre[3] de la prehistoria personal. Aclara en nota al pie: con los progenitores, puesto que no son objeto de una valoración distinta antes de la diferencia de sexos; padres fálicos entonces. Identificación primera “que no parece constituir el desenlace de una carga de objeto (investidura) pues es directa e inmediata y anterior a toda carga de objeto”. Vale decir, es una identificación directa e inmediata (no mediada) y más temprana que cualquier investidura de objeto.
Constituye la matriz simbólica de las futuras identificaciones del sujeto en estructuración.
Las cargas de objeto que recaen sobre el padre y la madre, intensifican la identificación primaria: inmovilización simbólica del sujeto.

La noción de Insignia para J. A. Miller

Dirá J. A. Miller, que no se puede considerar, propiamente a esta, como una representación del sujeto. Puesto que una representación del sujeto exige la movilidad significante: S1-S2[4]. El sujeto es tan móvil como los efectos de sentido.
Siguiendo el desarrollo planteado por J. A. Miller, consideramos la identificación Primaria como una inmovilización del sujeto. Una constante simbólica –una fijeza simbólica- que irá contra la circulación del significante.
Tenemos una constante entonces: la constante del Significante Amo, S1, Rasgo Unario.
Freud indica que “las elecciones de objeto pertenecientes al primer período sexual y que recaen sobre el padre y la madre, parecen tener como desenlace normal tal identificación e intensificar así la identificación primaria”.

Ubica también Miller, una constante propia del fantasma.
Aquello que del relato que trae el paciente insiste, “eso” que siempre vuelve al mismo lugar. Constante que Lacan escribe a, y abrocha a la fórmula del fantasma: S<>a. Inmovilización fantasmática del sujeto.

Dos constantes entonces: @, que funciona en el fantasma y S1, la constante del Uno. Los dos colman y dividen al sujeto: el S1 separado del S2 aparece como sin sentido, y el objeto a obtiene su posición por estar fuera del sentido.
Busca entonces de escribir la conjunción de ambos como una pareja lógica -llamada “insignia”- para denominar los significantes distinguidos, inerciales: (S1, a).
Freud, señala, reconoció con el nombre de Súper yo, que hay significantes que no se mueven, que parecen estar al nivel de la ley y no al nivel de la circulación.
Llamará “insignia” a la transformación de una realidad en un significante –desde el lado de lo imaginario o lo real hacia lo simbólico.
Esta conjunción lógica la permitirá seguir los desarrollos lacanianos en torno al goce.
En el lenguaje no hay sólo la palabra sino también la escritura como aquello que en el campo del lenguaje, concierne al signo en tanto tiene efectos de sentido gozado y producción de goce. No basta tomar el síntoma como mensaje. No se articula simplemente como la función de la palabra sino con el proceso de una escritura. En el síntoma hay, como escritura, goce.
 El inconsciente, como lenguaje, no habla a cualquiera. Repite el Uno, en el hecho de que el inconsciente cuenta. El inconsciente cuenta y cifra.
La cifra está del lado de la letra y no del significante. Es desde esta perspectiva que definiremos el síntoma, no a partir del Otro, como mensaje dirigido al Otro y que se trata de interpretar, sino síntoma como un modo de gozar del inconsciente.
Insignia como el propio síntoma que es esa conexión entre el goce y el significante Amo. Goce cifrado.
Tal desarrollo teórico, pone en cuestión también nuestra forma de interpretar. La interpretación buscará leer lo escrito dentro de las palabras que trae el paciente. Por ello estamos a la lectura del equívoco. El equívoco es posible por que el mismo sonido puede escribirse de dos o más maneras diferentes.
Se trata mediante esta forma de abordar la interpretación de un trabajo de desciframiento que supone un nuevo –diferente- ciframiento. Se tratará de sustituir una cifra por otra.
 
Una cita de Freud: “El superyó debe su posición particular dentro del yo o respecto de él a un factor que se ha de apreciar desde dos lados: el primero es la identificación inicial ocurrida cuando el yo era todavía endeble -articulado a lo que veníamos trabajando- y el segundo: es el heredero del complejo de Edipo, y por lo tanto introdujo en el yo los objetos más grandiosos”.
Retomando estas vertientes en las que el superyó se divide podríamos agrupar una ligada al goce y otra en la línea del deseo.

Como resultado del atravesamiento del Complejo de Edipo (recordar la diferencia para el niño de la niña) -texto al que nos abocaremos en próximas clases-, encontraremos el “armado” de una identificación con el padre y una con la madre. “La identificación con el padre conservará el objeto materno del complejo positivo y sustituirá simultáneamente al objeto paterno del complejo invertido. Lo mismo sucederá con la identificación con la madre”.
“De este modo podemos admitir como resultado general de la fase sexual, dominada por el complejo de Edipo, la presencia en el yo de un residuo, consistente en el establecimiento de estas dos identificaciones enlazadas entre sí. Esta modificación del yo conserva su significación especial y se opone al contenido restante del yo en calidad de ideal del yo o súper yo.
Pero el súper yo no es simplemente un residuo de las primera elecciones de objeto del Ello, sino también una enérgica formación reactiva contra las mismas”.
El súper yo conservará el carácter del padre en directa relación a la intensidad edípica y su represión, reinado como conciencia moral o como sentimiento inconsciente de culpa.
El Ideal de Yo es pues, el heredero del complejo de Edipo, expresión de las pulsiones más poderosas del Ello. El Súper yo abogado del Ello se opone al yo –representante de los intereses del principio de realidad.
El ideal del Yo satisface las exigencias más elevadas del hombre. Los sentimientos sociales reposan en identificaciones con otros individuos basados en el mismo ideal del yo.

Las servidumbres del YO
Dijimos que el Yo se halla constituído en gran parte por identificaciones sustitutivas de cargas abandonadas del Ello, y que las primeras de estas identificaciones se conducen en el yo como una instancia especial, oponiéndose a él en calidad de súper yo.
Fortificado más tarde el yo resiste las influencias de la identificación. Conserva sin embargo, el carácter que le imprimió su génesis del complejo paterno: capacidad de oponerse al yo y dominarlo. Es el monumento conmemorativo de la primitiva debilidad y dependencia del yo, dominándolo aún en su época de madurez.
Se somete el yo al imperativo categórico de su súper yo.
Pero su descendencia de las primeras cargas de objeto del Ello (del complejo de Edipo) le hace entrar en relación con las adquisiciones propias de la identificación primaria. De este modo permanece el súper yo vinculado al Ello y puede arrogarse para el yo la representación del mismo. Penetra profundamente en el Ello y se halla más alejado que el yo de la conciencia.
La reacción terapéutica negativa: hay algo que se opone en estos enfermos a su curación, (una resistencia a la cura) que los lleva a considerarla un peligro. “Se trata de un factor por así decir «moral», de un sentimiento de culpa que halla su satisfacción en la enfermedad y no quiere renunciar al castigo del padecer”.
Es el resultado de la tensión entre el yo y el ideal del yo. Este último condena al yo. Podemos pensarlo como un sentimiento propio de todos nosotros.
Menciona dos afecciones en las que esta instancia predomina en forma excesiva: en la neurosis obsesiva y en la melancolía (en un grado superlativo).
En la primera el yo desconoce los motivos (para el castigo) al que lo somete el súper yo.
En la melancolía “el yo se confiesa culpable” y se somete al castigo; puesto que el objeto al que se dirige la cólera ha sido introyectado en el yo por efecto de la identificación.
En el caso de la histeria, el yo se defiende de la percepción penosa con que lo amenaza el súper yo, reprimiendo. Se debe al yo entonces que el sentimiento de culpa permanezca inconsciente (reprimido). Mantiene lejos aquello que atormenta.

“Teniendo en vista la significatividad que atribuimos a los restos preconcientes de palabra en el yo, surge una pregunta: el superyó, toda vez que es icc, ¿consiste en tales representaciones-palabra, o en qué otra cosa? La respuesta prudente sería que el superyó no puede desmentir que proviene también de lo oído, es sin duda una parte del yo y permanece accesible a la conciencia desde esas representaciones-palabra (conceptos, abstracciones), pero la energía de investidura no les es aportada a estos contenidos del superyó por la percepción auditiva, la instrucción, la lectura, sino que la aportan las fuentes del ello.”

En el superyo reina la pulsión de muerte que logra en la melancolía llevar a la muerte al yo.
El superyo, heredero del Complejo de Edipo, nace de unza identificación con el modelo paterno. Cada una de tales identificaciones tiene el carácter de una desexualización e incluso una sublimación. Tal transformación trae una disociación pulsional (desmezcla de pulsiones). La agresividad y agresión, libres se ligan al Ideal del yo, confiriendo la crueldad, el rigor y el imperativo categórico propio del Ideal en su juicio valorativo al yo.

El yo está sometido a tres servidumbres, sufriendo la amenaza de tres peligros: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyo. Tres variedades de angustia (expresión de una retirada frente al peligro) amenazan. Con su posición de mediador entre el ello y la realidad sucumbe.
Entre los vasallajes del yo, acaso el más interesante es el que lo somete al superyó.
El yo es el genuino almácigo de la angustia. Amenazado por las tres clases de peligro, el yo desarrolla el reflejo de huida retirando su propia investidura de la percepción amenazadora, o del proceso del ello estimado amenazador, y emitiendo aquella como angustia. Esta reacción primitiva es relevada más tarde por la ejecución de investiduras protectoras (mecanismo de las fobias). No se puede indicar qué es lo que da miedo al yo a raíz del peligro exterior o del peligro libidinal en el ello; sabemos que es su avasallamiento o aniquilación, pero analíticamente no podemos aprehenderlo. El yo obedece, simplemente, a la puesta en guardia del principio de placer. En cambio, puede enunciarse lo que se oculta tras la angustia del yo frente al superyó -la angustia de la conciencia moral-. Del ser superior que devino ideal del yo pendió una vez la amenaza de castración, y esta angustia de castración es probablemente el núcleo en torno del cual se depositó la posterior angustia de la conciencia moral; ella es la que se continúa como angustia de la conciencia moral.
Me parece enteramente correcto separar la angustia de muerte de la angustia de objeto (realista) y de la angustia libidinal neurótica.
Tenemos noticia de la emergencia de angustia de muerte bajo dos condiciones, totalmente análogas, por lo demás, a las del desarrollo ordinario de angustia: como reacción frente a un peligro exterior y como proceso interno, por ejemplo en la melancolía.
La angustia de muerte puede ser concebida, lo mismo que la angustia de la conciencia moral, como un procesamiento de la angustia de castración.
En los casos graves la angustia neurótica común experimente un refuerzo por el desarrollo de angustia entre yo y superyó (angustia de castración, de la conciencia moral, de muerte).

Una aclaración final. Podríamos hacer una relación entre el problema de la identificación primaria y la operación de alienación. También podemos trabajar el concepto de escisión en relación a la operación de separación. Aclarando que el concepto de separación se corresponde con el de escisión planteado por Freud en el “Esquema del Psicoanálisis” y no especialmente el desarrollado en “Escisión del yo en el proceso de defensa”. Ya que aclara allí el carácter defensivo lo que permite ubicarlo como segunda vuelta de la operación de alienación.
El problema de la escisión del yo atañe a la división del objeto que se diferencia de la división subjetiva. Esta última se produce por la operación significante, constituye la cadena y sostiene las formaciones del inconsciente. El significante primero, que se produce en el campo del Otro, hace surgir al sujeto que no tiene aún la palabra, al precio de coagularlo. La marca del S1 trae como consecuencia la petrificación.
Entonces, ¿es vía la escisión del yo que damos cuenta de este proceso? De lo que se trata más bien es del trabajo de la identificación primaria.
“Podemos localizar aquí, -dice Lacan- en los cuatro conceptos, en los mecanismos originales de la alienación, a ese Vorstellungreprasentanz, a ese primer apareamiento significante que nos permite concebir que el sujeto aparece primero. En la medida en que el primer significante –el unario- surge en el campo del Otro y representa a un sujeto para otro significante, su efecto es, como sabemos, la afánasis del sujeto” De allí su división. Si bien el sujeto aparece en alguna parte como sentido en otra parte se manifiesta como fading, desaparición.
Entrar en el orden significante es bascular, dividirse, desaparecer. En la intersección queda el S1 como sin sentido. Es a través de este S2 que el S1 cobra valor como marca primera: luego Lacan trabajará la disyunción entre S1 y S2.



[1] Citas de otro texto freudiano: “Esquema del Psicoanálisis” (1938)
[2] Distinguimos el Narcisismo Primario, como la reviviscencia del narcisismo de los padres. Retorna –exaltado- el amor propio a través de los hijos. Expresa el anhelo de perfección y exaltación vuelto a la descendencia; ilusiones narcisistas de los progenitores y como tal expresión de lo imaginario.  El cachorro será libidinizado, amado. La Identificación Primaria, da cuenta del campo de lo simbólico, significantes que “marcan” al infante; identificación al Rasgo primario. 
[3] Detrás del Ideal del yo, dirá, se oculta esta primera y más importante identificación.  “Padre de prehistoria personal” que encarna la inserción del recién nacido en la cadena generacional, en ese linaje que lo acoge y recibe discursivamente (como tal relativo a ambos padres y sus linajes).
[4] Recordar la fórmula de Lacan: un significante representa al sujeto para otro significante. Mostrándonos el carácter móvil de los efectos de sentido para el sujeto. El sujeto habla, la palabra circula, circula hacia el Otro o desde el Otro.



Clase Nº 3  


La presente clase resume y sigue la Lectura del Seminario 5 de J. Lacan llevada adelante por Jacques – Alain Miller. Edit. Paidós

El presente texto es un breve recorte del mencionado libro de Miller donde este hace su lectura del Seminario 5.

UBIQUEMOS PRIMERAMENTE LOS TRES TIEMPOS DEL EDIPO.

“Este seminario podría servir para darnos cuenta de que el padre dice sí, que el padre lacaniano, al contrario de lo que se cree, es el padre que dice sí. Y su sí es mucho más importante, más prometedor que su no. (…) Es el que establece la ley pero también, es el que la transgrede. (…) aquel para quien existen los casos particulares.” El que sale al encuentro de la diferencia, lo singular, para propiciar allí la creación, la invención… Un padre que propicia. “Aquel al cual uno se dirige, aquel al que podemos invocar. Es más una función, que por supuesto puede ser encarnada, pero a la cual uno se dirige. Es el significante al cual uno puede llamar.”
Aborda luego el desarrollo en el seminario de lo formulado como Los 3 tiempos (estructurales) del Edipo, con una cita de Lacan: “En los esquemas que les propongo y que están extraídos del jugo de la experiencia, trato de establecer tiempos. No son por fuerza tiempos cronológicos, pero no importa, porque también los tiempos lógicos pueden desarrollarse solo en una determinada sucesión”.
El primer tiempo –escribe Miller- “es la identificación en espejo del sujeto con el objeto del deseo de la madre, es decir con el falo imaginario”. Primer tiempo normal, básico. “(…) de lo que el sujeto tendrá que deshacerse”. “Habla de una manera menos simpática del segundo momento, cuando llega el padre interdictor, privador de la madre, la castración de la que se trata aquí era la privación en la madre y no en el niño (…) Toda su simpatía apunta al tercer tiempo, el momento donde se podrá tener lo que uno quiere, no de forma inmediata, pero está prometido obtenerlo”.  (…) es el padre que da, el padre que tiene y que da, que hace la prueba de su potencia. Es el tiempo en el las relaciones de la madre con el padre, vuelven a pasar al plano de lo real. (…) Retorno a lo real. Lacan no se detiene en absoluto en las ficciones de lo simbólico.”
Dirá del segundo tiempo que es el meollo del momento privativo. “El niño es desalojado, para su bien, de la posición ideal en la cual él y la podrían satisfacerse. Y gracias a eso puede establecerse que es fecundo el tercer tiempo. (…) El no solo está aquí como condición para permitir la instauración del tercer tiempo. El sujeto “se convierte en otra cosa, pues esta etapa supone aquella identificación con el padre de la que hablé la última vez y el título virtual para tener lo que el padre tiene”.
Distingue Lacan de esto la posición femenina, dice: “Tengan en cuenta también que la salida del complejo de Edipo es, como todo el mundo sabe, distinta para la mujer. Para ella, en efecto, esta etapa (…) es mucho más simple. Ella no ha de enfrentarse con esa identificación, ni ha de conservar ese título de virilidad. Sabe dónde está eso y sabe dónde ha de ir a buscarlo, al padre, y se dirige hacia quien lo tiene.” “Así es como puede ser franqueado el tercer tiempo del complejo de Edipo, o sea, la etapa de identificación con el padre como poseedor del pene, y para la niña de reconocer al hombre como quien lo posee”.
Situemos la importancia que adjudica Lacan a este tercer tiempo del complejo de Edipo, en el que se da la formación del ideal del yo: “(…) aquel momento que Freud planteó como la salida del Edipo, cuando, tras la represión del deseo edípico, el sujeto sale de ahí nuevo, ¿y provisto de qué? La respuesta es de un ideal del yo.”
Vemos entonces que la formación del ideal del yo implica que el sujeto se reviste con las insignias del Otro. Son elementos significantes que están fuera de la cadena y que en un momento determinado, capturan al sujeto y lo marcan para siempre. Captura de los significantes del Otro con los que el sujeto se reviste.
“El principio de la metáfora del ideal del yo consiste en sustituir el mundo materno por las insignias del Otro, y por medio de esta sustitución producir un nuevo valor: la significación fálica.”
Leemos así en Lacan lo siguiente: “Si una mujer dice toso como mi padre, o me abro paso con la barriga o con el cuerpo como él, eso son elementos significantes. Más exactamente, para distinguir bien de qué se trata, los nombraremos con un término especial, porque no son significantes puestos en juego en una cadena significante. Los llamaremos las insignias del padre. La actitud psicológica muestra esto en la superficie –para llamar las cosas por su nombre, el sujeto se presenta bajo la máscara de las insignias de la masculinidad (…)”       
Diferenciemos ideal del yo, respecto de superyó.
“El superyó soporta funciones de prohibición, y aunque más tarde dirá que empuja a lo imposible, al principio puede ser considerado como una función de prohibición. En cambio el ideal del yo ejerce su función sobre el deseo y la normatividad sexual. (…) Es una función que coloca al sujeto sobre el eje de lo que tiene que hacer como hombre o como mujer.” Todas las preguntas respecto de lo femenino o lo viril, giran en torno al ideal del yo.  
LA HOMOSEXUALIDAD MASCULINA.

“Lacan sitúa el accidente homosexual a nivel del segundo tiempo del Edipo (…) en el que por falla del padre, no se realiza la separación del niño y la madre, no se realiza la disolución de la captación imaginaria del falo como objeto del deseo de la madre.” Donde “las relaciones del homosexual masculino con el objeto femenino “en vez de abolidas, están por el contrario muy profundamente estructuradas”. Menciona luego Miller en su lectura del seminario 5 de Lacan que: “El disfuncionamiento es esencialmente la inversión de la metáfora paterna. (…) la madre dicta la ley al padre (...) en el momento que tendría este que intervenir en tanto privador. La conclusión: ¡Es mamá quien lo tiene!!.
“Lacan ubica en el mismo registro la conjetura de que el padre quiere demasiado a la madre”, “marcando por supuesto que no todos los casos producen homosexualidad masculina”. Dirá así: “En particular, en casos en que el padre ama demasiado a la madre, en los que debido a su amor parece demasiado dependiente de la madre, el resultado es exactamente el mismo”.
“A partir de esto se capta en primer lugar, la identificación con la madre en el sujeto homosexual, en la medida en que ella tiene, es potente, que no se deja quebrantar, que se trata de una mujer que exhibe su resistencia; y por este lado se realiza sobre ella la identificación del niño.” Deduce también Lacan de ello  que el partenaire-síntoma del homosexual tendrá que mostrar que lo tiene, que tiene con qué. “Precisamente porque el padre del homosexual, ya sea porque se hace dictar la ley, ya sea porque es demasiado dependiente del amor de la madre, está bajo sospecha de no tener con qué.”  En tercer lugar, el horror al órgano femenino como “devorador”.
Veremos así un recorrido que recorre las “distintas figuras imaginarias en relación con la madre y las diferentes identificaciones propiamente significantes que evolucionan hasta cristalizar en la identificación paterna con el ideal del yo, bajo la mirada y en relación con el padre. (…) Explica en el seminario el camino que va desde la identificación primera hasta la identificación terminal del ideal del yo. (…) la imagen originaria, hasta el ideal del yo.
Describe el estadio del espejo como lo que permite la cristalización esencial del yo. “¿Qué ocurre en el nivel del estadio del espejo? El estadio del espejo es el encuentro del sujeto con lo que es propiamente una realidad, y al mismo tiempo no lo es, a saber, una imagen virtual que desempeña un papel decisivo en cierta cristalización del sujeto que yo llamo su Urbild.
Describe la identificación narcisista primaria como indispensable en el desarrollo del sujeto. Habla de una imagen que “captura cierta libido del sujeto, cierto instinto, gracias al cual, en efecto, algunos puntos de referencia, puntos psicoanalíticos en el mundo, le permiten al ser vivo casi organizar sus comportamientos. Para el ser humano, en efecto, parece a fin de cuentas que este sea el único punto que subsista”. Vemos así cómo “La Urbild del yo hasta el ideal del yo es el camino de la construcción de la realidad para el sujeto. (…) Es lo que nos introduce al yo, sin duda edificado a partir de una imagen, pero tomado como significante. Lacan entiende que el yo no es simplemente un elemento imaginario, sino que está inscrito en el registro simbólico. (…) En este seminario el deseo se vuelve una metonimia de la cadena significante, encuentra una definición en lo simbólico. “De la imagen al significante…”
“Es todavía una perspectiva existencialista de Lacan: se empieza en la dependencia y se conquista la independencia.”
Como vemos, la formación del ideal del yo, está diferida. El ideal del yo no está fijado hasta la adolescencia. Lacan asigna un lugar a los encuentros contingentes, los “que juegan un papel de fijación en la constitución de su ideal del yo.
“Tenemos así una zona en la que no se trata solo de repetición de la experiencia primordial, sino que experiencias posteriores, más tardías, contribuyen a fijaciones muy profundas y eventualmente definitivas. Son puntuaciones que tienen todo su interés en el tratamiento del niño, por supuesto, y también del adolescente.”
Lacan ubica, en este tiempo teórico, hasta qué punto el homosexual varón tiene relaciones muy estructuradas con el objeto femenino, relaciones precisas, reguladas al modo de “escenas fijas” como condición de goce, situando esta dependencia absoluta (identificatoria) respecto del objeto femenino. Condición mucho más regulada que en los heterosexuales. Obligando a una profunda complejidad del partenaire- síntoma. Amarla sin desearla, eso es lo perverso.
       
PEGAN A UN NIÑO


Lacan extrae de la lectura del texto freudiano, la función que ejerce el látigo como instrumento. Un término significante, propiamente simbólico. “El carácter fundamental del fantasma masoquista tal como existe efectivamente en el sujeto (…) es la existencia del látigo”.  Quien sostiene el látigo, ejerce la función de amo. Designa al amo como “el que lo tiene”. Se interesa Lacan en la estructura de la perversión al considerar el deseo y su configuración. Destaca así rasgos, elementos que aísla. No se trata de tal o cual, sino de la introducción de ciertos y precisos elementos, de ciertas y precisas condiciones. ¿Cómo explicar sino a partir de lo imaginario solamente, la necesariedad del zapato?                         

Clase Nº 4

El Cuerpo para el psicoanálisis: un recorrido freudiano


Una puerta de entrada al tema del cuerpo para el psicoanálisis es hacerlo por el síntoma somático. Y en este sentido, el compromiso corporal que nos presenta la histeria, es el mejor ejemplo. Lugares del cuerpo -afectados- en los que se presenta y se repite un acontecimiento que, no obstante remite a otra escena, se muestra sin embargo aquí y ahora en cuerpo presente.
Lugares afectados del cuerpo erotizados[1]. Lugares del cuerpo real, simbólico, imaginario –soporte- en los que se activa el síntoma físico. Un cuerpo oculta otro. Una parálisis que copia a su homóloga orgánica, pero “en exceso”, con una localización puntual, imposible de sostener orgánicamente, con “manifestaciones excesivas” y que tienden a “producir sus síntomas –parálisis, contracturas, anestesias- con la mayor intensidad posible”. Más real que la realidad de la propia parálisis orgánica: la histérica se consagra de cuerpo y alma a su parálisis, estando más paralizada que un paralítico.
“En sus parálisis y otras manifestaciones, la histeria se comporta como si la anatomía no existiera o como si no tuviera ningún conocimiento de ella”. Reinventa un cuerpo en el cuerpo. “Falsa anatomía”, dirá, “anatomía imaginaria”. El síntoma somático nos muestra en sus rodeos, la correspondencia con un amor secreto, un escrito de amor, una letra en el cuerpo.
“En la histeria se trata de una excitación psíquica que toma un mal camino conducente a reacciones somáticas. En la neurosis de angustia, al contrario, hay una tensión física que no logra descargarse psíquicamente y por consiguiente sigue morando en el dominio físico”. “Los dos procesos se combinan con mucha frecuencia”.
En la histeria encontramos alusiones, a través de símbolos mnémicos, del coito[2], “medios accesorios de descarga”. Una manera de participar, una “salida de la excitación”. Por otro lado, la neurosis de angustia, “testimonia” la excitación sexual en el cuerpo: lo trastornos de la respiración y el ritmo cardíaco traducen la imposibilidad de derivar la excitación, que entonces, fermenta directamente en el cuerpo. La conversión es “el resultado de la transformación de una cantidad de energía utilizada de otra manera”. El cuerpo ofrece una salida –el modelo es la hemorragia menstrual- a esa energía.
Freud piensa la psiconeurosis, como un proceso histérico –defensivo- donde encontramos trazas de excitaciones anteriores sobre las que se entrama la neurosis. Alusiones archivadas –infantiles- que Freud menciona como: “una pequeña parte de excitación coital sin abreacción” o “los signos pasajeros de la excitación sexual que acompañan el acto genital”; “esas impresiones” se anclan en el cuerpo en y por la actividad masturbatoria (autoerotismo). Esto se hace por selección y “cambio de vestimenta” de la excitación real primitiva, pero el basamento real de los fantasmas debe encontrarse sin duda allí: eso empezó por gozar en el cuerpo para que el fantasma extrajera de ahí su fermento primitivo.
El cuerpo pulsional infantil presta un soporte entonces donde se monta el fantasma. Fantasmas Originarios, Teorías infantiles que serán su desarrollo luego, atestiguan “lo que hay de exacto y valedero en esas teorías se explica por su origen a partir de componentes de la pulsión sexual, que ya se agitan en el organismo infantil”.
“El núcleo del síntoma psiconeurótico –el grano de arena en medio de la perla- se forma mediante una expresión sexual somática”. Para Freud, esto es lo que constituye el fondo neurasténico, ansioso e hipocondríaco de la histeria o la neurosis obsesiva.
Así un síntoma histérico que afecte al cuerpo –una migraña, ataque de pánico, una dolencia renal- concentra como formación significante inconsciente, “una serie de fantasmas y recuerdos libidinales”, pero no por ello deja de ser, como dolor, “menos real”. La realidad proviene de la “expresión corporal de una excitación libidinal”.

La pregunta a formularnos es si podemos “descifrar” un síntoma somático tal cual lo hacemos con otras Formaciones de lo Inconsciente.

Puesto que el momento corporal del síntoma marca la derrota de las estrategias significantes en su intento de respuesta a lo traumático de la sexualidad (falla de la símbolización) y la inscripción como real sintomática.
Es una formación de lo inconsciente distinta.
Punto de cruce del síntoma y el fantasma.

Freud aclara en una carta a Groddeck[3], respecto del artículo Lo inconsciente (1915) una nota allí indicada: “otra prerrogativa importante de lo inconsciente” (es) “la afirmación de que el acto inconsciente ejerce sobre los procesos somáticos una acción plástica intensa que el acto conciente nunca alcanza”. Señala entonces este efecto plástico activo del acto inconsciente sobre los procesos somáticos.
Vemos entonces la idea fuerte que se desprende: el fenómeno mórbido somático se instala cuando un fantasma halla complacencia en el cuerpo, cuando encuentra un cuerpo “complaciente”, tanto como para “halagarlo” y ofrecerle con que “alimentarse”: “libra de carne viva pagada al fantasma, dada en usufructo al Wunsch (deseo)”.
El paciente somático paga con su persona para librarse de esa deuda que no pudo simbolizar de otra manera: paga masoquísticamente. Puesta en acto del fantasma en y por  el cuerpo.

Por otro lado, Freud señala el lugar dado a la realidad: “Debo confesarlo –y me incomoda hacerlo: aconsejo a los analistas despreciar la realidad; no se pregunten si un acontecimiento infantil, traumático, que el paciente cuente, es verdadero o falso”. Se trata de Realidad Psíquica. Y como tal diferente de la realidad material.
“Nunca se dejen llevar a introducir el patrón de la realidad en las formaciones psíquicas reprimidas. Así se arriesgaría a subestimar el valor de las fantasías en la formación de los síntomas, al invocar, justamente, que no son realidades, o a hacer derivar de otro origen un sentimiento de culpabilidad neurótica; porque no se puede probar la existencia de un crimen realmente cometido. En otras palabras, no usen el patrón de la realidad para medir las fantasías psíquicas”[4].
Para Freud, la realidad psíquica provoca efectos a pesar de no ser tangible materialmente. Sus efectos psi y la clínica atestiguan de estos. ¿De qué naturaleza está hecha esa realidad psíquica? ¿Tramada con qué materia? Freud dirá que de sexo, y en este sentido hablaremos de “exceso”, de imposible, de intramitable: formulaciones para situar el Goce. El material de la realidad psíquica es sexual, se trata del deseo. Del deseo y la insatisfacción. Un tejido tramado o mejor: un entramado tejido de deseo insatisfecho capaz de producir efectos somáticos in corpore

El “Placer de órgano” es el modo de satisfacción de las pulsiones parciales, que emanan de “diferentes lugares y regiones del cuerpo”. Es, dirá Freud, “aquello en lo cual esas pulsiones parciales encuentran una satisfacción que podemos llamar placer de órgano”.
Órganos que comparten la prerrogativa de “obtención de un placer al modo de los genitales. El órgano, así entendido, es literalmente la pulsión en la fuente. Ese placer de excitación no tiene “meta en ningún objeto fuera de si mismo. Es un acontecimiento eminentemente desorganizador (una vez instalado) libido deslocalizada, desamarrada.

Cualquier órgano –se trate de la boca o el ojo o la mano o el órgano motor- está ajustado a “una relación” con una función doble. Una función propia, orgánica en sentido estricto, orientada hacia la autoconservación –la boca que come (y habla), el ojo que percibe los cambios del mundo exterior, la mano que ejerce la pronación- más una función en cierto modo parasitante, propiamente libidinal: la boca que besa, el ojo que “detalla las propiedades” de “encanto” del objeto, la mano que urde el placer autoerótico. No se trata de un órgano distinto, el mismo órgano en servicio asegura la dualidad de funciones pulsionales. Todo órgano o sistema de órganos, tiene la tarea de manejar la doble reivindicación del yo conciente y la sexualidad reprimida. Ese conflicto de hegemonía o de dominación entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales se produce directamente en el órgano (¿sobreinvestido libidinalmente?).
“Hemos llegado de manera totalmente general a la idea de que la función de yo del órgano se deteriora cuando aumenta su erogeneidad, su importancia sexual”. “Erotización poderosa” de los dedos del pie, “el brillo de la nariz”.

La angustia de castración se procura, mediante el órgano defectuoso “tomado” del organismo, un órgano –un instrumento- de expresión. El órgano vulnerable sería el que sostiene en el sujeto esa relación –personal- con la falta. El órgano enfermo (orgánicamente) se convierte en el órgano (simbólico) de la castración.
Estar enfermo puede revelarse como el medio de practicar materialmente la angustia de castración, de ponerla en acto, pero simultáneamente de aliviarse de ella “localizándola” en el órgano tomado como blanco. La castración trabaja al sujeto en el cuerpo: esto es lo que atestigua el síntoma somático, efecto físico de aquella.

El cuerpo hipocondríaco:
La hipocondría se caracteriza por el “temor a la enfermedad” y por lo tanto por la sospecha de estar enfermo o en medio de un proceso mórbido. Supone esto, una atención permanente al cuerpo propio: el hipocondríaco está al acecho de la enfermedad, buscando signos de ella en su cuerpo.
Freud clasifica la hipocondría entre las “neurosis actuales”: la menciona en la conclusión de la discusión sobre el onanismo como la tercera forma presunta de estas, al lado de la neurastenia y la neurosis de angustia. El estudio sobre Schreber toma nota de esta convergencia con el onanismo, al señalar que algunas de las numerosas “ideas delirantes hipocondríacas” que entraña la paranoia “encubren literalmente las aprensiones hipocondríacas de los onanistas”. La culpa onanista nos pone sobre la pista de la significación autoerótica del miedo hipocondríaco. Temor al daño físico, preocupación por el cuerpo.
La hipocondría se menciona en el ensayo sobre el narcisismo, justo después de “la consideración de la enfermedad orgánica” –y justo antes del amor- como el fenómeno psicopatológico que permite “encarar” el narcisismo. Su punto común con la patología orgánica es expresarse en “sensaciones corporales penosas y dolorosas” y requerir una retracción narcisística[5]: “El hipocondríaco aparta tanto sus intereses como su libido del mundo exterior y concentra unos y otra en el órgano que lo preocupa”. Empero, contrariamente a la enfermedad orgánica, las “sensaciones penosas” no se fundan en “cambios demostrables”, la medicina no encuentra motivos.
La sensación de estar enfermo vale aquí como índice subjetivo de un cierto tipo de modificación orgánica, no susceptible de descubrirse mediante signos demostrables. Lo piensa Freud, como un modelo de estado de un órgano modificado de alguna manera, dolorosamente sensible, pero no enfermo en el sentido propio del término. Lo que surge entonces es un órgano “hinchado de sangre, inflado, irrigado y sede de múltiples sensaciones”: lo que se describe aquí es la erogeneidad de órgano, la “falicidad”, propiedad general de  los órganos, su modificación primaria.
Pero lo que está en juego es la distribución de libido entre yo y objeto. Así pues, la reacción hipocondríaca tiene un fondo “egoísta”: es una defensa contra las reivindicaciones del objeto. Donde el paso a la enfermedad somática es una estrategia de supervivencia, pero si la solución no está allí es porque el objeto desinvertido falta e insiste en faltar.
Por eso escribe Freud: “un fuerte egoísmo protege de la enfermedad, pero finalmente hay que empezar a amar paro no enfermarse y hay que enfermarse si, como consecuencia de la frustración, no se puede amar”. 
De alguna forma el dolor del hipocondríaco atestigua del “dolor de existir”

El Dolor, para Freud, nace de una “penetración” traumática: “cuando una excitación surgida en al periferia quiebra los dispositivos de paraexitación y actúa desde ese momento como una excitación pulsional continua, contra la cual son impotente las acciones musculares activas (eficaces) que en otras circunstancias sustraen a ella el sitio excitado”.
La línea de protección cede en un punto que a partir de ese momento se va a erigir en “punto de atracción”.
“A diferencia del dolor corporal causado por una herida, el dolor psíquico sobreviene sin daño tisular. El motivo que lo desencadena ya no se localiza en la carne sino en el vínculo entre aquel que ama y su objeto amado.”[6]
Hablaremos entonces del “dolor psíquico o dolor de amar como el afecto que resulta de la ruptura brutal del lazo que nos vincula con el ser o la cosa amados.”[7] La homeostasis del aparato psíquico y el principio de placer concomitante queda rota, abolido. El Yo conmocionado  autopercibe el enloquecimiento tensional-pulsional desencadenado por la ruptura. La conciencia lo vivencia como incomprensión, sin sentido, dolor…
Dirá Freud en “El malestar en la cultura”: “Desde tres lados nos amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, destinado a la ruina y a la disolución, (…) desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con furias hiperpotentes, despiadadas, destructoras, (…) Y por fin, desde los vínculos con otros seres humanos. (…) Al padecer que proviene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro.”
Ya se produzca la efracción del tejido corporal desde el interior o el Otro lleve a cabo la efracción del tejido psíquico, eso tiene el mismo efecto: “eso duele”. Mas en la separación el Otro es lo real que falta: “me faltas: eso duele!!”.

Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin andar sin pensamiento…
La emoción, para Freud, no es solo lo que sentimos en el instante, sino la repetición de un vivo sentimiento del pasado. Nuestros afectos entonces son siempre el fruto de una repetición de una experiencia emocional primordial (una huella, una memoria penosa). Y con esta lógica, el dolor inconsciente, es la memoria de un antiguo sufrimiento, y como tal traumático, inscrito. Como un circuito que se reactiva al ser estimulado, descargándose en una manifestación penosa.

“El dolor corporal está marcado por el predominio del factor psíquico. (…) el psiquismo forma la representación del cuerpo lesionado (yo-conciencia), sufre el impacto de la conmoción (yo trastornado), autopercibe la perturbación que entraña (yo- órgano endoperceptor), registra y restituye dicho impacto (yo-memoria inconsciente).






[1] Freud dirá que esos lugares singulares del cuerpo constituían un lugar de bombardeo de investiduras; un lugar que es objeto de un “no pensamiento” o un “pensamiento ciego”. Físicamente sobreinvestido, por estar asociativamente disociado. Sobredeterminado con ese fin. Allí será donde se alojará el síntoma conversivo.
[2] Respiración entrecortada, ahogos, palpitaciones, sudoración… Alusiones.
[3] Recordar que Freud re-formula la 2da Tópica del aparato a partir de la noción de Ello “inventada” y descrita por Groddeck a Freud en su intercambio epistolar. Freud toma de este la noción, adaptándola a su formulación teórica.
[4] Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento mental”. S. Freud
[5] Volverá el investimento libidinal a los puntos de fijación narcisista. El “cuerpo narcisista” se armó con los atractores libidinales (autoerotismo) sobreinvistiendo, zonas, “agujeros negros” donde se pierde la función de la palabra.
[6] Del libro: “El libro del dolor y del amor “, de Juan David Nasio. Gedisa.
[7] Idem.
          


La presente es la transcripción de uno de los escritos de una paciente mayor,  a quien atendí hace tiempo.
 Postrada por una enfermedad, en la cama matrimonial en su hogar, mantuvimos el tratamiento hasta su deceso.  

Sesión de Psicología

Las sombras oscurecen las facciones de mi psicólogo y si… yo ahí tenía una mesita con una lámpara y aún no la repuse.
En su cara creo advertir una sonrisa.
Muchas cosas que le digo, le causan gracia, sin embargo, no me interrumpe, me deja seguir hablando. ¡Tengo tanto que decirle!
Con él hablo sin inhibiciones, con soltura, sin el temor de ofender o derivar en una discusión.
Hace pocos meses que lo conozco y tengo plena confianza en él.
Es más joven que yo, de otra generación, aun así me comprende; me corrige cuando me disminuyo, me alienta a sentirme importante.
-      Eras una chiruza de barrio, me dice mi marido, y yo te llevé a la cima.
-      Mamá, vos también qué manía con las enfermedades y los médicos. Y yo callo, mi pierna se retuerce de dolor.
Una neuralgia del trigémino me enfoguece la cara, callo para no pelear, ni romper la armonía familiar y cuando el psicólogo se va tengo las mejillas arreboladas, palpitaciones y me arrepiento de haber hablado tanto y en la próxima sesión vuelvo a tenerle confianza y hablo, hablo…

Julieta   


Clase Nº 5
Para enlazar contenidos a la presente clase, deberá leerse el material subido a Bibliografía en el presente blog:
1.- Cuerpo y significante.
2.- Comentario con respecto al lugar del juego del sin-sentido para Sigmund Freud.
  
Algunas cuestiones respecto al GOCE

Extraído del libro “El goce, un concepto lacaniano” de Néstor Braunstein (Cap.1)

Los primero tiempos de enseñanza de Lacan se centran en torno del DESEO: la relación del deseo con el deseo del Otro y del reconocimiento recíproco, dialéctico, intersubjetivo de los deseos. Trasciende el marco de la necesidad y solo puede hacerse reconocer alienándose en el significante, en el Otro como lugar del código y de la Ley.
El deseo solo llega ser deseo por la mediación del orden simbólico que lo constituye como tal.
El deseo en la demanda articulada, el deseo de reconocimiento y el reconocimiento del deseo, el acceso a la realidad que pasa por la imposición al sujeto de las condiciones impuestas por el Otro (el mundo, el orden simbólico que introduce efectos imaginarios, la regulación de la satisfacción de las necesidades y el ajuste de las condiciones de esa satisfacción). Son las condiciones de reconocer la función de la palabra en el campo del lenguaje.

Lacan anuncia luego, que la condición del deseo se implicaba en otra dimensión diferente, en otro polo contrapuesto al deseo, que es el goce.

Definir el goce, es diferenciarlo de su articulación con el placer y con el deseo.
Los primeros acercamientos al concepto de Goce como algo subjetivo, particular, imposible de compartir, inaccesible al entendimiento y opuesto al deseo, tienen una raigambre hegeliana. Importa (Extrae) el concepto de la teoría del derecho.

Desde el inicio se ve que la cuestión del goce como particular es a la vez una cuestión de ética. El psicoanálisis no puede ser indiferente ante esta oposición que enfrenta al cuerpo gozante con el deseo que pasa por la regulación del significante y de la ley.
Solo puede gozarse legítimamente de aquello que se posee y para poseerlo plenamente es necesario que el otro renuncie a sus pretensiones sobre ese objeto.
¿Es mío mi cuerpo o está consagrado al goce del Otro, ese Otro del significante y de la ley que me despoja de esta propiedad que solo puede ser mía cuando consigo arrancarla de la ambición y del capricho del Otro?
En 1966, disertando sobre el tema “Psicoanálisis y medicina”, Lacan constata que el cuerpo “está hecho para gozar, gozar de sí mismo”. Este goce –dice- es lo más evidente al mismo tiempo que lo más oculto en la relación que entablan el saber, la ciencia y la técnica con esa carne sufriente y hecha cuerpo que se pone en manos del médico para su manipulación. El goce es lo viviente de una sustancia que se hace oír a través del desgarramiento de sí mismo y de la puesta en jaque al saber que pretende dominarla.

Dirá en la mencionada conferencia: “Lo que yo llamo goce en el sentido en que el cuerpo se experimenta es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Indiscutiblemente, hay goce en el nivel en que comienza a aparecer el dolor, y sabemos que es sólo en ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada”.
El “goce de una buena salud” puede ser lo contrario del goce del cuerpo como experiencia vivida del mismo.
Goce del cuerpo ubicado “más allá del principio del placer”.
El deseo viene del Otro mientras que el goce está del lado de la Cosa, del lado del Uno. Pero el goce del Uno sólo puede alcanzarse arrancándolo del goce del Otro y preservándolo de sus embates. Gozar es usufructuar de algo. El cuerpo es el bien primero y es, a la vez, un campo de batalla entre el goce del Uno y el goce del Otro. ¿A quién pertenece el cuerpo? ¿Es propio, disponiendo de él o es el Otro quien dispone de mí y ese cuerpo que fantasmáticamente creo tener?
El goce está del lado de la Cosa. La sustancia verdadera de la pulsión de muerte está del lado del goce, del dolor, de la hazaña.
La meta de la pulsión no es el aplacamiento, la satisfacción, sino la falla que relanza el movimiento pulsional, incansablemente, siempre hacia adelante. Nuestra historia, es la historia de los modos de fallar el objeto imposible; un resultado de la no existencia de la relación sexual.
El sujeto tiene una sub-stancia que es goce. La primera teoría freudiana del psiquismo proponía un sujeto gobernado por el principio del placer en quien la sexualidad era una impureza y una tensión aportada por el Otro, el adulto perverso. La segunda teoría muestra el incremento de Las excitaciones como algo que se origina en el interior (es la idea misma de pulsión de muerte), que adhiere a fantasmas y que requiere del Otro para que se integre dialécticamente de un modo que está especificado en el guión del fantasma, en el aparato del goce.

El inconsciente está estructurado como un lenguaje, sí, pero depende, como tal, del goce; es una procesadora del goce por medio del aparato lenguajero que transmuta el goce en discurso. Traduce, transforma, transporta el goce, descifra el goce.

Cap.4 Desciframiento del goce

“Lo que Freud articula como proceso primario en el inconsciente (…) no es algo que se cifre sino que descifra. Yo digo: el goce mismo. En cuyo caso no constituye energía y no podría inscribirse como tal”. Televisión. Lacan (1970)
Lo que está cifrado es el Goce, por eso es que se lo puede descifrar. ¿Quién lo descifraría? El proceso primario, es decir el par de la condensación y el desplazamiento. El proceso primario, el inconsciente, no el oculto a develar.
Es pasaje, es ya desciframiento de lo cifrado (lo Inscrito, las huellas) a otro terreno, a la palabra.
Apunta a Otro que lo incluirá en las redes del sentido, posibilitando que sea imaginarizado, relacionado con un yo del enunciado (pasaje por el estadío del espejo-narcisismo: yo-cuerpo unificado-acceso a la palabra). Pasaje del goce al discurso. Exilio del goce del cuerpo al lenguaje. Del Uno al Otro de la palabra.

Freud dirá que algo baña a la palabra, retorciéndola: la libido. Las palabras giran en torno de esa cosa inconcebible “que Freud supone en el linde de los procesos primarios” y que es el Goce. Goce que se mantiene a raya gracias a la metáfora y la metonimia.
Del goce al deseo, que como siempre es deseo del Otro.

El inconsciente es, así, un dicho que se dice (enunciación), a partir de lo que del goce se ha inscripto. Inscripción de una escritura que soporta una y muchas lecturas.
La interpretación es una evocación del goce perdido al hablar. En tal medida, remite a lo real. El inconsciente es desciframiento: La verdad que habla por medio del proceso primario es una verdad de goce, de goce antieconómico, a contrapelo del principio del placer, del placer, de la menor tensión, de la homeostasis.
Se goza no obstante, hablando. Rum-rum de la palabra. Algo del sentido que se pierde y se recupera (como goce) por el único medio permitido al alcance del hablante, el goce del desciframiento. Que remite a la realidad esencial del sujeto, ese real más allá de lo imaginario y de lo simbólico.
Mientras que el inconsciente es palabra y habla, es discurso (del Otro), el Ello goza y está hecho de signos, no de palabras.

El inconsciente tiene dos caras, es de doble vertiente: por una parte mira las escrituras del Ello y las descifra; por la otra, recibe los significantes que son los del Otro y con esos significantes realiza su trabajo de lectura. Se sostiene en ese incómodo cabalgamiento: entre el inefable núcleo de nuestro ser y las estructuras de intercambio de la palabra.


Clase Nº 6

La estructura Perversa.

Al desarrollo de la presente clase agregaremos la vista del film: Guillaume y los chicos ¡A la mesa! y los textos: El Fetichismo (1927) y La  escisión del yo en el proceso de defensa (1938) de Sigmund Freud

LA ESTRUCTURA PERVERSA

El paradigma freudiano de la estructura perversa es el fetichismo, el cual pone como condición para la satisfacción sexual la presencia de un objeto (recortado, parcial, accesorio). Este soporte provee al sujeto de una certeza: sabe cómo, de qué manera alcanzar, obtener su satisfacción sexual. Miller dirá a propósito de esto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce”.
El fetiche será el elemento fijo. Presente en la escena. Objeto causa de goce; condición para…
Freud caracteriza la sexualidad humana como perversa desde Tres ensayos sobre la teoría sexual. Allí nos muestra cómo los cuidados precoces llevados adelante por el adulto (agente materno) resultan productores de excitaciones que resultan vía de enlace, ligazón y descarga bajo formas parciales. Nos dirá así: El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona –por regla general la madre- dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa, lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho. La madre se horrorizaría, probablemente, si se esclareciese que con todas sus muestras de ternura despierta la pulsión sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad. Juzga su proceder como una amor “puro”, asexual, y aun evita con cuidado aporta a los genitales del niño más excitaciones que las indispensables para el cuidado del cuerpo (…) Sin duda, un exceso de ternura de parte de los padres resultará dañino, pues apresurará su maduración sexual (…) son casi siempre padres neuropáticos los que se inclinan a brindar una ternura desmedida, y contribuyen en grado notable con sus mimos a despertar la disposición del niño para contraer una neurosis (…) Este ejemplo nos hace ver que los padres neuróticos tiene caminos más directos que el de la herencia para transferir su perturbación a sus hijos. (Tres ensayos de teoría sexual. S. Freud)
Despeja así que no hay objeto prefijado –natural-; ni meta destinada para su satisfacción. Reencontrando entonces, en los sujetos adultos, la persistencia de un rasgo parcial en el modo de satisfacción sexual.
De modo que podemos afirmar que cada una de las estructuras clínicas freudianas: neurosis, perversión, psicosis, es un modo de respuesta dado por el sujeto al enigma de la sexualidad. Formas en que estructura su sexualidad ese sujeto. Su modo particular de atravesar por el complejo de Edipo y el complejo de castración.         
Asigna un mecanismo específico a la estructura: la Verleugnung (Renegación, desmentida), que diferencia de la Verdranngung (Represión) y la Verwerfung (Rechazo radical, Repudio).
La renegación (Verleugnung) de la Castración, tiene para Freud un modo de respuesta en relación al Edipo. Una salida no apropiada, “normal”, del complejo. Anclaje libidinal. Inercial.
Búsqueda por parte del sujeto de negar la castración de la madre; desmentida. Modo de respuesta del sujeto a la falta del Otro y como tal un intento de cubrir la falta materna. Lacan dirá que es un esfuerzo por tapar el agujero en el Otro… Búsqueda de eternizarlo por esta vía…
Veremos ponerse en juego una particularidad, un modo singular de gozar del cuerpo para obtener su satisfacción. Dice Lacan en La Identificación: Si quieren reservar el diagnóstico de perversión solo a las perversiones sexuales, no solo no conducirá a nada… La única manera de aproximar la perversión es intentar definirla ahí donde está, o sea a nivel de un comportamiento relacional.
El perverso llega al consultorio, sabiendo del objeto libidinal que le procura su goce. Tiene certeza sobre esto. Veremos como efecto si, la angustia en su partenaire. Su modo de respuesta pone en falta al otro: angustiándolo. Trabaja para el goce del Otro. No se trata de su goce, sino del goce del Otro. Dirá Lacan que se hace instrumento del goce del Otro: eso define la posición perversa (Freud la ubica como contracara de la neurosis) Desde su certeza se sitúa en el lugar de la causa, convirtiéndose en el objeto de goce del Otro.
Lacan señala su voluntad de goce. Nada lo amedrenta o avergüenza. Como tal, forman un modo de goce indivisible con su partenaire.
Lacan se aplica a las diferentes posiciones perversas: sadismo, masoquismo, exhibicionismo, voyeurismo, buscando interrogar por el objeto representado por un fetiche –herramienta de goce- y la imposición de la voluntad de goce. Verá así desplegarse diferentes recorridos fantasmáticos.  
Una escena que pretende capturar La Relación Sexual (que no existe). Soportada así en su fantasma. Buscando capturar el goce de su partenaire.. Lo humillará, exhibirá su falta. Los modos de perversión darán cuenta del instrumento que sostiene el goce del compañero.

Si el neurótico retrocede, el perverso se sostiene en su dominio. Si el neurótico pone en escena su voluntad de justificación; el perverso la voluntad de goce. No da oídos a la demanda del Otro: no hay más que lo que él impone, esa es su pasión, esa su voluntad de goce.  


  
EL CASO P
El dolor posee en mí un encanto raro,
nada enciende en mí más la pasión que la tiranía,
la crueldad y sobre todo la infidelidad”
La Venus de las pieles
Leopold von Sacher-Masoch

P. consulta por un sentirse agobiado. El cansancio lo abruma. Tiene problemas con su esposa, accesos de angustia, y dolor en la boca del estómago que relaciona con la úlcera que dice tener. Efectivamente impresiona como un sujeto agobiado. Le pregunto qué lo agobia.
Su mujer.
Relata entonces que su mujer es muy sensual y atractiva. Llama la atención a su paso: los hombres se dan vuelta a su paso para mirarla. A él le satisface esto.
Al momento que consulta lo agobia una sensación de traición. Hace 15 días que estoy obsesionado con eso. Pregunto qué es eso.
Su esposa posee un grupo de compañeros con quienes estudia en la facultad; entre ellos se encuentran dos lesbianas.  Un día la charla se fue dando y le propuse: ¿por qué no te encamás con las chicas? Llegamos a planearlo juntos. No tengo problemas mientras me cuente todo. El caso es que tuvo sexo con las dos chicas. Volvió diciendo: ¡hay me violaron!! Nos bañamos juntos en casa y me contó por arriba. A la noche cuando voy a tener sexo con ella me dice que está cansada. Me agarré una calentura de aquellas. Dormí 4 días fuera de la cama.
-“Vos querés que haga y después te enojás”, le dirá su esposa.
No es el hecho que se acueste con chicas, sino que no me cuenta, me deja afuera.
Pregunto si puede relacionar este sentimiento de quedar afuera con algo, tal vez un recuerdo, alguna situación… ¿qué se le ocurre?
Una frase: Para todos los demás sí, para mí no.  

Esta frase aparecerá en distintos momentos ligados a situaciones de índole sexual donde manifiesta sentirse excluido.
Le ha ocurrido con otras mujeres. Con sus anteriores matrimonios.
Algo insiste allí. Se reitera eso.

Dirá de su madre que era una mujer hermosa y seductora. Vivió rodeada de pretendientes, “y a mí no me daba bola. Abandónico me dijeron”.
Mi mujer es muy parecida a mi madre. Inteligente, atractiva, bella como mi madre y cabrona.
Sé la teoría y que viene de allí pero no puedo evitar sentir el abandono. Hace cagada tras cagada y sin embargo la quiero. Se desespera por salir.
-No queda claro de quién habla, diré.
-Hablo de ella… de mi mujer. Me desespera, tengo bronca, me morfo la bronca para no hacer quilombo, pero a veces me voy al carajo y entonces mi hijo pierde. No quiero que pierda mi hijo.
Sus padres se separaron cuando era pequeño. Mi madre se fue al carajo, nos dejó para irse con otro tipo. Quedamos al cuidado de mi padre. Un tipo de carácter, fuerte, al que yo amaba; que se terminó casando con una bruja que nos hizo la vida imposible.
A los 7-8 años me fui a vivir con mi madre. Hermosa, pero vivía para otros, no me daba bola. Una empleada doméstica me salvó. Me cuidó y me crió. Me crié solo.
Hoy siento que si me separo a mi hijo le va a pasar lo mismo.
Tengo que ocuparme de mi hijo.
Yo tenía sexo con mi mujer y el día que lo engendré, lo sabía y dije: ojalá fuera Alicia.
Me casé y compré una casa: lo mejor para él. Vivo para él.
Sin embargo, mi hijo me está agobiando. Hago cosas que no me gustan por que vivo para él. Si no fuera por él no estaría casado. Nada.
El es mi hijo y tiene que ser mejor que yo.
Me veo yo de chiquito con él. Me imita, me siento orgulloso. Lo llevo al colegio, a inglés, lo voy a buscar. Hacemos tenis y jugamos a la pelota. Siempre estoy con él.
Lo malcrío mucho. Va  la psicóloga por que tiene miedos. Duerme con un muñeco, la luz prendida. ¿Yo le pongo miedos?
-¿Qué miedos tiene?
- En la casa de un compañerito, me cuenta que con un nene se pasean desnudos.
Otro, es que peleando con un amiguito le agarró los testículos fuerte.
En casa con 3 compañeritos se ponen en bolas y se agarraron el pito.
-¡No hijo! Los hombres no se agarran el pito.
¿Qué le preocupa en todo lo que cuenta su hijo?
Es que yo soy bisexual en un ambiente hétero. Vivo una doble vida mal. No quiero eso para mi hijo.
Además, se golpea y me pongo loco. Vive golpeándose la cabeza.
-¡Sos un boludo! Le digo. Siempre te golpeas la cabeza; agarrate con la mano.
Tengo miedo por mi hijo. Lo cuido.
Por ahí exijo demasiado…

Los problemas sexuales con su mujer continúan. Lo atormentan.
Me cuesta tener relaciones con mi mujer.
Estoy enojado, decepcionado.
Nos acostamos yo excitado y no solo no pude sino que me levanté, me metí en la comp. En relatos eróticos y me masturbé.
-¿Y qué piensa?
-Como que prefiero la masturbación que a mi mujer.
-¿O a los relatos eróticos?
-Si. Soy de muy buen control del sexo.
Cuando me costaba tener una excitación, mi mujer me contaba una relación sexual que tuvo con otro y no me podía aguantar, como si tuviera eyaculación precoz.
Esto que tuvo con las compañeras de la facultad y no me cuenta, fue un clic, me enojó.
Me dejó afuera, me metió los cuernos. Me siento traicionado.
Con los demás si conmigo no
Con los demás disfruta, goza y conmigo nada.
Estoy obsesionado.
Los hombres me envidian la mujer que tengo. Ella es una buena mujer, la quiero, pero no la puedo gozar.
-¿Cuál sería la condición para poder gozarla?
-(silencio) que me cuente.
Sale a la calle y la miran, le tocan bocina. Toda producida, provocadora. Con la minifalda que yo le compré.
¿Por qué no me contás qué piropo te dijeron?
-No me ve nadie, dice ella, ¡y no me quiere contar!  
Ella se ve fea, se siente horrible. No puede aceptar que le digan cosas por que se le distorsiona el espejo.
Y a mí se me arma que me miente.
Todo se puede conversar. Pero no ocultar. Ahí estaría la falta de respeto.


El pantalón blanco. Un pantalón fino, no uno cualquiera.
El pantalón lo compré como para mí.
Me hubiera gustado ser mujer. Tiene más poder que el hombre. La mujer bella. El hombre sale a buscar pero quien decide es la mujer.
Mi madre siempre dijo que quería una mujer. Y cuando me tuvo esperaba una nena. Me ponía rulitos: ¡Qué hermosa nena!
(Rememora)
Mamá siempre fue muy erótica, provocando a todos. Yo tenía 11 años. Estaba solo en un dpto: 1er piso. Me vestí con la ropa de mi madre y salí al balcón. Un auto pasó, frenó y me dijeron un piropo. Me asusté y me metí adentro. Volví a salir al balcón. El auto volvió a pasar y me chifló.
¡El poder! Me lo creí por mucho tiempo que tienen más poder.
Ahora creo que el poder lo tienen los hombres. Me encanta el poder. Me encanta ser hombre. Pero… me agarra la parte femenina. Mi madre. Y una manera es que otro mire a mi mujer.
Me gusta elegirle la ropa. Que ella use la ropa que yo le elijo.
- ¡Ud. es el que viste y desviste…!
- Si… No importa quién sea, yo visto y desvisto… Y me costó mucho tener el poder.
Mi madre siempre dice que los mejores hijos son gay o las mujeres. Los hijos se van.
Yo tenía que ser el hijo de la vejez.
Nací con un testículo que no bajó y a los 12 años me lo sacaron.
¡Si me hubieran operado antes de los 7…!  Se me atrofió y lo perdí.
“Vos no podés hacer gimnasia por que tenés un solo testículo y te tenés que cuidar.”
¡Esto de sentirte medio hombre!
Mi testículo creció. Es doble y tiene potencia. Me costó mucho tener el poder. Pero me quedó muchas cosas; esta forma de gozar.
No sé si es bueno. Si fuera hétero clásico… Uno se tiene que aburrir. Buscar una amante. Es común, lógico. Yo busco fantasear, compartir, ser algo distinto.  Es más sabroso, más lindo; pero…no encuentro… y me hace sentir un enfermo.
Y otras veces digo: ¡no! Yo no jodo a nadie, esto es lo que me gusta.
El pantalón blanco… No entiende.
Ella me pide: “rascame la espalda” y lo hago aunque no me gusta porque a ella si. Y me banco sus enojos, sus peleas y la puta madre. Me cansé que el otro no sea tolerante, que el otro no dé nada: mi mujer, ¡bah!
Yo me ocupo de todos y…
Me sigue costando un huevo tener el poder. Y no tengo el goce.
Mi mujer tuvo sexo con muchos hombres. Con muchos tipos al mismo tiempo. Me contaba y yo era feliz: tenía goce. Pero ahora le hace mal recordar.
Hemos… hecho cosas. Dos veces intercambio. Me excitó verla con otro tipo. Yo con la mujer del tipo no pude pero me gustó verla a ella. No me gustó tanto la acción.
Me gusta el relato, la fantasía. Sé que estuvo con ocho tipos al mismo tiempo.
Cuando yo hago el amor con ella empiezo a sentir que no puedo hacerla gozar.
Cuando ella me cuenta, sé que gané yo. Sé que soy más.

APUNTES TEÓRICOS
Pareciera desprenderse del relato del paciente, cierta posición narcisista por parte de su madre jugada en torno de su imagen. Brillo fálico, podemos pensar. Versión fálico imaginaria. Conjeturemos que a este lugar llega el hijo, quedando capturado como objeto materno: tapón de la falta del Otro. ¿Cómo se estructura el yo del niño, que desde el deseo manifiesto materno, debía ser niña? El yo infantil, conformado a esta matriz identificatoria, donde el deseo materno respecto de la identidad sexual del pequeño, es tan explícito, ¿Cómo se conforma?
Y por otro lado ¿Cómo sustraerse a este deseo?
Se escucha en el relato el lugar otorgado al campo escópico. Registro imaginario: pura prestancia cautivante. La madre “se ofrece”a la visión del pequeño, como una madre fálica. Completa en su brillo fálico.
Cierta posición materna perversa pareciera desprenderse del relato. Perversión como proceso donde el goce se aplica a señalar un anhelo de identidad sexual, constituyéndose en meta del paciente: “me hubiese gustado ser mujer”, dirá entonces este.
El hijo es usado para satisfacción erótica de la madre como objeto parcial. Es objeto del capricho materno; tomado en un fantasma materno. No cede el hijo a la interdicción de la función paterna. Es su objeto.
Esta es “visualizada”, como caprichosa, provocadora, potente. El poder es materno.
“Este cuerpo es manipulado en forma constante, enmascarado bajo la forma de atención de las necesidades excrementicias, de higiene, etc.; y el niño queda alienado en la medida en que está al servicio del goce perverso del otro”[1].
Habría cierta falla en el proceso de libidinización e identificación de parte del agente materno. El plus de placer sexual se enlaza a la imagen “completa” (renegatoriamente) de la madre. Se presenta “a los ojos” como una madre completa (fálica). Y el niño cautivado por la imagen.
Discursivamente, se presenta a este, en posición Amo. Dueña de su deseo y del de los otros cautivados. Como Yo del discurso se identifica (aliena) al objeto de la madre.
Si el deseo primero de la mujer es deseo de falo, entonces el hijo equivale a la compensación que colma ese deseo y todo sujeto es en primera instancia falo de su madre. Vemos en esto el origen de Lo siniestro (de la relación fálica).
Esta “Célula Original” (Narcisismo Primario) es un punto donde dos deseos se satisfacen, se colman recíprocamente: idealmente (se “col-matan”)[2]. Puesto que nadie puede obturar el deseo del otro.
El absoluto del bebé, (brillo fálico; falo imaginario) la colma. En este sentido, entonces, madre fálica (en su “colmamiento” ideal).
Del lado del chico el concepto correlativo del de madre fálica es el de Narcisismo. Y en este punto vemos conformarse lo que entendemos como Identificación Primaria: consiste en que el Yo del sujeto vaya al lugar de la madre como Otro mientras que el Yo de la madre se convierta en su Otro[3].
Vemos cómo el falo es objeto de intercambio y expresión de esta relación cerrada entre dos deseos.
El Narcisismo es tensión y energía pero también libido. El chico recibe su libido como energía del deseo de la madre. A esto Freud lo llama: Autoerotismo.
En este sentido el Narcisismo es fundamental en el sentido que es condición de toda catexia ulterior de objeto: el sujeto deberá “ocupar” (investir) sus objetos con la libido de que dispone.
El YO Ideal será el heredero del Narcisismo Originario. Una vez más entonces, aislemos un axioma de estructura: la castración de la madre. Si la madre no tiene falo, entonces el sujeto infantil No Es el falo de la madre, lo que significa el derrumbe del narcisismo infantil. De ese derrumbe dependerá que pueda darse una historia de sujeto sexuado. Es aquí donde la función de corte del agente de la castración: el padre; decide la estructura.

Si se realiza lo que contiene como exigencia el narcisismo en cuanto a la soldadura de la convergencia de los dos deseos, el resultado sería el aplastamiento por el deseo del otro materno del sujeto como sujeto deseante.

Cuando vemos sostenerse la seducción recíproca como en este caso, el resultado es la patología. Una madre fálica produce buenos obsesivos y también está en el origen del cuadro perverso.
El padre del paciente, como agente de la función paterna, debe inmiscuirse en la relación Madre-Hijo y desalojar a este, de la posición ideal con la que él y la madre se satisfacen.

Se escucha en el caso, que no logra como hombre, poseedor de los atributos fálicos, romper la captura fantasmática de este niño por su madre. No la convoca como mujer. No logra romper la relación incestuosa.
Es necesario que funcione la función del padre para librarse de ser el objeto absoluto del deseo de la madre.
Lo que sostiene al padre en ese lugar fundante de la estructura del sujeto, es el deseo de la madre -como mujer- por el padre, como hombre.
Un deseo de madre que no se agota en un deseo de hijo.
Se trata de abandonar la creencia de satisfacer el deseo materno (ser el falo) para darse un pene.
Vemos operar en el niño, en su fase fálica, un mecanismo de desmentida, conforme lo descrito por Freud en su artículo sobre fetichismo.
El mecanismo de defensa fundamental puesto en juego por parte del niño, es la escisión yoica.


Podemos conjeturar entonces, un pequeño identificado a un deseo. “Ser” (alienación simbólico-imaginaria)  una mujer, conforme (conformado) el deseo materno. Conforme la imagen femenina: vestido como mujer.
En este sentido, no se desprende de la imagen materna en la cual se re-conoce.
¿Por qué cae entonces? ¿Qué agujerea esta imagen fálica?

Sabemos que su madre “vivía rodeada de pretendientes”, “a mi no me daba bola”; que siendo niño su madre se va de la casa: “se fue al carajo”, “nos dejó para irse con otro tipo”, “abandónico me dijeron”.
Bajo este matiz la pérdida se manifiesta y concreta. Es excluido. Por otro(s), ella se va.
Quedando al cuidado de su padre: “un tipo al que yo amaba”. Así pasa al amor al padre y al que se identifica en su función paterna.
Expulsado una vez más cuando éste se casa “con una bruja”. Siendo “salvado” y criado por una sirvienta.
Vemos operar una vez más, la castración bajo el matiz de la decepción amorosa
.
Se desprende del relato, que a los 12 años sufre una operación por la que se le extirpa un testículo. Versión real de la castración. Operará este hecho, retroactivamente.

Se nota también en el relato del paciente cómo “muestra” de forma “des-velada” (sin velo) la escena fantaseada. Muestra la escena fantasmática de manera más cruda que el paciente neurótico. Menos pudor en el relato de la escena sexual. De alguna forma, para este paciente, la búsqueda es que “la relación sexual exista”.  
No obstante, la escena jugada con su partenaire se desmorona cuando esta calla. Rompe el pacto. Desbarata el instrumento puesto al servicio del goce: el relato. Por eso es que él dice tener potencia, gozar, cuando ella da cuenta de su goce con otros al relatarle los encuentros. Al callar se rompe la condición necesaria para el montaje fantasmático. Así es que dirá: Todo se puede conversar. Pero no ocultar. Ahí estaría la falta de respeto.





[1] A propósito de los padres de pacientes autistas (no este el caso de este paciente) bien cabría lo expuesto por Velleda Cecchi en el libro Los otros creen que no estoy, de editorial Lumen
[2] ¿Cómo concebir que el niño se colme en su deseo sino siendo, ocupando el lugar del objeto de su deseo (materno).
[3] Como súbdito de la madre, allí deberá afectar la interdicción paterna (función paterna).

CLASE Nº 7

Desarrollo a partir del Capítulo VIII El aparato psíquico y el mundo exterior: del COMPENDIO (o ESQUEMA) DEL PSICOANÁLISIS (1938-40) y del Capítulo IX El mundo interior, del mencionado Compendio

No hay forma de leer este artículo, sino es articulado con otros anteriores, en la lógica de los desarrollos teóricos que Freud viene realizando a partir de sus interrogantes clínicos.
Armar un lazo de desarrollo (y esto es desmenuzar los textos, reinterpretarlos, entramar teoría) con la noción fuerte de escisión del yo (y sus consecuencias clínicas); ubicar allí el lugar que le cabe a un proceso defensivo particular[1] que lleva adelante el yo en constitución, al que llama “(re)negación” o “desmentida” (Verleugnung) y su íntima relación con el Complejo de Castración. Ese será nuestro desafío.
Para tal fin trabajaremos los escritos freudianos siguientes: La organización genital infantil (1923); Neurosis y Psicosis (1924); El fetichismo (1927); La escisión del yo en los mecanismos de defensa (1937), El aparato psíquico y el mundo exterior (1938).  
Son textos que permitirán ir poniendo en desarrollo la idea del impacto traumático (trauma psíquico) que constituye para el pequeño atravesar por el complejo de castración hacia el final del Complejo de Edipo.

Nos detendremos en las consecuencias de la percatación de la diferencia sexual: un encuentro súbito, escópico (percepción) con la diferencia sexual y escotómico de la realidad sexual renegada –Castración-, que dejará secuelas en el aparato, para todos los parlantes.

Ya en La organización genital infantil Freud nos habla del interés problemático que constituye la diferencia de sexos para el niño. Nos recuerda la intensa curiosidad sexual que despierta el descubrimiento del pene y la percatación de que no es atributo de todos.
La visión casual –fruto de su interés o curiosidad sexual- de una hermanita/hermanito, la comparación con su propio cuerpo, lo inician en este descubrimiento, nos dirá, buscando en la reiteración de la observación e investigación el esclarecimiento del tema.
“Ya es conocido cómo reaccionan a la primera percepción de la falta de pene en las niñas. Niegan (leugnen) tal falta, creen ver el miembro y salvan la contradicción entre la observación y el prejuicio pretendiendo que el órgano es todavía muy pequeño y crecerá cuando la niña vaya siendo mayor.
Tal mecanismo de (re)negación (ver/leugnung) se refiere a la realidad exterior, es por eso que Freud ve en ello la primera fase de la psicosis: mientras el neurótico comienza reprimiendo las exigencias del ello el psicótico comienza (re)negando la realidad.
Ya en 1927, a partir del artículo El fetichismo, encontramos la elaboración conceptual del mecanismo que se pone en juego: renegación (verleugnung) de la falta de pene en la mujer y simultáneamente asociado a este el reconocimiento de la castración femenina. Busca de explicarlo como una conjunción de represión y una formación transicional entre dos fuerzas en conflicto; no obstante, muestra cómo esta coexistencia constituye una escisión (Spaltung) del sujeto. Las dos actitudes del fetichista: por un lado negar-desmentir la percepción de la falta de pene en la mujer y por el otro reconocer el influjo de la percepción de la falta recurriendo a un sustituto simbólico del pene (fetiche) “(…) persisten durante toda la vida uno junto a la otra sin influirse recíprocamente: Esto puede llamarse una escisión (spaltung) del yo”.

Claramente entonces, el proceso de renegación (Verleugnung) de la castración da cuenta de una defensa del yo prototípica, origen tal vez de las renegaciones ulteriores de la realidad. Y que como tal no afecta estrictamente a una percepción de la realidad exterior, (ya que la castración como tal jamás es percibida) sino en cuanto a lo supuesto o esperado y por lo tanto a lo sostenido por una teoría –explicativa- sexual infantil. Renegación no de lo imaginario sino de lo simbólico.
En este sentido el proceso descrito de renegación-escisión del yo, constituye un elemento estructural en la constitución del sujeto. Un esfuerzo –renegatorio- de sostener la completud del Otro.

A partir de La escisión del yo en el proceso de defensa (1938), hablará de una “desgarradura en el yo”, que no se reparará más. Que persistirá (en Esquema del Psicoanálisis, ya afirmará claramente que este proceso y sus consecuencias es experimentado por todos), un desgarrón vivo, puesto que crece, que acompaña a la vida, pero que en un punto es un “desgarrón que cura”; en cuanto es un intento de dar respuesta, solución a un conflicto. El desgarrón es una forma de conducirse en la realidad, y de responder ante la realidad de la diferencia de sexos. Organiza el aparato, regula la vida del sujeto.
Insistamos un vez más: Estamos en presencia de una condición de estructura del aparato, fruto de un “proceso entero” defensivo que dejará su secuela.
Esto que culmina en su formulación general en el texto de 1938-40 (Esquema del Psicoanálisis), está presente como interrogación clínica ya entonces, desde antaño en Freud.

En cuanto a lo que atañe al texto Esquema del Psicoanálisis Cap. VIII El aparato psíquico y el mundo exterior; postula que el núcleo de nuestra esencia está formado por el oscuro ello, que no se comunica directamente con el mundo exterior y solo sabemos de él por intermedio de otra instancia psíquica.
Tiene un mundo propio de percepciones (oscilaciones tensionales de la vida pulsional) que se hacen conscientes como sensaciones de la serie placer-displacer. Obedece al inexorable principio del placer (búsqueda de la satisfacción inmediata).
El yo se desarrolla a partir del estrato cortical del ello, adaptada a la recepción y exclusión de estímulos, en contacto con el mundo exterior (la realidad).
El yo combate (se defiende, noción de defensa) contra el Mundo exterior y el interior (pulsional). Contra ambos emplea los mismos métodos de defensa (que resultarán inadecuadas, no son totalmente exitosas). Busca transformar energía libremente móvil (Principio primario) en energía ligada (estado preconsciente); en interponer entre el requerimiento pulsional y su inmediata satisfacción el pensar (exigencia del principio de realidad). Busca afanosamente su seguridad (autoconservación). Se vale de la angustia señal, que le indica lo peligroso para su integridad. El yo discrimina mediante el examen de realidad (en el sueño se relaja).
El yo débil e inmaduro del niño pequeño, queda “definitivamente lisiado” (desgarrón) por los esfuerzos defensivos propios del período infantil. Entonces: todos los infantes atraviesan y responden a este conflicto (es estructural).
Pero distingue: 1) de los peligros del mundo exterior es protegido por los padres (paga con angustia ante la pérdida de amor: arrasamiento yoico)
Ejemplificará con una forma de tramitación en el varón.
Sobre el “pago” de la angustia por la pérdida del amor paterno de los padres protectores de los peligros, que se instala en el niño, el varón instalará su conflicto en el desenlace del Edipo. Ante la amenaza a su narcisismo por la castración, 2) una amenaza reforzada desde el tiempo primordial (peligro filogenético) ante ambos influjos, el niño realiza tentativas de defensa (represiones), eficaces en el momento, pero que tendrán consecuencias ante la exacerbación de la vida pulsional en el período adolescente y adulto (mostrándose ineficaces). El yo fracasa en su función de dominar las excitaciones infantiles, puesto que no puede enfrentarlas por inmadurez del aparato. El niño desconoce de la experiencia del acto sexual: no tiene acceso a lo que en y por el encuentro sexual se juega de los goces en el acto; lo pone en la determinación de la fórmula lacaniana “no hay relación sexual”. No va de suyo esto con la prohibición del incesto (atañe a la relación entre padres e hijos) puesto que “la efectuación de esta prohibición puede, en el mejor de los casos, realizarse en el niño con el psicoanálisis. Pero, la prohibición no está sobre el mismo plano que lo imposible de la relación sexual. Sobre esto no sabe (no hay saber), y no hay forma de que lo transmitan sus padres.
Tendrá teorías, desarrollará defensas y orientaciones, dejará una marca sobre “la futura aptitud cultural del individuo”. Satisfacciones sustitutivas, como formas de apartarse de una satisfacción inmediata de las exigencias pulsionales.
Y aquí una conjetura: si el yo debe su génesis al vínculo con el mundo exterior real; Los estados patológicos del yo, en los cuales vuelve a aproximarse más al ello, se fundan en la anulación o el relajamiento de esa relación con el  mundo exterior (la ocasión para el estallido psicótico es que la realidad objetiva se haya vuelto insoportablemente dolorosa, o bien que las pulsiones hayan cobrado un refuerzo indominable).
Pero no solo el destino es la psicosis.
 Quizá podamos presumir, con carácter general, que el fenómeno presentado por todos los casos semejantes es una escisión psíquica. Se han formado dos actitudes psíquicas, en lugar de una sola: la primera, que tiene en cuenta la realidad objetiva y que es normal; la otra, que aparta al yo de la realidad bajo la influencia de lo pulsional. Ambas actitudes subsisten la una junto a la otra. El resultado final dependerá de su fuerza relativa.
El punto de vista según el cual en todas las psicosis debe postularse una escisión del yo no merecería importancia si no se confirmara también en otros estados más semejantes a la neurosis, y finalmente también en estas últimas. Me convencí de esto ante los casos de fetichismo (con estos casos clínicos arma teoría).
No debe creerse que el fetichismo represente un caso excepcional en lo que a la escisión del yo se refiere. El yo infantil bajo el dominio del mundo real, liquida las exigencias pulsionales inconvenientes mediante la represión. (Además) En la misma época el yo se ve amenazado debiendo rechazar una pretensión del mundo exterior que le resulta penosa. Cosa que logra mediante la renegación (Verleugnung) o desmentida de las percepciones que lo informan de lo exigido por la realidad (desmiente la realidad). No solo es propio de los fetichistas, resultan ser medidas de alcance parcial, tentativas incompletas para desprenderse de la realidad. El rechazo siempre se complementa con una aceptación; siempre se establecen dos posiciones antagónicas y mutuamente independientes, que dan por resultado la escisión del yo.
Cualquier caso que emprenda el yo en sus tentativas de defensa, ya sea que quiera desmentir una parte (un fragmento) del mundo exterior real o que pretenda rechazar una exigencia pulsional, el éxito jamás será completo, sin residuo. Siempre surgirán dos actitudes antagónicas, de las cuales también la subordinada, la más débil, dará lugar a complicaciones psíquicas.





[1] Es en este sentido que a la conjunción de este mecanismo particular (desmentida) llevado adelante en ese momento singular para el yo, como es el atravesamiento del complejo de castración hacia los finales del complejo de Edipo, lo podemos entender  Estructural.
Freud habla de un “proceso entero” que subsiste en el yo “como  núcleo de una escisión del yo”.



CLASE Nº 8


Tratemos de visualizar lo descrito por Freud respecto de la denegación (Verleunung) como mecanismo defensivo propio de todos los hablantes: en la medida que el yo infantil bajo dominio del mundo real “rechaza” una pretensión que le resulta penosa;  apelando a un recorte en el tratamiento de un paciente:
Situemos brevemente primero una contextualización que nos permita ver “operar” el mecanismo descrito.

J. es un paciente que desde su consulta inicial impresiona como un hombre sólido, fuerte en su presencia y presentación. Su saludo en el apretón de manos denota un trabajador. Es un agudo observador, filoso en sus respuestas, decidido en elecciones de vida.
A los 8 años sufrió un accidente. Al cruzar la calle, un camión lo arrolló. Como consecuencia de los daños recibidos en una de sus piernas pierde un pie y parte de la misma. Utiliza para su andar una pierna ortopédica. Este hecho decididamente traumático, constituye hoy prácticamente un “emblema” subjetivo. Su modo de presentación en los inicios fue el de tengo una discapacidad; tengo un minus.
Respecto del accidente dirá en un momento me hizo crecer como persona.
Respecto de su pierna faltante dirá que:
Lo primero que ocurrió fue negarlo.
Después fue el dolor por lo que no estaba… Renegarlo.
Luego fue aceptarlo. Porque es la realidad. Para no mentirme.
Cuando lo renegaba creía que la pierna iba a crecer. Era un anhelo, una esperanza, un milagro que esperaba.
Es algo que se ve que falta. Todos los días está (¿la falta?).
Aceptarlo al principio era suponer que era por ahora… Que luego crecería. ¿Una forma de soportar? Nada es igual… es por ahora.
¡Pero es mentira! No creció el miembro; pero el miembro de la familia creció. En todo sentido.       
Era un modo, una forma de aceptar la pérdida: ¡uno busca un atenuante!...
Algo parecido a lo que hizo mi vieja: Yo diciéndole al despertar que me picaba mucho el pie. Ella rascándome lo que no había bajo la colcha. Yo no sabía todavía: ignoraba.
Debe haber sido muy difícil: ¿Cómo se encara eso no?
En el hospital algo pasó antes. ¿Lo escuché? ¿Lo adiviné?
Estaba en una sala inmensa, llena de camas. El médico hablando con mi vieja que me iban a cortar la gamba… Yo quiero suponer que lo escuché. Que pude percibir que no es lo mismo que escuchar. No sé cómo. No sé si grité.
Yo descubrí que… ¿Cómo lo descubrí?
Cuando me rascaba mi vieja no lo sabía sabiéndolo. O sabiéndolo, no lo sabía.
Después quedé en vida latente. Mi adolescencia fue jodida. Sentía que era una cosa rara. Cuando en realidad era una persona a la que le faltaba media gamba. Un freak. Inusual. En lugar de entender que era único e irrepetible.
Yo hablo de PUM (hace un gesto de chocar: golpea un puño contra su palma) El accidente, el camión, es un Pum.
Hoy soy lo que soy gracias al accidente. No sé que sería pero no esto. O sea: lo que te mata te fortalece.  

Tratemos de ubicar ahora el mecanismo descrito en el material aportado por un niño:


¿La identidad sexual se construye?

Rubén Flores

La consulta llega por derivación de un pediatra:”hagan otra consulta”. Uno de sus pacientes (un niño de 5 años de edad) mantiene desde hace un año y medio un tratamiento psicológico por conductas manifiestas afeminadas: juega con Barbies, interesado en “polleras”, “siempre con las nenas en el jardín”. Una intervención de la psicopedagoga escolar, funciona como fuente de derivación para el primer tratamiento iniciado. El pediatra fuerza “otra consulta”, “con un psicólogo de niños”, señala el género: varón. Se aprovecha la suspensión temporaria del tratamiento con la profesional (interrupción de dos meses) por dar a luz mellizos la misma.
Así llegan los padres a mi consultorio[1].

Casados hace 6 años, ella tenía 33 años y él 35. Se presentan a consulta “por Yani” (así escucho a la madre) generándome la incertidumbre de no saber por quién se estaba consultando. ¿Los padres de quién? ¿Quién es Yani? Escucho un nombre femenino.
“Yani” es “Giani”: Gianluca; hijo mayor del matrimonio.
La madre relata que “hace un año y medio se encuentra en terapia”. “Un testadura”. “Me tiene loca, se opone constantemente. A veces tengo paciencia, a veces no”. “Movedizo”. “Tiene gusto por las cosas femeninas: lentejuelas, Barbies. La actitud va y viene.”

Así es que dicen de él:
Padre: Es un reo-hablador.
Madre: Brusco.
P: “Tiene fijación por Cenicienta, Blancanieves”. “Sacado de filmes que no deja de ver”. “Donde las heroínas son femeninas”.
M: “Las que tienen vestido largo. Varita mágica”. (Una forma de velar mediante el vestido, el poder (fálico) que tienen en la mano: varita)
P: “Si tiene que elegir en “La bella y la bestia”, él dirá: “A mí me gusta la Bella”.
Llega un momento en que no sabés qué hacer. El a mamado cosas nuestras. De algunas cosas somos responsables. Hay un corte en nuestra familia donde la mujer es... (La frase se interrumpe, se superponen las voces, anoto y no pregunto, suponiendo que lo haré luego).
P: “El hermanito, un bebé de 5 meses, ensució[2], trajo un retroceso en él. La madre se encuentra desde febrero de licencia por este nacimiento.
 “Yo tengo un bebito”, dirá[3] G. (Afirmar esto, lo colocaría identificatoriamente, como siendo la madre. Como Yo del discurso, se identifica (aliena) al objeto de la madre. Enajenado, si es la madre, puede tenerlo. Señala por otro lado, el valor otorgado al “bebito”: representa un objeto de intercambio= niño/falo. Si ella lo tiene, ella lo quiere; si ella lo quiere, yo lo tengo; si yo lo tengo, ella lo tiene).
 “Tiene una abuela protagónica”, dirá el padre, de la abuela paterna. “Abuela más de bebé” (¿también ella lo tiene? Pareciera por lo pronto, por los dichos del padre, que ella lo conserva). Se ponía vestidos jugando con ella, aros, zapatos y bailaban frente a un espejo del dormitorio”.
“Cuando era muy chiquito se ponía camisones míos” dirá la madre. Supone ella (y pareciera que también la psicóloga con quien se trata) “que olía mi olor, o tal vez me extrañaba y era una manera de estar conmigo”. (El “me extrañaba” está en relación a una suposición materna y funciona como un argumento explicativo para las conductas de Giani. El sentimiento de culpa denota la dificultad para dejarlo, para “quedar fuera” de la célula narcisista que conformaban. Los dichos del padre confirman el todo narcisístico).

El padre dice que los primeros meses “era todo mamá, nada papá”. “Entonces me amargaba, me anulaba, me ponía a ver tele. Ella tiene mucho protagonismo”. (Cabe interrogar cómo habilitaba la función paterna entonces. Si madre y “bebito”, “era todo mamá” ¿dónde entraba él? En este sentido pareciera el hijo instalado en una posición de alienación al Otro primordial no habiéndose producido una separación de este modo fusional)

Interesado en el juego con las muñecas Barbies (no hablan de otro tipo de muñeca: ¿Un estereotipo o prototipo de mujer?, ¿Un significante privilegiado? ¿A un rasgo?)
“Comprame una Barbie”, le dirá a la madre. Ante los planteos que los varones no juegan con muñecas, dirá: “Pero yo la escondo, no le digan a papá”.
M: “Lo primero que pinta es la pollera (Su carpeta de actividades de jardín trae un dibujo de una figura con pollera pintada de colores vivos) “¿Hasta cuando esa fijación?”, preguntará, ganada por la angustia.
“Cómodo con las nenas, las imita”, dirá el padre, Tiene una amiguita llamada Martín(a), más masculina. El dice respecto de esta relación: “ella quiere ser nene y yo quiero ser nena”. “Se aman terriblemente o se odian” insiste el papá.
“Yo siempre tratando de controlar, -dice la mamá-, que no se me descontrolara todo. (¿Estará en relación al todo narcisista: madre-hijo? Completud fálica que se descontrola)  El es disruptivo”.
“El legado familiar tiene mucha presencia de féminas” –dirá el padre, (me llama la atención el término, no pregunto).
P: “Mis padres separados a mis dos años. No tenía un rol de padre. Una figura definida de padre”, acentúa este.

Seis años de casados, Giani llegó antes, se casaron con tres meses de embarazo. Cuenta la madre: “Tuve que adaptarme al embarazo, a la convivencia”. “Estuvimos de novios dos años, bien”, “luego separados” (se miran, caras, tensión), “volvimos con miedo y de repente...”. “Fue un shock; a mí me gusta lo seguro, planificado, me molesta lo disruptivo”.
El padre es quien la decide a llevar adelante el embarazo. Ella señalará una frase que la decide: “Acá estoy, me quiero casar”. “Me pareció heroico -dirá-; pero para mí era tirar la moneda[4].

Del tiempo de separación dirá él que: “fue por un departamento. Ella creyó que no la tenía en cuenta. La compra de un bien ensució.[5]
M: “El necesitaba un tiempo para irse de la casa y separarse de la mamá. Sentí que dijo: me compro un depto y me voy a vivir y yo me quedaba fuera. Se fue a vivir solo”.

Del embarazo dirán: “primero era varón, pero después se daba vuelta y no se le veía el pitito” (Señala ya cierta ambigüedad desde los inicios de su constitución: no se le veía, aquello que estaba).  Con el segundo hijo: “Franco”, al hacerse los estudios, “se confirmó el sexo. En este (embarazo) no tuvimos duda”, dice ella (Señala la duda materna respecto del sexo de Giani, ya desde su gestación ¿En relación a qué fantasma materno? Marca la pregnancia escópica pulsional de lo imaginario).
Ante mi pregunta por las preferencias de sexo para el nacimiento, dirá el padre que les era indiferente; aunque “me gustaba una pollera[6], acotará contradiciendo, la madre.
“Juega con nosotros”. “Es un déspota”. “bárbaro cuando no está con esa contradicción. “Yo me pongo con las nenas”dice G. en el jardín –de donde viene el primer señalamiento y pedido de intervención psi- (Es una “Actitud de contra en el colegio”, dice el padre).

Mélanie Klein (1932) escribe: “la relación de los padres con el analista del niño implica dificultades peculiares, ya que toca muy de cerca sus propios complejos”
Los padres reales entonces, salieron del consultorio. Las puertas se cerraron y el escenario lúdico abre sus cortinas. El misterio fue conjurado[7] y quedan los actores en escena.
Si de algo se trata entonces, es de permitir que la neurosis en transferencia del chico, se despliegue y se desarrolle el juego, con su uso del objeto per-vertido; que se soporte en su incomprensión inicial y dé tiempo –a él y a su entorno-, espacio y voz. En definitiva: se instale la neurosis infantil. Se constituya. Tome escena, cuerpo. Se haga novela familiar: y veamos desfilar los personajes. Los dejemos jugar su juego. No se tratará tanto de recordar y repetir, como de instalar y permitir tramitar (reprimir). Instalado ese campo transferencial particular, será entonces nuestro momento, el tiempo de la posibilidad de intervención en juego. Vemos aquí, una vez más, la distancia que atañe al tratamiento con chicos, respecto de un análisis con adultos.

Desde el punto de vista de la transferencia, una vez más, me permito apuntar lo señalado por Lacan en el Seminario La angustia: (...) la referencia a la angustia, limitándola únicamente a los efectos de repetición, a los efectos de reproducción, es algo que perfectamente merecería extenderse, y que la dimensión sincrónica corre el riesgo –a fuerza de insistir en el elemento histórico , en el elemento de repetición de lo vivido- corre el riesgo, en todo caso , de dejar de lado toda una dimensión no menos importante, que es precisamente lo que puede aparecer, lo que está incluido, latente, en la posición del analista, donde yace, en el espacio que lo determina, la función del objeto parcial [8].

Se tratará de habilitar un espacio o campo del objeto parcial, donde dicho objeto podrá declararse incluido, latente en la posición del analista.
La aparente ambigüedad que se desprende de estas afirmaciones no es casual, entiendo que está presente en la frase que busca dar cuenta de la posición transferencial que nos incluye, en la producción de estos efectos –creaciones-. Estamos allí, para que lo obturado, eso que llamo juego empastado, pueda desplegarse, sea habilitado –transferencia mediante- para subir a escena. Se monte la maquinaria del juego (máquina lúdica), con su plus de placer, placer de juego, que permitirá elaborar lo detenido, lo que angustia en su no tramitación. Se tratará de ayudar, -de prestar el juego-, a tramitar la angustia. Como Freud escribe: (...) la represión no crea la angustia, Esta existe con anterioridad. Y es ella la que crea la represión. Y aclara luego: el chico sufre angustia ante una exigencia libidinal, y en lo que atañe a la fobia, en este caso ante el amor a su madre, tratándose, por tanto, realmente de un caso de angustia neurótica[9].
Digamos que las cuestiones de amor, no tramitadas, angustian. “Algo” allí, se presentifica angustiante.
Y a no dudarlo, estará en relación a las figuras parentales.

Giani llega, ingresa al consultorio y echa a la madre: “fuera, fuera las mujeres”.
Revuelve las cajas de juguetes, no se detiene en los autos o muñecos y se maravilla con una  Barbie llavero, y con otra con pelo largo. “¡Es hermosa! ¿Me la puedo llevar?” (Reiterará el intento de llevarse algo que le guste en distintos momentos, situación a la que me opongo).
Jugamos con las dos muñecas. Peina a Barbie y habla con cierta afectación.
A Barbie le dolía la panza y no tenía nada. A mí me pasa: creía que era un sueño, después pasa”. (Esta frase inicial se me recorta, algo en ella me hace enigma. Conjeturalmente algunas hipótesis: pareciera señalar la zona de la falta: la panza; lo que faltaría es el pene que él supone que la Barbie tendría que haber tenido y que no tiene; el dolor de Barbie y de él, denota la amenaza de castración que se cierne sobre el pene imaginario que él carga efectivamente en él mismo; pene cargado afectiva e imaginariamente con el poder fálico materno; lo doloroso de descubrir la falta, pareciera renegado: un sueño que después pasa...).  “Papá no me deja jugar con Barbie. Me deja un minuto y después me la saca. Nosotros jugamos más (se refiere al tiempo de entrevista) sin que se entere mi mamá, sino nos caga a patadas. Me retan más de una hora.”
Supongo todo el “parlamento” como el texto manifiesto de un sueño. Debe estar sujeto a un trabajo de condensación y desplazamiento. Buscaremos de fragmentarlo entonces, buscando su “transferencia” (ubertragung) parte a parte.
La figura paterna se presenta ambivalente, no es taxativa en su prohibición: “no me deja jugar/me deja un minuto”. Por otro lado: “me deja un minuto y después me la saca” ¿Algo de la amenaza de castración no puede escucharse allí? Quien sí, no debe enterarse, es la madre: “si se entera nos caga a patadas”.
Durante el juego en la entrevista, tapa los agujeros de una flauta que encuentra con bolitas (me detengo en el detalle).

-¡A vos te gustan las mujeres! Diré sin saber bien porqué.
-¡Si!... Todas las mujeres del mundo. (Será cuestión de que construya alguna diferencia entonces…)
Pienso que esta intervención inopinada, instala la transferencia, me instala en transferencia. Por lo pronto, releyendo, encuentro el plural que me incluye (en juego) “nosotros jugamos más” “sin que se entere mi mamá” “si no nos caga a patadas”. Conjeturo que a él respondo: nos. Me dejo tomar, me presto, él dirige la escena. Luego ¿cuál es mi posición? ¿Él me causa? Deseo analista. Me pone a jugar dentro del dispositivo, me pone a trabajar fuera: interrogantes, escritura, dispositivo “clínica con chicos”, reescritura… (Transferencia al juego, transferencia al trabajo, transferencia al dispositivo “clínica con chicos”[10])

Alejandro Ariel, (Seminario de Psicoanálisis para graduados. 1990) sostiene que los niños (como las mujeres) se encuentran en la posición de objeto “a”. Ambos sostendrán en determinado momento, una posición de pasividad, esto es, son llevados, traídos, hablados, “sostienen por distintas razones el lugar de soporte de la causa de un deseo, del deseo de un hombre, del deseo de los padres”. Insiste luego: soporte, “no digo causa del deseo, sino que lo que digo es soporte del lugar de la causa del deseo”. “La causa de un deseo se sostiene en el aparato psíquico de quien es deseante, se ordena en el aparato psíquico de quien desea. Se transfiere, pero van a ocupar el lugar de soporte de esa causa.
(...) No es lo mismo pensar al analista como soporte de la causa del deseo que como causa del deseo”

En lo inmediato me lleva a buscar reentender la afirmación sostenida por el mismo en otro libro: “Dificultades mayores en el análisis con niños”, donde sostiene que “el niño es el primer analista salvaje de la historia”

Guardamos todo cuando toca el timbre, yo también guardo apurado. “Rápido, que no nos descubran”.

Reclama para la segunda entrevista las Barbies que dije tener con ropas. Solo puedo mostrarle a Ariel con su cola de sirena y ropas de humana, una Barbie más grande (con ropas) y un Kent. Jugamos con los muñecos.
“El tiene moño rosa... y no es una nena”, dirá de la ropa del Kent. “- ¿Los que usan cosas rosas son nenas?, pregunto. “Si”.
Digamos que hay supuestos imaginarios clasificatorios, que hacen a la diferencia de sexos, adquiridos, efecto necesariamente de la influencia ejercida por los padres y sustitutos paternos (socialmente comparte el criterio, está dentro de la ley imaginaria). Podríamos hablar de supuestos relativos al género como ya adquiridos.
Desviste a la muñeca: “¡Pobre! Se le ve la vagina”. (¿Pobre por qué, pensé? Traté de evitar el llenar de sentido, de algún sentido) La expresión, no obstante, nos permite conjeturar que respecto de lo que se ve (¿que no tiene, tal vez?) algo allí se significa como pobre. Porqué no suponer que esperaba (anhelaba) encontrar un pene, y una vez más, se advierte (empíricamente: Ve) que no hay. Un pobre decepcionante entonces, pobre por que le falta (una forma de llamar a esto que no está es: ¿vagina? ¿El término acuña lo que debería estar pero no se ve?) Lo que no cabe duda se tramita allí, es lo relativo al falo imaginario[11].

La escena que se juega (y reiterará en las próximas entrevistas) es el reparto de las muñecas: “¿cuál te gusta? (elegirá a Ariel, yo la señalé de alguna forma que no puedo precisar –se corre de Barbie-) de aquí en más me tocará jugar con Barbie; cada uno de nosotros desvistiendo a su muñeca.
No se puede ver desnuda la muñeca del otro. El se tapa los ojos cuando le digo que está viendo mi muñeca desnuda. Acoto cosas: “mirá las tetas que tiene la Barbie!!”, “a ver a ver...” (Mientras desvisto una muñeca que absurdamente se me empieza a antojar excitante, ¿algo de mi fantasma se pone en acción? ¿La transferencia no debe de ser de él? ¿De quién es esto que siento? Se me ocurre que la transferencia se nos armó al juego, y lo que siento, es que me convoca a mirar, la escena que armo con mi muñeca, que armamos, es excitante[12]).
El fantasma es el montaje del deseo”, transferencialmente entonces: ¿deseo de mirar? Se nos juega la mirada en un escenario que se nos arma, se instala “al toque”. Cabría la posibilidad de que el juego que se juega (deseante) sea mirar, lo que atañe a la diferencia.
Necesariamente plantean estos interrogantes, la discusión en mayor profundidad respecto del lugar de la transferencia con niños. E inclusive el lugar dado a lo llamado contratransferencia por la escuela inglesa.


Pide por dos veces ir al baño. Parece excitado, se toca[13]. “Quiero hacer pis” (mojará ¿marcará? Todo el baño.) La segunda vez traerá de mi baño un cepillo para el pelo, “para peinarla”. Pareciera no tener límites. ¿Invasivo? Avanza, ¿habrá que frenarlo?

En un momento de mucha violencia, luego de desnudar y golpeando los muñecos, desmembrará el Kent, diciendo: “¡Puto! ¡Puto de mierda!” Arrojará los diferentes pedazos. Revolea y tira las partes.

Oculta los muñecos cuando suena el timbre, esto se instala, yo participo su preocupación, estoy seguro. “Que no se entere”. “¿Puedo llevarme una Daysi?”
Tarda en irse, demora: “quiero seguir jugando”.

La tercera vez vendrá con “Babel” (Isabel) abuela paterna (Escucho allí una conjunción: una mezcla de Barbie y él). Esta abuela es importante en sus juegos. Con ella se (tra)vestirá en su casa con ropas de su madre, jugarán ante espejos, él vestido de mujer y con aros, zapatos, bailarán. Recuerdo que hablaron los padres del baile de la película Cenicienta: vestido amplio, blanco, con brillos. (“Eres tú... –canta-...”, evoco una escena en una película infantil. Me percato que estoy en el baile, (¡en un baile!) mis escenas jugándose, ¿sirven o me extravían? Se tratará de que no me extravíe).

Aparece un período de mucha excitación en escena transferencial. Reitera juegos violentos con los muñecos “Te voy a matar” (al Kent) Vuelve a romper el muñeco. Desmembra y arroja las partes del mismo. Grita. Se levanta y desplaza siéndole difícil sostener el juego. Pide llevarse cosas. Toca todo lo que encuentra en el consultorio. Levanta y atiende el teléfono, que suena.
Decido entonces acotar su accionar que impresiona como impulsivo y poner algunos no. Delimitar y habilitar espacios de juego y trabajo, respecto de otros que no. “No golpees la mesa de vidrio”, por ejemplo. “No podemos usar eso para jugar”. “El teléfono lo atiendo yo”. “Acá sí”.
Suena el timbre: “rápido, que no me descubran, que no se enteren”.
Algo comienza a aplacarse en su manifestación.

En las sucesivas entrevistas, se instaura el juego con las muñecas.
Incorporo más ropa (ropa de fiesta para la Barbie). Me guío -¿guío?- por los comentarios maternos. En una entrevista posterior con Giani, al querer vestir yo una Barbie con un enterito me dirá que “no se puede”, 
-¡¿Cómo? ¿Y si le pongo pantalones?
- ¡No! ¡Las mujeres usan polleras!

Ante mi pregunta en una entrevista con los padres, de por qué decir pollera, respecto del sexo esperado para su segundo hijo (“me gustaba una pollera”) cuando podría poner otro término, la madre dirá: “No recuerdo... que raro, hubiera dicho más bien puntillas y lentejuelas”.
En esa entrevista me interrogaba por el deseo materno.
Pregunté sobre el trabajo de la madre, si estaba ligado al arte, al diseño, se me imponía que tal vez era diseñadora de ropa (“¡polleras!”); no encuentro lo que busco, diseña cajas. Fastidiada con su trabajo –absurdo, yo también me fastidio - sigo buscando, ¿qué busco? Una palabra que se repita desde la madre, frases del Otro que lo habiten.
Pregunto por la pollera, qué se le ocurre, ¿para Ud. es importante? La pollera la lleva al baile. Ella bailaba, danza clásica, era buena, alguna vez bailó en el Colón, no llegó (por edad, era grande) a formar parte del plantel de danza. La pollera de baile, ese mundo, una frustración, algo pendiente. Le pregunto si aceptaría que su hijo bailase danza clásica, que entrase al Colón.”Un hombre no. Los bailarines sufren mucho. Todos los que conocí son homosexuales. Mis mejores amigos eran homosexuales. Mi profesor, ¡un amor! (un viejo amor, que no puede ser correspondido, “que la deja fuera”). Sufrían. No quiero eso para mi hijo. Aunque si fuera ese su deseo”.
En un aspecto es sí, lo aceptaría, pero se sufre. No quiere que su hijo sufra. ¿Qué madre lo quiere? No sé que madre, esta no. ¿Y esta mujer? Si amara su viejo amor, también su hijo sufriría[14].
La pollera por la madre. ¿Y por la abuela paterna? Bailaba con la abuela y se vestía con ropas de mujer; o mejor: con ropas de madre. La otra psicóloga dijo que había que cortar con eso. “Yo llamaba por teléfono para ver qué estaban haciendo” (¡¿había que controlar? Algo allí no se controlaba, se transgredía y se seguía haciendo; nuevamente: ella queda afuera) Me percato en este momento de lo que decía de su esposo “pegado a su madre”, ¿también en esa relación habría algo para controlar? Pegado a su madre, ella queda fuera, como lo estará del departamento que compra, donde irá él a vivir solo: “El necesitaba un tiempo para irse de la casa y separarse de la mamá. Sentí que dijo: me compro un depto y me voy a vivir y yo me quedaba fuera. Se fue a vivir solo”.
El padre, La psicóloga y las polleras: “la psicóloga a veces nos decía: dejemos a Giani jugar con Barbies, otras no tanto, otras no dejar nada... Probamos todo. No sabíamos qué hacer”
-No se trata de probar con lo que le dicen, sino de tener usted una posición, diré.
-No sabíamos qué hacer, confiábamos en los especialistas...
-¿No es usted el padre?[15]interrogo.
Relata este, que al ir a buscar a su hijo a un cumpleaños, lo ve bailando sobre el escenario del salón de fiestas, vestido con una pollera. Dos compañeritos observan la escena desde abajo y ríen. El padre de pie, observando la escena, perplejo, avergonzado. El hijo ve al padre que lo mira. Baja rápidamente. El padre hace esfuerzos por encontrar una respuesta “¿Qué tenía que decirle? ¿Qué tenía que hacer?” Vuelven en el auto en silencio. Incómodo. Perplejo.
-¡¿Qué tenía que haber hecho?
-¿Cómo se sintió ante la escena que vio?
-Mal... ¡Qué le parece! A ningún padre le gusta ver a su hijo bailando vestido con polleras.
-Tal vez si le hubiese preguntado a su hijo por qué se bajó del escenario al verlo, le hubiera permitido también ubicar lo que usted sintió.  Señalo. Tal vez lo que usted no disfruta, él sí.

Intervenciones sostenidas en el lazo transferencial con los padres (limitada a resignificar el relato que los padres ofrecen en lo que atañe a su función paterna, no se trata de un análisis de ambos o de alguno de ellos)
“Esta supervisión produce un desplazamiento del lazo transferencial, sobre el analista. Se hace causa en (el) lugar del niño. Esto alivia (…) Pero al mismo tiempo desanuda las fantasías familiares. (…) Ellos no piden análisis. Ofrecérselos (bajo la forma que sea) es privar al niño de un analista y a los padres de una supervisión”[16].

Los juegos con muñecas continúan. El Kent participa. Lo reparé pegando los miembros con un soldador eléctrico (una pistolita eléctrica).
Observa el muñeco reparado luego de pedirme que lo desvista:
-No tiene pito.
-Cierto...
-Tiene que tener. Es un varón.
-Bueno… ¿le hacemos uno? Busco el soldador y fabricamos un pito para el Kent.
Toca el soldador antes de que esté totalmente caliente. Le muestro cómo se usa. Me pide poder usarlo él. Aprender a soldar. Desarrollamos una conversación.
Tomalo así. No toques el metal de la punta. Te vas a quemar. (Toca. Aprieta. Desoye. Prueba.) No está tan caliente como para salir el plástico, todavía. Fijate. Se hace así.
-¿Puedo yo?
-Probá a ver cómo te sale. (No nos resulta tan fácil construir lo que queremos. Reímos por lo que obtenemos).
- Papá no me enseña a usar las herramientas.
- Pero acá estamos aprendiendo a usarla entre los dos…
-Este pito así de largo no me gusta.
-Probá hacerlo como te gusta. Tenemos tiempo.   





[1] Adelantemos ya los postulados. Señala Lacan en “Nota sobre el niño” respecto de la concepción de síntoma: “el síntoma del niño se encuentra en el lugar desde el que puede responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar. El síntoma (…) se define en este contexto como representante de la verdad.
El síntoma puede representar la verdad de lo que es la pareja en la familia.
(…) La articulación se reduce en mucho cuando (…) resulta de la subjetividad de la madre. Ahí el niño es interesado directamente como correlativo de un fantasma”.
[2] El padre pareciera sostener la ecuación simbólica niño=excremento (ensució).
[3] Lacan describirá esto en el Seminario V “Las formaciones del inconsciente” como identificación primitiva: consiste en que el yo del sujeto infantil vaya al lugar de la madre como Otro, mientras que el yo de la madre se convierte en su Otro. Posición de “Súbdito de la madre”.
[4] Cabe la afirmación de Lacan en “Nota sobre el niño”: “La función de residuo que la familia conyugal sostiene (a la vez que mantiene) pone de manifiesto lo irreductible de una transmisión –que es de un orden bien distinto que el de la vida según las satisfacciones de las necesidades vitales- pero que es de una constitución subjetiva que implica la relación con un deseo que no sea anónimo”.
[5] Una vez más pareciera regulado por la ecuación simbólica excremento=dinero
[6] Podemos suponerle a la “pollera” la función de velar la falta. Una forma de resolver la angustia de castración: sustituir un significante por otro, simbolizar. Busca descubrir el lugar de la falta y se encuentra con la pollera (en lugar del cuerpo materno (pubis), aquel que está vedado ver inicialmente en el juego con muñecas) Lo que vela la falta: pubis-pollera, lo fascina; no puede dejar de mirar-poner-dibujar aquello que tapa).
[7] Del latín Coniuratus, acuerdo o concierto para algún fin, hecho contra la autoridad, el estado o el gobernante.
[8] Jaques Lacan, sem. La angustia, sesión del 9 de enero de 1963, estenografía p.21, trascripción AF (Asociación Freudiana) p.92.
[9] Nuevas lecciones introductoria al Psicoanálisis (1932) Sigmund Freud, Biblioteca Nueva
[10] Cabe, en cierto sentido, respecto de nuestro trabajo sostenido en el dispositivo Clínica con Chicos lo afirmado por Martine Gauthron en  Con un niño, un analizante pasa: “Diría que los niños nos condujeron al psicoanálisis en la medida en que aceptábamos sostener nuestra escucha. Para nosotros ellos eran los depositarios de un saber inconsciente sobre el cuerpo y sobre el Otro. Estábamos capturados con ese saber de una manera directa y con nuestra propia infancia reactivada. Ellos fueron nuestros analistas (no nuestros terapeutas).” 
[11] “La mirada en Psicoanálisis” de Juan Davis Nasio: “El objeto de la castración es el falo imaginario, es decir, que no es el miembro sexual, es ese sexo que no existe como tal, que es simplemente ese lugar fuertemente investido que se llama falo imaginario (…) Es con ese falo imaginario con el que está identificado el yo”.
[12] Leemos en “La mirada en Psicoanálisis” de Juan David Nasio: “Ver no es, para los analistas, lo mismo que mirar. En el dispositivo analítico, no se ve pero se mira (se refiere fundamentalmente a la clínica con adultos neuróticos) esto no excluye que haya momentos en que se ve.  Allí se ve pero no se mira. En cambio, cuando el analista está sentado en su sillón sin ver al paciente –en el dispositivo analítico clásico- el analista mira y el paciente también. (…) Hace falta que la visión de los rostros, que la visión en general sea  espacialmente excluida  para permitir que surja una mirada inconsciente.” Dirá luego que distinguimos en psicoanálisis: la mirada como acto, la que es descripta desde la metapsicología, como acción pulsional y la mirada en tanto satisfacción del acto. “Esta última acepción de la mirada, como satisfacción producida y productora del acto, la llamamos –de acuerdo con Lacan- goce. Más exactamente: goce-objeto y más aún: objeto a. Hay una energía del acto. (…) Sintetizando: la mirada que aparece, sea como acto, sea como movimiento, es una acción –la mirada agarra- o bien es la satisfacción de ese acto.”  
[13] Pulsionalmente irrumpe la excitación gozosa del órgano. El cuerpo (recortado en su objeto privilegiado) habla.
[14]  Más adelante en el tratamiento, preanunciando una interrupción del mismo, aparecerá explícitamente una preocupación por el sufrimiento de otro hombre “fallado”: su propio esposo. Ante una enfermedad, que se manifiesta en este dirá: “no quiero que él se perturbe, no quiero que se ponga mal”.  No avanza en el juicio crítico que enuncia, avanza pero se desdice: reniega de sus dichos. ¿El posible sufrimiento del hombre la liga a este? Por la vía del amor, conjeturo, la lleva a protegerlo. “No quiero que sufra”. A costa de transformarlo en su objeto: cierta captura amorosa por la vía del objeto sufriente-castrado (un “pollerudo”).
[15] Vale aquí una extensa cita de Alejandro Ariel en Dificultades mayores en el análisis con niños: “El niño es un soporte transferencial salvaje para sus progenitores. Funciona como soportando el lugar de la causa del deseo de sus padres, o al menos de alguno de ellos, antes de haber nacido.
Cuando nace, esta transferencia deja de ser en ausencia o esfigie y se sitúa como cuerpo. Mudo y manipulable se sostiene de ser un soporte real de la transferencia (no analítica) para cada padre.
(…) Los padres se asustan entonces de aquello que les retorna de ese analista salvaje. (…) La consulta de los padres es un pedido de supervisión de alguien que se sorprende por no estar a la altura de su función. (…) Se trata de responder a un pedido de colaboración de aquellos que encuentran dificultad para sostener esa función paterna.”
[16] “Dificultades mayores en el análisis con niños” de Alejandro Ariel y Miguel Calvano. Estilos editorial 




CLASE Nº 9

Caso Schreber:

Antecedentes teóricos:
Freud sostiene que la paranoia es un modo patológico de la defensa, tanto como la histeria, la neurosis obsesiva y la confusión alucinatoria. El “método” psicoanalítico es pertinente para su trato.
Busca describir lo particular de la defensa paranoica. Dirá entonces que:
a)     La paciente evita el reproche de ser una mala mujer. Economía libidinal. “al juicio pronunciado internamente habría tenido que aceptarlo, al que llegaba desde afuera podía rechazarlo”. (…) De tal modo el juicio, el reproche, quedaba apartado del yo”.
b)     Se trata de Juicio rechazado. “Análogo a la condenación de un juicio en el terreno lógico”[1].
c)     Retorna el reproche desde fuera (delirio de observación y persecución) “el juicio sobre sí misma quedaba traspuesto al exterior”.
d)     El contenido de la representación Rechazado permanece inalterado, cambiando de localización: es PROYECTADO al mundo exterior. El afecto sigue el mismo camino.

Dirá: “La paranoia persigue el propósito de defenderse de una representación inconciliable para el yo mediante la proyección de su contenido en el mundo exterior”.
Respecto del delirio de interpretación, la tarea del yo es tornar aceptables las formaciones de compromiso reduciendo las contradicciones.
El delirio de grandeza es una formación defensiva también. Ambos delirios funcionan como la elaboración secundaria en el trabajo del sueño: disfrazan el carácter absurdo del retorno de lo reprimido.

Breve reseña
  1. Enferma por primera (crisis hipocondríaca) vez entre el otoño de 1884 y fines del 85. Internado 6 meses en la clínica del Dr. Fleschsing. Dirá Schreber que transcurrió sin incidentes de carácter metafísico.
  2. 1893: Se le anuncia que será nombrado Presidente del Tribunal de Dresde. Se producirá a posteriori el sueño de recaída y la fantasía de duermevela: “que agradable sería ser una mujer en el momento del coito”.
  3. Asume el 1º de octubre.
A fines de octubre tiene una recaída: insomnio e ideas hipocondríacas. Alucinaciones visuales[2] y auditivas[3] que lo persiguen. Entra en estado de perplejidad y estupor alucinatorio. Crisis de angustia busca matarse. Flechsing se constituye como el perseguidor que quiere asesinar su alma y por otro lado pretende entregarlo a un hombre para que abuse sexualmente de él (agravio narcisista). Lo internan y re-construye una realidad místico religiosa explicativa (interpretación delirante) a la par que estabiliza su personalidad al punto de postularse capacitado para la vida normal, fuera de su internación.
     4. Weber informa favorablemente sobre el mismo, en 1900.
     5. En 1902 se anula el dictamen de incapacidad y se le da el
         alta.
     6. Entre 1900 y 1903 escribe y publica las Memorias.
    
Cap III EL mecanismo Paranoico

Freud se muestra escéptico respecto del tratamiento y cura psicoanalítica de la psicosis.
Despeja dos cuestiones: El complejo paterno dominante y la fantasía homosexual optativa. Dirá no obstante que esto no es característico de la paranoia.
Es LA FORMA SINGULAR DE LOS SÍNTOMAS propia del mecanismo paranoico de formación de los mismos. Defensa contra una fantasía optativa homosexual.
El deseo homosexual en la paranoia es fruto de una FIJACIÓN libidinal Narcisista, constituyente de una DISPOSICIÓN a la enfermedad.
Considera así Freud la fantasía homosexual: amar al hombre, como el nódulo del conflicto.
La defensa busca CONTRADECIR esta afirmación:
a)   Por un delirio persecutorio: “No lo amo; lo odio”. El mecanismo exige que la percepción interior (sentimiento) sea sustituida por una percepción exterior. Por PROYECCIÓN el “Yo lo odio”, se formula “El me odia (me persigue); entonces puedo odiarlo”.
La percepción exterior es vivida como: “No lo amo; Lo odio porque me persigue”.
b)   La EROTOMANIA expresa la contradicción de otra forma: “Yo no lo amo a él; amo a ella.”
Por PROYECCIÓN se impone la frase: “Advierto que ella me ama.” Formulándose entonces: “Yo no lo amo a él, la amo a ella, porque ella me ama.”
    Amar es una percepción que llega del exterior.
c)   Celos delirantes:
Para el hombre: “no soy yo quien ama al hombre, es ella quien lo ama.”
Para la mujer: “no soy yo quien ama a las mujeres, es él quien las ama.”
d)   Una cuarta modalidad de la contradicción repudia
totalmente el amor: “ No amo en absoluto, no amo a nadie”
Retrotrayéndose la libido al yo de forma que expresará:
“sólo me amo a mí mismo”. Expresando el delirio de grandeza
o megalomanía: “supervaloración sexual del propio yo” (ídem del objeto erótico).
Vemos cómo la fantasía de deseo homosexual constituye el conflicto del que se defiende el paranoico.
Por otro lado, al hacer objeto de amor la figura del médico, ubica la íntima relación transferencial amorosa al padre (función transferencia) como desencadenante.

Sobre la Represión
Distingue tres fases:
1.      Fijación de mociones pulsionales a un estadío infans (autoerotismo), las que se comportan como pertenecientes al contenido inconsciente (Represión Primaria). Condición de enfermedad y de cada proceso represivo.
2.      Represión propiamente dicha. Un proceso secundario y activo que parte del yo al entrar en conflicto con ramificaciones psíquicas de aquellas mociones pulsionales primarias. Atraído desde el sistema inconsciente se establece una relación y favorece la repulsa (represión).
3.       Fracaso de la represión: irrupción y retorno de lo reprimido. Desde el lugar de la fijación e implica una regresión libidinal.

Mecanismo Paranoico
Experiencia de fin del mundo (vacío existencial) proyección de la catástrofe interior en que se hunde la subjetividad a partir del retiro de las catexias libidinales de los objetos del mundo exterior (retraimiento al yo).
Vincula tal retracción con la represión propiamente dicha: “la represión propiamente dicha consiste en una retracción de la libido”.
Reconstruye la realidad estallada merced el delirio construido. “El delirio, en el cual vemos el producto de la enfermedad, es en realidad la tentativa de curación, la reconstrucción”.
“A sufrido una profunda modificación interior” no obstante. Reorienta la libido hacia los objetos deshaciendo la represión (fracaso de la represión) y retornando lo reprimido con un síntoma de compromiso como es el delirio.
Rectifica: “No era por lo tanto exacto decir que la sensación interiormente reprimida es proyectada al exterior; más bien lo interiormente reprimido retorna desde el exterior”. Lacan retomará esta noción.

Aclaraciones y distinciones
La retracción libidinal no es específica de la paranoia (pensar en el duelo). Lo patógeno es el destino o empleo de la libido sustraída al objeto. Normalmente queda flotante hasta nueva orientación libidinal; siendo conducida a inervaciones corporales en el caso de la histeria. En la paranoia ocupa el yo y es utilizada para engrandecerlo (delirio de grandeza).
El delirio interpretativo que rearma la realidad es en cambio, una orientación libidinal hacia el exterior, libido desocupando el yo.
La retracción de la libido puede ser parcial (un único complejo) o bien generalizada. También el retorno. El proceso comienza como retiro de uno o retiros parciales para generalizar luego. Retornan algunas cargas o luego todas.
Sostiene “la paranoia como tipo clínico independiente” (la diferencia de la demencia precoz).

Ultimas consideraciones a propósito del texto
La conceptualización narcisista plantea la cuestión de la  relocalización de la libido conforme la fijación autoerótica.
Además de los rasgos descritos: 1) megalomanía y 2) apartamiento del interés por el mundo exterior, personas y cosas. Plantea el narcisismo como un momento dentro del desarrollo de la libido. El yo es fruto de la construcción identificatoria, pero las pulsiones autoeróticas existen desde los inicios. Es necesario por eso, una nueva acción psíquica para que se produzca el pasaje del autoerotismo al narcisismo. Esta nueva acción será la identificación que da lugar a la constitución del yo (identificación narcisista). Esta identificación, es solidaria de un tiempo anterior: primer tiempo de la identificación o Identificación Primaria.





[1] Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicógenas de la visión. (1910) S. Freud
Dirá en el mismo texto: “Demuestran que tales represiones desempeñan un papel extraordinariamente importante en  nuestra vida anímica, pudiendo fracasar frecuentemente el individuo y constituyendo este fracaso la premisa de la producción de síntomas. (…) tales representaciones han entrado en pugna con otras más fuertes, alas que reunimos bajo el  nombre del yo (…) cada pulsión (parcial) intenta imponerse avivando las representaciones adecuadas a sus fines.”
[2] Un fragmento inmodificado del recuerdo infantil retorna y se desplaza a imágenes análogas de la vida actual. Estas se proyectan.
[3] Pensamientos enunciados en voz alta (propio de la paranoia) Doble deformación: sustitución por otros pensamientos y desplazamiento a vivencias actuales análogas.




“La significación fálica golpea a mi puerta…” (Recorte breve de un tratamiento)

Post-Scriptum
El presente caso es fruto de la elaboración tanto teórica como del registro llevado mediante las notas de los encuentros.
A tal fin concurren los desarrollos teóricos intercalados y las notas a pie de página aclaratorias o referidas a textos o citas de los mismos.
Los nombres y ciertas circunstancias omitidas o disfrazadas se entiende no afectan el desarrollo ni intención de la presente comunicación.
Consideraciones iniciales:
Afirmamos desde el psicoanálisis que los parlantes estamos “sostenidos” en un discurso que hace eco a una de las 3 estructuras freudianas: neurosis, psicosis o perversión.
No se trata de situar, describir los fenómenos de uso propios de cada estructura al modo gnoseológico; sino percatarnos que el lenguaje está en el fenómeno mismo (trátese de formaciones del inconciente, si hablamos de neurosis; fenómenos elementales o delirio en el caso de la psicosis); constituye su carácter y rasgo distintivo en cuanto discurso: lo habita.
La realidad es abordada, “vivida” entonces, desde y en esta trama (entramado-desentramado de los tres registros) por cada sujeto.
Cuando Freud busca distinguir la psicosis respecto de la neurosis, ubica allí un tiempo lógico: Un tiempo inicial (Ur) donde encontraremos la fijación que predispondrá –si las circunstancias se dan- a que el cuadro se manifieste o no. La estructura se arma allí entonces, se habita allí. Continúa una fase de corte silencioso, donde se conforma, se constituye la “enfermedad” como tal y un segundo momento, explosivo, notorio en sus efectos, donde vemos en acción el “esfuerzo de curación” que realiza la restitución alucinatoria o delirante.
Lacan distingue (en sus formulaciones iniciales) un tiempo prepsicótico y un desarrollo posterior, que atraviesa la desestructuración imaginaria, hasta estabilizarse –o no- en una metáfora delirante o alguna otra forma de suplencia. Intentos del sujeto de resolver su desestructuración. Sostiene que la estructura psicótica es anterior al desencadenamiento (y que podemos reconstruir luego, los síntomas que ya entonces habitaban al sujeto).
Si esto es así: ¿qué lo habita a Diego? ¿Qué fenómenos –y sus efectos en el lazo social- lo llevan a circular por el discurso médico-psiquiátrico; por “Los psicólogos” –como él nos califica-; trasladando su padecer subjetivo? ¿Qué se da a escuchar (al Otro) en su decir?
La Llegada:
Me llama por teléfono consultándome respecto a cómo atenderse haciendo uso de su prepaga a la cual estoy asociado como prestador: “saqué su nombre y teléfono de la cartilla”. Le indico la necesidad de mantener una entrevista previa con un Admisor en la sede de la institución y solicitar allí la derivación a mi nombre. Consulta si atiendo en forma privada, cosa que asiento.
Vuelve a llamarme a las horas solicitando ser atendido en forma privada “para ganar tiempo”: Conjeturo entonces que algo lo urge. Le doy un turno a la brevedad.
Inicialmente se presenta como Juan (el primero de sus dos nombres) y acompañado por su esposa, la que ingresa junto con él al consultorio. Su estado de agitación e inquietud es notorio. Pido se sienten ambos y me dispongo así a escuchar su decir.
Comienza relatando que trabaja como chofer de colectivo y que en este momento padece “una fobia”: “me están persiguiendo, escucho voces atrás mío”.
 “Cuando camino, corro, siento un cosquilleo. Tensiones. Hoy estoy tembloroso”[1]. “Si salgo es acompañado”[2].
Está con neurólogo hace ya 15 años. “El me ajustó la medicación ahora”: Lamirax 100 e Irazem 10[3]. Dirá entonces que “hace 15 años ocurrió la primer psicosis”.
Estuvo atendido por 3 psicólogos distintos a lo largo de este tiempo.
Hace 15 días que está con licencia: “El problema es que ahora no me resbalan las cosas”.
Hace 8 años que conoce a su actual esposa. Y tiene un hijo de 3 años y medio.
Lic. En Sistemas hace 3 años. No trabaja en relación a esto: manifiesta que tiene dificultad en conseguir trabajo en relación a lo estudiado y que los salarios iniciales no le convienen comparados con el de chofer. Hace un año y medio consigue trabajo en la línea de colectivos donde trabajó su padre hasta jubilarse. Su esposa interviene diciendo que tal vez no esté conforme con su trabajo; (estimo, sin comunicarlo, que quien no está conforme con el trabajo es ella: conjeturo un conflicto allí. Más tarde corroborará esto él: hay un malestar en torno al tiempo que le insume su trabajo y el tiempo para ella y su hijo. Me retorna entonces su solicitud telefónica de atención: “para ganar tiempo”).
Describe un ciclo para los desencadenamientos, donde a partir de la ingesta de la medicación “me siento fuerte hasta no tomar” (dejar de tomar). Me siento bien, contento, fuerte. Y entonces me caigo. Lo que yo quiero es dejar de tomar”.
 Le sugiero que ese parece es su interés: “no tomar”. Le pregunto si tiene algún motivo. Responde que “es una droga. Legal, pero una droga”.
“Voy bajando –señala- y me convierto[4]: amargado, contesto mal. A ella[5] y a los compañeros.” “un muchacho me dijo: vos no sos así”.
El 23 de diciembre “sentí un mareo al estar manejando, frené, bajé y me caí para atrás”.[6] “Una lipotimia”, dijeron en el trabajo, donde lo conducen.
Concurre al neurólogo más tarde, acompañado de su esposa y allí (¿es presa de un fenómeno de borde?[7])  “las personas que estaban a mi alrededor cuchicheaban; escucho después que dicen cosas que tienen que ver conmigo. Cosas que yo dije”[8].
Dirá que hace un “episodio convulsivo” en la sala. “Desperté y estaba el neurólogo allí”.
El neurólogo indica a la mujer que tanto el incidente ocurrido en el colectivo como lo acaecido en la sala tienen el mismo estatuto. Diagnostica “Depresión con psicosis”[9].
Respecto del Dr., impresiona este como una figura significativa. “Él me ayudó a hacer la Lic. en computación. No lo hubiera logrado sin él”.
Despejamos que tanto el paciente como su padre se llaman Juan. Así es como se presentó ante mí, al llamado. No obstante prefiere que lo llamen por el segundo nombre: Diego.
Me dirá que también es Diego para el neurólogo. Le propongo llamarlo así si es que está de acuerdo: sonríe y acepta.
La mujer dice que la “asusta que imagine cosas; por ejemplo que confabulan contra él”. “Tenemos un hijo de 3 años. Convivo hace 4 años; hace 8 que lo conozco”. “Me gustaría verlo ilusionado con algo”. “Solo se le presentan ideas persecutorias”.
Diego vincula el estudio no solo con la figura del neurólogo, dice al respecto: “significó mucho; mi papá no había llegado a terminar…” Aquí interrumpe el llanto su relato, se toma el rostro entre las manos, inclinada la cabeza, con un silencio acongojado. Le pregunto si sabe qué lo angustia (así nombro al episodio que lo aqueja): “es que… por que…”[10] me dio todo. Me ayudó a estudiar, me alentó, me empujó. “Estudiá que yo no pude estudiar[11]”, citará como un dicho de su padre.
Antes del trabajo como chofer atendía un negocio de perfumería: “a nombre de mi mamá. Yo lo administraba”
Acordamos volver a encontrarnos en 2 días. Lleva el número de mi celular y podrá llamarme si se le presentan voces o siente angustiarse. Puede ser que tenga mi celular apagado al atender pacientes, pero no dude que le devolveré la llamada por la noche. Armamos lo que llamé una red: una lista de personas a quién llamar en caso de sentirse mal: su mujer, su madre, su hermana, su cuñado. 
Se presenta a la segunda entrevista manifestando que no tiene temblores y que pudo “canalizar tensiones caminando 8 o 10 cuadras solo”. Viajó en colectivo –acompañado con su madre- para buscar su receta psiquiátrica: los cosquilleos y hormigueos fueron menores. El caminar, el correr le sirve para la concentración. Cuando estudiaba, “daba 20 vueltas a la pista” (4 Km.) dirá.
Vuelve al episodio del 23 de diciembre: “me caí; estaba tensionado. Es lo que hablaban atrás mío.”[12]
Dice que cuando se fue de la sesión anterior, se sintió mejor, “pude expulsar lo que tenía dentro; sacarme la angustia”.
Retoma lo ocurrido el 23 de diciembre: “me caigo para atrás. Moribundo, atontado. Tenía temor que me hagan daño”[13].
Para la 3ª entrevista llega solo.
Mucho mejor y caminando solo. Hizo 5 Km. para buscar sentirse bien.
Respecto de su viaje en tren (fue con su mujer y con el hijo) dirá que le produce fobia la cantidad de gente; pero el viaje en colectivo fue sin problemas: “estaba con mi mamá”[14]
“No quiero ver a nadie. Antes miraba a las personas de una manera. Y durante la crisis de una manera diferente”. Ubicamos a partir de esto, que algo ocurre con la mirada y la imagen corporal: “mirar la cara” -dirá. La cara expresa los sentimientos, las emociones. Yo muestro los dientes (cosa que es literal) Mi cara cambió en la crisis; me veía mal”.
Mamá me decía: “vos cuando te enojás te ponés negro”[15].
Le pregunto qué quiere decir “te ponés negro”. Dirá que “es un semblante más oscuro; o me broto y pongo colorado… por no expresar lo que me pasa”.
Le observo que la expresión: “te ponés negro”, a veces se emplea para decir que la percepción del entorno, del mundo que nos rodea, se ensombrece, se pone negra. No es que él cambie.” Ríe entonces y dice que es cierto.
Está preocupado por la medicación: el psiquiatra le dijo que no comente lo que toma. No podría manejar vehículos. Además está pendiente la renovación de su carné de conducir y no lo harán si comenta qué toma.
Llega a su 4ª entrevista pensando en su trabajo. No pudo dormir bien[16]: “me levanté varias veces; tuve una mala noche; pensando cosas”. Está preocupado, inquieto: “¿cómo me voy a insertar?” Despeja luego mejor su preocupación. Le inquieta enfrentar a sus jefes. Hablar con el encargado de personal. Debe presentarse en su trabajo a regularizar su situación laboral y además es éste el que lo va a reenviar a tramitar su carné de conducir ante la ART. “No me aprobaron cuando fui”. Alguno de los exámenes no los aprobé, dirá. Allí es que le parece escuchar a la psicóloga diciéndole al psiquiatra: “este está medicado”. El psiquiatra le pregunta si siempre está a la defensiva. “Tal vez no pasé el psicológico…” se dirá. El trámite permanece retenido; debe volver a presentarse. Esto lo inquieta. La presencia de otros choferes en los pasillos, que podrían verlo, lo perturba. Teme oír o ver que se burlen de él. “Voy a tener que estar con la cabeza gacha”.
“¿Tengo que decir el medicamento que tomo? El psiquiatra me dijo que no lo haga. Que hay una ley ahora que prohíbe manejar si se está medicado.” “Salvo que quiera que me jubilen, dijo. ¡Pero me jubilan por discapacidad! Yo quiero seguir trabajando”.
Se presenta a la próxima sesión habiendo concurrido ya al trabajo.  “Estoy nadando”[17], dirá. Se presenta en la empresa y lo envían a la clínica de la ART. Allí lo entrevista el psiquiatra. Ante las preguntas que le realiza, se pone nervioso: “terminé diciéndole que hace 15 años que me trato”. “Me preguntó el Dr. qué medicación tomo y yo le mentí.” “Me hizo hacer un análisis de orina, me dijo que iban a salir los medicamentos que tomase. Entonces le dije lo que tomaba. Le cambió la cara. Se enojó conmigo. Tengo que volver la semana que viene. No voy a ir; la gente que está allí, a la mañana, hablando con ese tono[18]: me obligaría a bajar la vista[19], estar con la cabeza agachada. No quiero ir: no quiero que me traten como un afeminado.”
A partir de esta afirmación puede desplegar, con dificultad y reticencia, el carácter de su preocupación.
Algunas cuestiones teóricas para balizar el rumbo:
En el texto “De una cuestión preliminar al tratamiento de la psicosis” Lacan, pensando la cuestión de la psicosis desde el paradigma Schreber, sostiene que el desencadenamiento psicótico se presentará, cuando alguna contingencia cotidiana, una experiencia de la vida, convoque al Nombre del Padre. Que este significante esté en el lugar del Otro para enfrentar alguna circunstancia de la vida. Es una “convocatoria vana”, “llamado vacío”, que no encuentra respuesta; haciéndose presente entonces el agujero en lo simbólico estructural[20].
No obstante, en el mismo texto, Lacan plantea además el desencadenamiento a partir del encuentro con un-padre-en-lo real: el Dr. Flechsig (médico con quien se trata Schreber).
Un primer momento lógico en que ante el “llamado vano”, se hace presente en lo simbólico el agujero forclusivo manifestándose el derrumbe de lo imaginario. Y un segundo momento a partir de la búsqueda de quien lo trató durante el período de su enfermedad hipocondríaca: el Dr. Flechsig. Se encuentra allí con Un-padre-en lo real, Otro gozador; ante el que Schreber delirará que lo quiere gozar sexualmente (marcando su posición feminizante ante este Otro). Señala cómo el registro imaginario se desarma ante la forclusión del falo. Es el significante fálico el que se manifiesta inexistente para Schreber.
Clínicamente, previo al momento de desencadenarse su psicosis asistimos a una noche de poluciones y eyaculaciones insólitas.  El órgano goza loco, se autonomiza. No lo vemos mediatizado por el falo.
Lacan indica que la metáfora paterna es una operación por la que el Nombre del Padre metaforiza el Deseo de la Madre. ¿Qué deseo? El deseo de falo del padre. Es así que la operatoria del Nombre del Padre permite que se inscriba la significación fálica.
Veremos entonces manifestarse en la psicosis, fenómenos en sintonía con el derrumbe de su realidad, en los que el goce parcial, goce de los órganos, invade el cuerpo.
Circunstancias fortuitas de su vida, llevan a Diego, a apelar, invocar significantes en relación a la significación fálica. Allí sucumbe.

Será cuestión de buscar situar cómo es que ha armado el campo de la realidad en torno a estos dos agujeros: la cuestión del Nombre del Padre y la significación fálica.
Para el caso de Diego veremos cómo la pregunta por la significación fálica irrumpe y desestructura el campo imaginario en distintos momentos. Apelación a una inscripción no realizada por cuanto no operó el Nombre del Padre, si nos atenemos a la lógica lacaniana.
Se tratará también de ubicar qué es lo que queda por fuera del delirio. Cuáles cuestiones subjetivas, propias de su singularidad, no son tomadas, afectadas por el delirio. Responden estas a la estructura del sujeto pero no a la estructura clínica.
El cuadro clínico, no es todo con lo que cuenta un sujeto. La estructura subjetiva y la clínica no se recubren. Hay rasgos por fuera. En este sentido, me permito conjeturar que lo que podemos calificar de “amor por su hijo”queda por fuera del cuadro clínico (si bien no deja de interrogarse respecto de su función –fallida- como padre)
Va y viene en sus interrogaciones y vacilaciones respecto de qué hacer, cómo estar con su hijo (interpelación a la función); pero no deja de oírse la emoción y el afecto que lo embarga ante la presencia de éste.
Por otro lado: ¿con qué objeto tiene que vérselas Diego? ¿Cómo se maneja con su objeto a? Y aquí entra en cuestión el campo de lo real.
Tratemos de seguir avanzando –conforme lo hicimos- guiándonos por estas formulaciones, hasta que se nos imponga la necesidad de apelar a otros recursos teóricos para dar cuenta clínica de lo que ocurre.
La transferencia en la psicosis
Sostenemos que el tratamiento es posible y sostenido merced al lazo transferencial. Diego viene a ser escuchado, tanto como busca interpretar mis “teorías”. Re-toma algunos de mis dichos, o términos; apela o atribuye al trabajo transferencial un acotamiento de sus manifestaciones “gozantes” corporales: algo cede en el sufrimiento del cuerpo y esto él lo ubica claramente. Se pregunta y me pregunta, en el marco del dispositivo transferencial; arma, construye respuesta para su nuevo acontecer cotidiano; logrando apaciguar goces y buscando alternativas que reconstruyen su cotidianeidad. Busca reordenar su imaginario. Re-construir un “como si” que lo mejor vincule a los otros. “Maniobras transferenciales” construidas en el dispositivo, que permiten un pasaje de “sujeto de goce” (tomado por el goce de la pulsión de muerte desenfrenada) al de “sujeto acotado por el significante” (donde este opera poniendo freno a la pulsión). Se trata de buscar obtener un influjo de lo simbólico sobre este real, un buscar negativizar lo gozante desamarrado. De lo real en exceso a lo acotado por el símbolo.
Una historia que continúa
 Diego ha descrito varias veces un fenómeno que tiene cierto desarrollo. “Cuando me tensiono, me inquieto, me pongo ansioso. Me da por comer y otras veces no pruebo bocado…” El salir a correr –algo que sostiene hace tiempo- funcionó con relativa eficacia, como una forma de intentar controlar tensiones o temblores, y además dirá, como una manera de controlar su peso (dando cuenta de la presentificación oral en estos momentos descritos) “No engordo por que salgo a correr. Me preocupa ahora que no hago nada”. El no hago nada, da cuenta del fracaso o insuficiencia de esta –como otras estrategias- sostenidas hasta ahora, maneras de ocuparse del cuerpo, atender y buscar atenuar los excesos gozantes que irrumpen. Denota el esfuerzo por atenuar el repliegue libidinal a una fase anterior a la unidad narcisista: autoerotismo. Notemos que saldrá solamente acompañado del otro materno; apelación al núcleo familiar endogámico, como último recurso de freno al empuje al goce. Señala por otro lado, el lugar primordial que su madre ocupa todavía hoy: “ella es la que manejaba el circo”, dirá refiriéndose a su casa; “papá estaba todo el día trabajando”.
Respecto de la relación con su mujer, refiere que “en este momento casi no tengo relaciones sexuales”. Le pregunto qué quiere decir con eso, por qué no me explica.
No mantiene relaciones diarias, sino semanales. Y a veces ni siquiera eso. “Es que no llevo bien el registro”. ¿Lleva un registro? Cuenta entonces que comienza a llevarlo a partir de una anterior relación: “salía con una chica y yo anotaba en una libreta cada vez que teníamos relaciones. Yo iba al baño al terminar y llenaba el preservativo con agua, así comprobaba que no estuviese pinchado. Después anotaba la fecha. Una manera de llevar un orden y controlar que no tuviera un accidente y quedara embarazada. Una vez me olvidé de hacer la prueba con el agua. Me acordé después[21]. Esa noche no pude dormir[22]. Pensaba que había quedado embarazada. No podía parar de pensar[23]. Decidí dejarla. La familia quería casarme. Yo no quería.”
Manifiesta un relato desafectado. Tanto en cuanto al carácter sentimental del vínculo con esta pareja anterior (y su entorno familiar) como para con la propia experiencia sexual. Sobre este último aspecto dirá que “mucho no sentía”. Describe un vínculo casi sostenido en lo sexual, pero no queda claro que solo se trate de goce de órgano, puesto que duda de si siente o no algo.
El registro “meticuloso” que dice tener, parece un intento de mantener bajo control los encuentros y evitar el embarazo. Ante la posibilidad de ser convocado al escenario de la paternidad, huye. No hay fantasma para soportar la situación, de manera que la realidad se vuelve amenazante: ante ello pasa al acto saliendo de la escena. Arma luego un argumento interpretativo: querían casarme.
Se presenta en las últimas sesiones inquieto: “mi cabeza no piensa bien; desordenado”.
Le planteo que necesito que me explique mejor cómo ocurren las cosas, que trate de ubicarlas en el tiempo que transcurrieron, que busque ayudarme a ordenar también yo el relato. Mi intento es propiciar que historice el relato que presenta. Apelo a la transferencia y mi semblante en falta.
“Siempre traté de tener todo ordenado, mecanizado. Salía de casa, iba a casa de mamá[24], almorzaba y me iba al trabajo”. Cuando su mujer queda embarazada se muda: “Hace 3 años me fui a vivir al departamento de ella”.
No obstante, se deja oír un recorte siniestro, una voz amenazante, en la maternidad. Evoca una fantasía devoradora de la virilidad[25]: los reproches que esta mujer le realiza por el poco tiempo que dedica a su hijo (e inclusive a ella) lo molestan, lo interrogan “¡¿Qué quiere?!” (de él), se preguntará. Lo refiere como una pretensión de debilitarlo, amariconarlo. Apela a su propia experiencia como hijo: “Mi papá trabajó siempre de chofer. Yo lo acompañaba en el recorrido. Los fines de semana estaba en la línea o la empresa con él”. Maneras que encontró de procurarse un tiempo de su padre. Una apelación al padre en la rememoración que trae; una forma de “ser padre”: “no sé de qué se queja. Así hacía mi papá y yo podía verlo”.
Respecto de las voces, dirá que el tono lo perturba: “afeminado”, así lo caracteriza.
En su trabajo siempre fue considerado “raro”; “por que soy distinto”.
Ante mi pedido trata de recordar cuándo comienzan a tratarlo de esta manera. “En el 2008”. Ante su retraimiento comienzan las burlas. “Buchón”, inicialmente, luego “puto”. “Decí lo que quieras, le pude decir. Yo estaba fuerte. Ahora en cambio estoy débil. Tal vez por que tomaba la medicación irregularmente. Entonces me caí. Pero me venían burlando todo el año. Se hacían los mariquitas conmigo. Me tratan así por que soy distinto, no hablo en forma chabacana, no puteo: trato de corregir eso. Por que se pega el lenguaje y después la palabra sale.”
Ante mi pregunta de por qué está tan seguro que las voces buscan burlarse de su masculinidad, dirá que los compañeros “armaron un circo[26] para que el pasaje me burle. Juntan un montón de amigos; le dicen qué coche manejo y suben. Hacen gestos, hablan por teléfono… Por ahí no.[27]
Un año siendo objeto de burlas y (des)calificativos. No concurre a la fiesta de fin de año ni en el 2008 ni en el 2009. De allí proviene la frase dicha por el delegado: “Puto, no viniste, maricón…”. Estando en la sala donde descansan entre vueltas, “estaba de espaldas y… (calla turbado) Un compañero me da el golpe…”  Le pregunto si se refiere a que le tocan el culo. Asiente. “En realidad me golpearon así (hace un gesto) No me dí vuelta. No reacciono. Estuve errado; tenía que haber pegado un castañazo. Después en base a eso me parecía que subían todos y hablaban como afeminados. Hablando todo el pasaje. Y eso me hizo estallar el 3 de febrero”.





[1] Describe –podemos ya conjeturar- lo que parece un empuje al goce corporal; cierta desregulación de la unidad narcisista.
[2] Ubico hoy, en esta presentación inicial, que contaba al presentarse ante mí, con “un sentido armado”, un soporte restitutivo que busca explicar la realidad de lo que está ocurriéndole.  Veremos si le alcanza…
[3] Lamirax 100 (lamotrigina) Es un antiepiléptico y anticonvulsionante. Usado como antidepresivo. Indicado para el trastorno bipolar a fin de retrasar la ocurrencia de los episodios de humor (depresión, hipomanía, y episodios mixtos) en pacientes tratados por cambios bruscos de humor con los tratamientos habituales. La eficacia en el tratamiento de los episodios agudos no está establecida.
Irazem 10 (principio activo Norfloxacina) Está indicado para el tratamiento de la esquizofrenia. Las precauciones indican estar atentos a la sospecha o antecedentes de convulsiones (Este es el caso) Mantener la hidratación y cuidar manifestaciones de rigidez muscular. Puede presentar alteraciones del estado mental y evidencias de inestabilidad autonómica (pulso o presión arterial irregulares, taquicardia, sudoración y disritmia cardíaca) Interrumpir inmediatamente en caso de presentarse. Control permanente. Los pacientes en tratamiento con drogas antipsicóticas, pueden desarrollar un síntoma potencialmente irreversible; de movimientos disquinéticos e involuntarios. Está ligado al tiempo de duración de la ingesta y la acumulación en el organismo de la droga. El tratamiento con antipsicóticos debe reservarse para los pacientes con evolución crónica y respuesta positiva a estos medicamentos; y para los cuales no existen tratamientos alternativos con eficacia similar y menor riesgo. Se debe evaluar continuamente. El aripiprazol debe administrarse con precaución a pacientes con enfermedad cardiovascular, enfermedad cerebrovascular o condiciones que predisponen a la hipotensión. Emplearse con precaución a pacientes con antecedentes de convulsiones. Produce somnolencia y como otros antipsicóticos, puede alterar el juicio, el pensamiento y la habilidad motriz. Los pacientes deben evitar la conducción de vehículos y la operación de máquinas peligrosas, hasta tener la certeza de que la tolerancia de la medicación es buena. ¿Genera adicción? No hay estudios. (Extraído de las prescripciones subidas a internet por el laboratorio).
[4] Una idea allí de convertirse en otro, dejar de ser él (“vos no sos así”). Se enajena.
[5] ¿A qué ella se dirige? Respecto del sentido de su relato, pareciera que incluye a su mujer, presente en la entrevista. No obstante, no registro un indicador (movimiento corporal, dirección de la mirada) que dé cuenta que refiere a quien lo acompaña.
[6] Postularemos que la Realidad sucumbe como consecuencia de un estado de perplejidad en el que entra, se ausenta de la misma, literalmente, “cayendo para atrás”.
La unificación corporal comienza a desarmarse. Irrumpirán, como más adelante se explaya, vivencias de goce en los órganos interiores del cuerpo.
[7] En el Seminario 3 Las psicosis, finalizando la clase XV, Lacan plantea lo siguiente: “quisiera hacerles notar cómo se manifiesta la aparición de la pregunta planteada por la falta de significante. Se manifiesta por fenómenos de franja donde el conjunto del significante está puesto en juego”. Estos fenómenos, en la clase X los describe con un carácter de fenómenos elementales menos estructurados que las alucinaciones verbales. Nos sirven entonces, como uno de los elementos diagnósticos; tanto como para situar una psicosis que no ha desencadenado todavía, por ejemplo.
[8] Nótese el carácter asemántico inicial. Cuchicheos que no dicen (no hay significado); la perplejidad concomitante y la implicación: “tiene que ver conmigo”; después si, interpreta que “dicen cosas que yo dije”.  Lacan afirma respecto del sujeto psicótico que “Lo que está en juego no es la realidad. El sujeto admite, por todos los rodeos explicativos verbalmente desarrollados que están a su alcance, que estos fenómenos son de un orden distinto a lo real, sabe bien que su realidad no está asegurada, incluso admite hasta cierto punto su irrealidad. Pero, a diferencia del sujeto normal para quien la realidad está bien ubicada, él tiene una certeza: que lo que está en juego –desde la alucinación hasta la interpretación- le concierne”.
[9] Nótese la distancia con lo dicho en el trabajo: lipotimia. Calificación –explicación- que él toma. No obstante, más allá de la calificación constituyen actos por los cuales se ausenta de la realidad. Esta cae.
[10] Me pregunto a la distancia respecto de esta suspensión, momentos de detención en la ilación discursiva; si no constituye esto una cierta detención del pensamiento, perplejidad sin objeto ante el llamado al significante de la función paterna; si bien se ubica allí que refiere a la función que sostiene al padre.  Figura que da todo, incluso su falta.
[11] Coloca en la misma serie al padre y al neurólogo. El relato entrama, mezcla uno y otro. ¿A quién hace referencia? Llamado a la función.
[12] ¿A qué significante o a qué significado (forcluidos) convocan las voces, los murmullos? ¿O ya son dichos?
[13] Atraviesa una experiencia de muerte; la realidad sucumbe, se derrumba.
[14] Parece ocupar su madre el lugar de acompañante contrafóbico. Y la fobia una estrategia para organizar su introversión libidinal –al cuerpo-, que lo lleva no vincularse con otros, replegándose. 
[15] Alteraciones en el registro imaginario.  Cambia la percepción en el espejo. El Otro materno (sostén especular) arrasa la imagen: “te cambia la cara”. “Te ponés negro”.
[16] La posibilidad de dormir exige de cierta homeostasis del goce. Los pensamientos intrusivos desregulan, impiden al cuerpo parar para descansar. La presencia de insomnio suele ser un índice en los desencadenamientos o desestabilizaciones.
[17] Anda en la nada. Presentificación del vacío de la significación.
[18] El tono del voz, constituye también un fenómeno elemental para Lacan, que no obstante parece situarse en el borde de la estructura del lenguaje, en relación directa con lo real (voz), no produciendo significado (si bien él lo interpreta). Lo simbólico se articula con lo real.
[19]Así como el tono de las voces irrumpe como amenazante, ¿vergonzante?; la vista que se baja, la mirada que no se puede sostener, favoreciendo el sentimiento de exclusión, sosteniendo esa frase: “por que soy distinto”; frase que aplica a todas las situaciones de apartamiento del otro, de segregación; y que retorna en su matiz de reproche. El reproche llega a sus oídos desde lo real como tono o miradas que cuestionan su hombría.
[20] Se trataría de contar con el entramado simbólico que le permita al sujeto enfrentar, sostener la situación o función para la que es reclamado el entramado.
[21] ¿Cómo calificar este acto no llevado a cabo? ¿Olvido? Si fuera así caería del lado del acto fallido. ¿Algo del deseo se juega allí entonces? ¿Cómo entender esto que lo lleva a romper la rutina de control y “descontrolarse” su realidad? ¿Convocatoria a un significante que falta? El orden del registro (la escritura) permite sostener la práctica sexual y mantener “controlada” la posibilidad de ser convocado como genitor.
[22] La realidad “controlada” amenaza desestructurarse.
[23] Ante la posibilidad de embarazo, convocado al lugar de padre, huye. Ante la pregunta para la que no encuentra respuesta, la cabeza se le llena de pensamientos (lo simbólico se entromete, lo intrusa). No hay soporte fantasmático que morigere el goce; armará una operación con tinte paranoide que intente localizar el goce en el lugar del Otro y evitar la intrusión de lo simbólico y lo real por esta vía.
[24] Reiteradamente los lugares son ubicados como maternos: el negocio de mamá, la casa de mamá. En esta línea podemos conjeturar que se muda con esta mujer en la medida que se convierte también en mamá.
[25] Bajo este matiz una versión de “aquel otro prehistórico inolvidable a quien ninguno posterior iguala ya”. (carta 52 S. Freud) Protofantasía de madre devoradora. Atribuyendo además al lazo: “y además es en esta ligazón donde se encuentra el germen de la paranoia” (Sobre la sexualidad femenina. S. Freud)
[26] Me percato al momento de la trascripción de los dichos que había calificado a su madre como “la que manejaba el circo”. Los significantes circulan… se desplazan.
[27] Parece vacilar la trama argumentativa armada. No queda claro que vacile la certeza de ser objeto de burla por los otros.


TRATAMIENTO CON NIÑOS AUTISTAS


TERRITORIO DE PASAJE

Post-Scriptum: Antes de todo desarrollo

La clínica con “niños extranjeros” a la lengua soporta y merece –una y otra vez- toda una serie de interrogaciones y reflexiones. ¿Por qué esto de niños extranjeros? Porque entiendo que la lengua es algo en común, una forma de la relación de parentesco. Y en este sentido, lo familiar, es  el ámbito donde se transmitió la enseñanza de una lengua. Lo familiar entra, impacta, hace marca, por este aprendizaje de lo simbólico[1].
Pero… ¿Es pasible un tratamiento psicoanalítico con un chico autista, extranjero al habla en su lengua materna?
Mis vacilaciones respecto de tomar en entrevistas o no a este pequeño (rápidamente despejadas: y esto también merece otro desarrollo) apuntan a preguntas que suelo formularme respecto a la posibilidad material de sostener un espacio de tratamiento con chicos, en mi consultorio particular (sobre todo con aquellos que presentan patologías graves de la subjetivación); o la necesidad o no de que sea acompañado por otras intervenciones: y entonces quiénes y qué modalidad de diálogo entre colegas; qué tipo de tratamiento: con un soporte institucional o no; cómo del trabajo paralelo con la pareja parental; de qué “cura” se trata.
Interrogantes que retornan en cada caso particular.
Claramente no obstante, una y otra vez la práctica clínica con chicos me interroga sobre los tiempos en la Constitución Subjetiva y sus “detenciones”, qué de los avatares en la Función materna y de los Nombres del Padre, cuáles las posibilidad de intervenir allí…
El trabajo con pequeños autistas  no escapa a estos interrogantes.

                                                                                     “Se requiere cierto tiempo en un “ambiente
                                                                                      previsible normal” para que el niño pueda recibir
                                                                                      ayuda de alguien capaz de adaptarse de un modo
                                                                                      extremadamente sensible, mientras él va
                                                                                      adquiriendo la capacidad de utilizar la fantasía, de
                                                                                      valerse de la realidad interior y los sueños y de
                                                                                      manipular juguetes”.
                                                                                                                                                  D. Winnicott
Entrevistas con la pareja parental

Consultan 2 padres por el menor de sus hijos: H de 3 años de edad.
Realizaron una evaluación diagnóstica con una fonoaudióloga derivados por la pediatra, para una evaluación del lenguaje, porque “no habla como los otros (hermanos) a esa edad”, dirán. Dados los resultados obtenidos considera la misma que deben realizar una interconsulta con psiquiatría infantil y neurología. Consultan al neurólogo y este pide una evaluación psiquiátrica. Piden su derivación en la Prepaga y esta los envía para que evalúe la pertinencia de ser derivado a psiquiatría infantil. Diagnostico presuntivo: TGD.
Así llegan a la consulta. Luego de este recorrido.

Manifestarán en la entrevista parental que este: no habla (en realidad señalan que no dialoga haciendo uso de la lengua en común): tiene su idioma extraído de películas, entiende lo que se le dice -la consigna, acota la madre-, aunque dirán luego que no respeta las consignas que se le dan, no hace caso, hace una macana y lo metemos en el baño tres minutos, pero no aprende.
Hace uso de algunas pocas sílabas reconocidas, en presencia de algunos objetos ¿significativos?  de su entorno familiar. Dice ma,  ocu al gato (Ocupa es el nombre), popa al perro, no (cuando grita o se enoja ante algo que no quiere), bol a la pelota de un juego de bowling. (Tampoco el del medio hablaba bien, señalan, pero no como este). Me hacen saber así que: Grita mucho cuando algo no le gusta, no llora, no tiene miedo, no siempre mira cuando se lo llama, persiste en la actividad que realice. No se queda solo por lo que no juega solo (¿necesita la presencia del Otro cerca?), presentando lo que parece un juego reiterativo, estereotipado y limitado, donde –fundamentalmente- no se puede alterar el orden de los elementos que use en su juego. Bloques de madera que apila, es muy meticuloso. Lleva en este momento una bolsa con piecitas de ajedrez a todos lados, las que  ubica en el tablero, dirán. Sus juguetes están todos rotos: tira el muñeco para arriba hasta romperse. La mamá acota: Los otros también rompieron cosas, pero este destruye (idea que insiste), dirá en otro momento: sabemos que es un nene que hace mucho lío; y mirando el entorno del consultorio: no sé si acá no tiraría todo.

Un juguete ocupa su atención actualmente.

Encuentra en el consultorio fonológico donde se le realizó la evaluación un juego plástico de bolos que llama su atención y que aprende a usar. Dirán los padres que ya manifestaba interés por la forma que tienen los palos del juego, en este momento se extiende el interés a aquello que se asemeje en la figura. La encuentra en distintos lugares, aún fuera del hogar. Los padres logran identificar un interés por objetos que se recortan del mundo que tengan una forma semejante.
Vemos entonces cómo logra de los padres que se percaten de su interés. Reiterará el juego durante la evaluación fonoaudiológica, aficionándose al punto de que le comprarán uno igual para usar en la casa. Pide jugar una y otra vez a esto, bol lo llamará. Los hermanos juegan con él[2] (hasta aburrirse dirá la madre, por lo que surgen peleas).
Los preocupó el que sacó en la cocina un cuchillo haciendo como que se cortaba el brazo, despacio, gesticulando en voz baja. No pudiendo entender ellos de qué se trataba: ¿porque hace eso?
Hace como que se ahoga para que le golpeen la espalda. No canta, pide que le cantemos, algunas propagandas le llaman la atención: corre y se  queda parado delante del TV. No tiene miedo a perderse, se escapa de la casa, hay que perseguirlo, no mira para atrás. Camina como un bebé; para otras cosas es más grande (parecieran señalar cierta inestabilidad en su andar, un bamboleo que ubican más infante). Marca las paredes: raya todo con lápiz, hay que esconderlos[3]. Jugando se tiraba al suelo y se queda mirando el cielo absorto. Cuando están los hermanos no los tolera, grita; el hermano del medio se entromete, lo molesta, le quita cosas, lo hace gritar reconocerán (esta referencia al hermano insiste, dirán en otros momentos que se mete en el medio).
Desde los 6 meses no durmió normalmente. No duerme casi nunca: se despierta y pasa de cama, se mete en el medio de ellos. ¿Y  Ud. qué hace?, preguntaré al padre. Intenta llevarlo, grita, despierta a todos, se cansan de esta escena que se reitera, terminan dejándolo.  H logra a veces que la madre quede con él durmiendo en su cama.
Antes aceptaba solo a la madre, rechazaba al padre.
Hasta el año pasado el papá estaba poco en casa, haciendo un Master en sistema, no lo veía mucho, llegaba a las 23hs. Aunque H estaba despierto y volvía a cenar con él.
Más que verlo el papá parece que el esfuerzo por verlo lo hacía H, diré.  
Recién ahora controla esfínteres (¿supuesto de que un chico de 3 años debe controlarlos?). A los 2 años y medio le quitaron los pañales: no registraba que debía pedir, hacía en cualquier parte, manipulaba las heces: enchastraba las paredes, los hermanos se burlaban; la madre superada volvió a ponerle pañales. Ahora pide para ir al baño. Busca al padre para que le limpie la cola, la madre no quiere. Yo soy más dura, dirá, él es más bueno.  ¿Ser bueno es tener actitud blanda? Pregunto. El es un buenazo, dirá la madre.
Casi al pasar dirá que: No se si tendrá algo que ver, pero[4] los últimos meses de embarazo estuvo viviendo con nosotros mi mamá (la abuela materna). Ella se separó y tuvo una depresión. Internada en un psiquiátrico por 21 días. Hizo 2 intentos de suicidio, “de chicas”. Estuvo los 3 meses en casa llorando, tirada en la cama. Reitera: no sé si me explico.
Una supuesta explicación entonces, se introduce –por la vía renegatoria- en el relato de la novela familiar. Un decir –de parte de la madre- sobre los tiempos iniciales de este hijo en particular[5], que en lo que a ella atañe, la reenvía a su propia madre y su posición como hija allí. A su propia historia “como chica” y su madre intentando suicidarse. Ella haciéndose cargo de su madre, ocupando su deseo en “levantarla” puesto que está “tirada”; y desviando –distrayendo- su enlace libidinal de este hijo por nacer[6]. Cuando menos podemos conjeturar que su deseo y su “ocupación” se encuentran divididos.

Manifestando reserva respecto de la posibilidad de mantener entrevistas de evaluación dado lo manifestado por ellos propongo que concurran con el pequeño y los juguetes que refieren como de su uso.

Un chico llega al consultorio

Comienzo a mantener entrevistas acompañado por uno de sus padres como cierta estrategia que se me impone. Algo, en relación a la función será puesto en escena, conjeturo. Inicialmente será la madre, luego el padre.
Llega un pequeño caminando solo, de ojos vivaces y mirada atenta por momentos a su entorno y ausente por otros. Prácticamente no habla, no se dirige a mí[7], direccionado[8] en la entrada al consultorio por la madre, la que lo empuja, lo trae, lo explica. La madre lo dirige.
Para rápidamente apropiarse[9] el pequeño del lugar (espacio potencial) e inaugurar el campo de juego.
Traen un “objeto de uso” que se instalará y permitirá mi existencia: bol. El juego que se dará con este, nos inventa.
Los pinos (palos) se deben alinear no pudiéndose modificar ni alterar el orden en que los coloca. Le digo de forma gestual  manifiesta, que yo no entiendo cómo se juega y necesito que él me enseñe lo que debo hacer[10]. “Yo no sé, enseñame…”, le reitero en diferentes momentos buscando concitar su atención. Modulo tonos, protestas, formas de dirigirme a él, mostrándome en falta. En este sentido, le atribuyo un saber hacer (al que le daré el carácter de juego) y me postulo deseante de que lo muestre. Dale, dale, dale…mostrame!... Lo convoco.
Si entendemos el juego en transferencia, como la inauguración de un espacio-tiempo de trabajo elaborativo, se desprende que pienso al pequeño como un hablante-ser en relación al inconsciente[11].

Freud nos señala que el objeto es contingente, Winnicott dirá que no importa tanto el objeto utilizado sino su utilización; de manera que buscaré valerme de un objeto señalado, privilegiado ya.
Busco que me mire, que vea que lo miro y lo espero para jugar[12]. Me ofrezco como soporte, manifiesto expresivamente mis ganas. Busco crear (winnicottianamente) el espacio de juego. Le ofrezco mi deseo para que disponga de su espacio de juego[13].

Cae rápidamente la afirmación paterna de que no puede cambiarse el orden del armado de la línea de pinos[14]. Desde los inicios, instalado ya el juego de alinear y tirar los mismos, busco ordenarlos yo y alterar el orden sucesorio que me enseñó: cambiaré la sucesión de los colores propuesto, estiraré o achicaré la línea de los mismos, para terminar armando figuras diversas con los mismos siempre y cuando se mantengan en fila: esto es lo que se mantiene. Varía la forma, se mantiene la fila. No pueden armarse dos o más filas. No puede haber uno suelto, fuera de lugar: en fila[15].

Introduje desde el primer juego el SI para cada tirada y el NO para cuando yerra el tiro y no cae ninguno. Rápidamente tomado él también dice si o no ante los avatares de la tirada, buscando reproducir el tono y entonación de mi voz. Juego de diferencia: si - no, caído – parado, mi gesticulación es tomada por H. Se tapará los ojos al decir no, moverá el dedo como lo hago, mirará al padre y a mí ante la caída o no de los palos buscando aprobación a la concordancia de los hechos y los dichos conjeturo, a la vez que construyendo la escena que nos incluye: algo en relación a la función paterna se jugará allí, en transferencia. Una cuña se muestra. Literal.
Cierto goce se cede a favor de una ganancia de placer. Reímos los tres.
¿Cómo no otorgarle el valor de palabra común a esto que se juega entre los tres? Con un resto que se extrae, se muestra en la risa. Un lazo familiar se inscribe entonces: terreno para buscar conmover lo congelado del habla[16].

Otros juguetes entrará en escena entonces.
Y un desarrollo, una ampliación del espacio que comienza a orientarse. Espacio que se irá armando, orientando y regulando. La medida podrá entrar en escena entonces. Deja de ser un espacio indiferenciado para constituirse un espacio de lo imaginario entramado a lo simbólico.   
Sacado de mi escritorio, “encuentra” un auto de fricción marcando su uso un espacio-tiempo de recorrido. Va y viene el vehículo; ahora yo, ahora vos. Hay que mantener la distancia. Tiene que aprender a friccionar. To, to, será la manera de designarlo.     
Una casa que abre su techo, será lugar donde poner y sacar pequeñas maderitas. Adentro-afuera.
Descubre hojas y lápices. Le suministro uno para él y otro para mí. Le propongo dibujar: no se puede salir de la hoja;  acá dentro dibujamos. Límite que se acata y acota. Espacio que se recorta: la hoja soporte del trazo se va achicando, pasmos de la hoja grande a una más pequeña. La raya –también- cede y aparece el esbozo de círculo siguiendo mi trazo en el papel. Dibujo a su lado. El me observa hacer, hace a mi par[17]. Tomo su mano en el trazo: asisto, sostengo, guío. Cada vez más se amplía el uso de objetos de juego y el uso de los mismos.

Jugamos mientras el padre asiste a la escena que se desarrolla. Jugamos y juego mi juego, a la vista de este padre. Por conjetura y decisión inicial, se que debe ser a la vista, mostrando conmover cierta cierteza[18] paterna. Con-mover(lo). Mientras juego en el suelo, respondo y dirijo también yo preguntas, pido alguna aclaración a afirmaciones o relatos de lo sucedido entre el tiempo de las entrevistas, buscando no ausentarme del juego. Estoy en escena: entre un niño y un padre. Un equilibrio difícil.
¿Qué cree que pasaría si usted se ausenta? Pregunto al padre. No se quedaría. - ¿No se qué daría?, repregunto. Superada la perplejidad, sonríe.

Comienza su adaptación en jardín. Concurre al colegio donde lo hacen sus hermanos. Conoce el terreno. No pueden sacarlo del arenero y la trepadora. Sólo eso. No logro hacer que se siente en la sillita cuando lo pide la maestra, dirá la madre. Los demás chicos se sientan y él no. ¿Usted no lo logra o la maestra?[19]
Se trata de habilitar al otro. Ceder goce encarnado en su hijo.

Lo que se cifra en el nombre
Llegamos ahora con este inicio que hemos hecho
de la función del rasgo Unario, a algo que nos va
a permitir ir más lejos: planteo que no puede haber
definición del nombre propio sino en la medida en
que percibimos la relación de la emisión nominante con algo que en su naturaleza radical
es del orden de la letra (Lacan, 1961-1962)


Durante el transcurso de una de las entrevistas simultáneas, el padre refiere que el
nombre H respeta una proporción numerológica. Y que en función de “ciertas letras” (y no otras) la madre eligió el nombre[20]. Manifiesta también la preocupación que le causa la adaptación de su hijo al jardín, o tal vez mejor, la preocupación por su mujer: ella no puede más, y esto está en relación a lo que ocurre con su hijo. No queda claro si no es esto una lectura que él hace, pero insisto: señala su preocupación por esta mujer complicada en su función materna. Manifiesto entonces mi interés en que concurra la mamá. Le propongo para su mujer, un día diferente al de las entrevistas con su hijo, acordando con él en que me llamarían si existe alguna dificultad por parte de ella.
Me sorprendo el día fijado escuchando de boca de la madre: ya llega mi marido… Se quedó estacionando. Ingresa este con su hijo en brazos dormido. Lo da a los brazos de su madre. Nada se dice respecto al cambio de la propuesta de entrevista[21]. Los besos despiertan al pequeño. Este reconoce el lugar donde se halla.
En este marco se realiza parte de la entrevista hasta que H impone su juego y mi presencia.

La fecha estimada de nacimiento, las letras de los apellidos paternos, darían cierta variedad de letras posibles para el nombre de los hijos. Entre el rango de 1 a 9, este último de los hijos tiene 8, casi el máximo de posibilidad en la variación de las letras en uso. El padre indica qué letras se pueden usar para el nombre de los hijos, conforme la interpretación numerológica, la madre elige (compone) el nombre. Si es aceptado al inscribirlo, queda.
Hay aquí una sucesión que impone una lógica para el orden del nombre. Un orden ajeno a los padres impone las posibilidades de nombrar al hijo: Numerología[22] lo llama el padre. El es el brujo, dirá la madre, refiriéndose a su esposo. Cierta reticencia dificulta comprender claramente la lógica de la selección de los nombres. El brujo no revela sus secretos con claridad. No muestra su juego interpretativo. El Otro numerológico impone la cifra que nombra el hijo. Se establece una progresión numérica (un rango) que determina una cantidad de letras posibles para su combinación. Nos hallamos en presencia de una escritura y como tal se plantea un efecto de la presencia paterna. Una función paterna. ¿Cómo juega allí el Nombre del Padre su regulación?[23]

Jorge Fukelman plantea en su seminario del 12-08-99 que: Las mamás, como bien uds. saben, les hablan a los bebés y se supone, hay expectativas de que en algún momento el bebé responda.
Responda, es una tontería decirlo, en la lengua que habla la madre. En la lengua que se desprende del laleo universal.
Esto significa que el bebé es nombrado, uds. saben los desórdenes eventualmente mortíferos que se presentan cuando un bebé no es planteado como “este bebé”. Y este bebé tiene una nominación, aunque sea inconsciente para quienes están ubicando a este bebé como quien en el futuro podría responder.  

Algo parece conmoverse

Afirmarán no obstante que algo nuevo está sucediendo. Comenzó a decir Yo, chó, así se refiere a él. Está ganando nuevas palabras, dirán. Se están formando. Todavía no puede reconocerse (no pueden reconocer los padres) qué nombra, pero dice algo que no entendemos.
Los sorprendió también al bajarse del auto y saludarlos quedándose en la casa de los abuelos. Llevaban a sus otros hijos a dormir allí, no esperaban que este quisiera quedarse, nunca lo hizo, no se queda solo. En este momento si, les digo.
Se queda con los hermanos y los abuelos.
No lo esperaban. Es tiempo que le hagan lugar, diré.
Le costaba usar la remera (uniforme) del colegio al que concurre. Se la saca como si le quemara la piel, dirá la mamá. Ahora empezó a dejársela[24].

Avanza el pequeño a la profusión de objetos de mi escritorio. La madre se anticipa: H no toques eso. H toca eso.
La escena se reitera con diferentes objetos.
-Usted le adelanta lo que no quiere que haga –diré, para que haga…
-Ah… ¿Si?...

La siguiente entrevista llegará hasta el escritorio y tocará algo que la madre señaló no tocar: el teclado de la PC. Lo pulsa reiteradamente y arranca un sonido. Insiste. Enciende y apaga el monitor (la PC estaba en uso, había apagado la pantalla antes de la entrevista) Me guardo de decirle que no se toca. Espero. El padre asiste a la escena en silencio. Deja de tocar, no rompe. Dirijo mi mirada hacia él y sonrío, el padre también.
El auto de fricción es llevado hasta el diván, allí es tirado al aire. ¡No! dirá el padre. Persiste arrojando el auto que cae sobre el diván: no se rompe.
Se trata de conmover certezas. Interpelarlas. Descongelar lo fijo. 

Los juguetes y los juegos caen: otros se levantan

Los palos pueden colocarse ya de forma diversa. Este juego comienza a declinar. Hay tiempo para otros intereses: el espacio del consultorio es recorrido. Todo se presta para ser tocado, inspeccionado.
El cuerpo es puesto en juego, juego con almohadones que nos tapan y nos muestran, cosquillas, corridas y escondidas, el cuerpo del padre es lugar donde esconderse en el juego, jugamos por sobre él, lo sentamos acá o allá, lo corremos de lugar…[25]
“Parlotea” algo más, gesticula, “juega” con las expresiones si-no. El padre dice que aprendió a usar el no (Literalmente se trata de eso: verbalizar el no para poner distancia. Apropiarse para armar cadena significante)
Sostiene una cierta rutina de trabajo en el consultorio. El marca el tiempo de trabajo. Por momentos no quiere irse. Pretende llevarse algún juguete: por momentos acepto, otras no. Comienza a soportar los finales, puede irse y dejar el juego hasta la próxima. Mi palabra tiene peso. Escucha y actúa en consecuencia. Responde.
Continúa el padre como espectador. H le lleva alguna cosa, se acurruca a su lado, lo empuja, lo mira, lo llama: formas de hacerlo partícipe. Llamado a que entre en escena.
Propongo que el padre se retire: dígale que va a tomar un café y después vuelve a buscarlo. Ambos se saludan. El padre ríe.
Ambos pueden estar solos consigo mismo.

Otro nombre para este hijo

El padre relata que en su familia los varones hablaron tarde. Él mismo habló entre los 5 y los 6 años. Su propio padre habló tarde. Su madre le recuerda esto y comenta que algo semejante ocurrió con sus hermanos. Por esta vía vemos desplegarse una filiación simbólica de este hijo: “digno hijo de su padre”. No hay duda que es un hijo suyo, diré.
Esta versión de hijo colisiona contra otras que acechan de boca de especialistas: “rasgos autistas”, “es un TGD”, “no habla”, etc.
Sobre este rasgo, si se habilita que el tiempo juegue la lógica que señala el mito paterno, es que H –fiel a su marca- se apropiará y hará uso de la palabra: ingresará plenamente en el discurso familiar.

Tal vez un orden inmutable pueda conmoverse y de cifra pueda hacerse cadena.

Rubén Flores





[1] Cabe una cita de S. Freud en “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905) “En la época que en que el niño aprende a manejar el léxico de su lengua materna, le depara  un manifiesto contento “experimentar jugando” con ese material, y entramar las palabras sin atenerse a la condición del sentido, a fin de alcanzar con ellas el efecto placentero del ritmo o de la rima. Ese contento le es prohibido poco a poco, hasta que l fin sólo le restan como permitidas las conexiones provistas de sentido entre las palabras. Pero todavía, años después, los afanes de sobreponerse a las limitaciones aprendidas en el uso de las palabras se desquitan deformándolas por medio de determinados apéndices, alterándolas a través de ciertos arreglos (reduplicaciones, jerigonzas) o aun creando un lenguaje propio para uso de los compañeros de juego, empeños estos que vuelven a aflorar en ciertas categorías de enfermos mentales”. 
[2] Encuentra (re-encuentra) una forma significante que se hace “chiche de uso”, en el consultorio fonológico: Un objeto subjetivo creado por él (Winnicott)
Forma –y en tanto tal registro imaginario- que pareciera dotada de fijeza, pregnancia. ¿Podremos conjeturar la captura en la “estatua” imaginaria del cuerpo unificado? Tomado por la forma sin el sostén simbólico del Otro en el espejo que envuelva y “despegue” de este la imagen con arrullos y palabras humanizantes. Fijado a esta Imagen-forma congelada. Reduplicada la encuentra en la realidad.
La forma no se pierde, se recorta, se re-conoce, una y otra vez. ¿Cómo ponerla a jugar? Que pierda algo para que se desplace y habilite por semejanza-diferencia el uso de un chiche con el consiguiente placer de jugar (plus de ganancia)
Se tratará de poner (se) a trabajar lo Imaginario. Anudar lo Simbólico con lo Imaginario. Introducir privaciones que acoten el goce. Jugar el corte.
[3] Raya informe e indiscriminada que denota lo pulsional en juego. Una vez más: se tratará de re-cortar un espacio, marcar límite, donde inscribir marcas propias, donde hacer garabato, dibujo.
[4] La frase está enmarcada en una construcción renegativa. 
[5] La escena que transmite el relato (me) impresiona como fuertemente siniestra. Mortífera, en su connotación. Diría, construyendo conjetura, que esta escena desvía los ojos maternos de su vientre a su madre postrada-caída. Otra vez una amenaza de muerte se instala en escena. ¿Dónde quedó su hijo en este tiempo? ¿Dónde quedó esta madre, reenviada como hija a su propia madre y la historia vivida en su infancia?
[6] “…el infans se ve totalizado en un “otro” que lo espeja; completud imaginaria que contrasta con la inmadurez que, de su propio cuerpo, percibe. Así, para mantener este Ideal de sí mismo, el niño desea el deseo de la madre. (…) Este poder (materno) actúa marcando en el cuerpo del hijo (en el inicio fundamentalmente visual y oral) la direccionalidad de la pulsión para el encuentro con el objeto de deseo: el rostro y el pecho y sus sustitutos.”  Psicoanálisis del autismo. Alfredo Jerusalinsky. Ediciones Nueva Visión.
[7] (…) pero Ud. no puede decir que no habla; que Ud. tenga dificultad para escucharlo, para dar su alcance a lo que dicen no impide que se trate finalmente de personajes que son mas bien verbosos”. J. Lacan, La conferencia en Ginebra sobre el síntoma.
[8] Quiero señalar cierto “manejo” de la madre, no obstante que se refieran a él como autónomo. Se me ocurre la frase: la madre maneja los piolines. Me asalta la idea de un robot.
[9] Atribuyo aquí un movimiento del pequeño. ¡Crucial!
[10] Literalmente le pido que me muestre su juego.
[11] Si partimos de esta proposición, “que los seres hablantes son tales por estar en relación al inconsciente”, y que “porque existe el inconsciente podemos plantearnos que el ser hablante habita un espacio de tres dimensiones, Real, Simbólica e Imaginaria”, podemos decir que los autistas son seres hablantes. Rodolfo Iuorno, La animación de lo viviente. 6 conferencias sobre autismo, 1993, Catálogos.
[12] “Esta función de la voz o la mirada ¿acaso está aquí la referencia esencial a propósito de la transferencia?” (J. Lacan). Mi deseo analista se ofrece a que me constituya Otro.
[13] Algo tiene que inscribirse. Inscripción representacional. Sólo sabemos de la pulsión por su representación (Vorstellungrepresentantz) Algo tiene que estructurarse gracias al juego. Una escena tiene que inscribirse. La experiencia de juego, esperada, habilitada, tiene que anudar: objeto-juguete (soporte), lo sensorio-perceptivo y la experiencia afectiva puesta en escena, la palabra que se enuncia y se usa, se aplica. Inscribir el juego: representarlo. Enlazar simbólico e imaginario. Entramar para luego: Jugar el juego. Buscar estructurar el Yo es la apuesta.
[14] La clínica con sujetos autistas, da cuenta del modo característico de “captura” de la realidad. Un modo de pensamiento que va en serie, en “patrones”, en repeticiones que ubican y buscan se sostengan. Una particular facilidad (¿propia de la estructura?) para reconocer los patrones de repetición que hay en una serie numérica. Temple Grandin (famosa autista) propone un modo de pensamiento por imágenes, un pensamiento de relaciones numéricas y otro de pensamiento de palabras (“el de ustedes”, dirá).  
[15] “El espacio de los sujetos autistas nos enseña mucho sobre la manera con la que vivimos nuestra relación con el espacio y las series sin darnos cuenta”. ¿Qué es el autismo? Infancia y psicoanálisis. Silvia Tendlarz y Patricio A Bayón. Colección Diva.
[16] Se trata de saber por qué hay algo en el autista o en el llamado esquizofrénico que se congela. J. Lacan, La conferencia en Ginebra sobre el síntoma.
[17] Lacan diferencia lo mimético de la imitación. Me interesa en este momento abordar la cuestión de la imitación. Así dirá: “Imitar supone a otro a quien imitar. Imitar es reproducir una imagen”. Supone entonces “otro” y una “imagen”. Un movimiento de apertura del encapsulamiento en que se halla. Apertura que habilita a que existan otros a quien imitar. Sobre el espejo se constituye la imagen como otro. Con el sostén del Otro simbólico se producirá el enlace: simbólico-imaginario.
[18] Lapsus de escritura con el que me encuentro, y dejo.
[19] La docente le propondrá más adelante, que concurra un poco antes del horario de clase para poder trabajar a solas con su hijo. A solas con él logra que trabaje, respete las consignas. Establece lazo con ella.
[20] Ya se desplegará mejor esta cuestión relativa al nombre.
[21] Un orden que no se explicita cambia las reglas, o si se quiere: impone las suyas. Lo amable de este padre, que entrega su hijo dormido, me incomoda.
[22] “Cada número encierra un significado en la naturaleza que es aplicable al ser humano, revelándonos misteriosa, pero certeramente, una esencia temperamental y caracterológica. No podemos negar la influencia de los números en nuestras casas, fechas de nacimiento y tampoco lo que son capaces de revelarnos, aplicándolos a nuestros nombres, que “casualmente” nos representarán inexorablemente.” (Extraído de uno de los múltiples sitios dedicados a la Numerología en Internet)
[23] Numerología ¿Uno de los nombres del Padre? ¿Y el brujo su soporte (un padre real en su calidad de intérprete de los designios escritos)? Impresiona este brujo como otro del Otro paterno.
Numerología: Padre del Goce, padre oscuro,  por contraposición al Padre del deseo, al padre del pacto, propiciador de la Ley. Merece discriminarse y trabajar este aspecto en la Constitución Subjetiva de H.
[24] Se introduce aquí la cuestión del cuerpo y los límites de este. Está en relación a la posibilidad de conformar la imagen del cuerpo (cuerpo-imagen del espejo) y distinguir-soportar la posibilidad de vestirlo sin que el mismo se extravíe, cambie. Una mismidad corporal se construyó.  
[25] El cuerpo del analista se ofrece como soporte. Con él abordamos límites y recursos corporales. Cuerpo en acción. Cuerpos que se muestran a la mirada del padre en su juego. Arrastrándolo al juego.


TRATAMIENTO DE UN NIÑO Y DESENCADENAMIENTO ESQUIZOFRÉNICO


Mmme podto mal... (El hijo de este hombre)

Esta es una escritura provisoria. Se que el texto irá cambiando en la medida que escriba. Irá creciendo, siendo otros.
La escritura, esta escritura, es un recurso para intentar situar lo que está ocurriendo en este tratamiento. Parar la pelota y mirar el campo de juego.
El relato se arma a pedazos. Retazos de palabra e historia. Retornos, idas y vueltas ¡¿Es que soy un escribiente?!

Primera aproximación a una historia:
C. es un joven adoptado de 15 años hoy, quien actualmente se encuentra en tratamiento desde fines del año pasado. No es la primera vez que concurre. Lo hizo hace 6 años atrás durante un lapso de 1 año. Con posterioridad, conforme pasaron los años, mantuve entrevistas con los padres y un breve lapso en su madre lo hace sola.
Adoptado al año y medio: “lo fuimos a buscar a una familia sustituta donde estaba viviendo”. De las primeras entrevistas con sus padres adoptivos, conservo un breve recorte.
Desde el mes hasta el año estuvo en un Hogar de tránsito. Piden que lo cambien a otro hogar por haberse encariñado con el pequeño. En este segundo lugar –de donde será retirado por los padres adoptivos- vive durante 7 meses, junto con 2 nenas que le dicen mamá a la señora de la casa. A él se le prohíbe este llamado: “No, a mí me tenés que llamar por el nombre. Tu mamá y tu papá te van a venir a buscar”. Cuentan que en esta casa tenía accesos de asma y de tos y que al llegar a su casa definitiva remitió. Recuerdan que se durmió en brazos estando en el juzgado. El padre dirá que la primera palabra fue “mamam”. En los márgenes de mis apuntes de aquella época recuadré lo que parece una observación y hoy me retorna enigmática: “hay una señora del primer hogar”.

Lógicamente supondremos un primer tiempo en relación al Otro Originario (un tiempo de privación) donde este presenta su cara de máxima omnipotencia (máscara que oculta la falta de quien no se postula madre); desconocemos los motivos por cuanto es dado para su adopción (nada se nos dice). Decide sobre él, siendo rechazado como producto (“este es mi hijo”), pero no obstante se le permite su existencia. Solo se acepta su existencia. No se escribe el significante materno Deseo de Madre, por cuanto su genitora no se postula como madre.
La ley social lo anota y dispone un circuito administrativo a la espera de su adopción, no lo inscribe la ley del deseo materno (Inscripción Registro Civil: se lo nombra para ello; dado para su cuidado y adopción).
Fija su condición de objeto. ¿Quién lo nombra hijo?
Un segundo momento (tiempo de frustración) donde presuponemos un Otro soporte de sus necesidades y donante de significantes[1] y deseo. Donde él se inscribe, y adviene sujeto deseante (“el deseo es el deseo del Otro”) Se escribe el Deseo de Madre bajo el signo de la renegación: se lo desea sujeto pero se lo entrega como hijo. Es un hijo pero no es mi hijo. Tiempo paradojal: Por que se lo ama se lo entrega nuevamente al dispositivo regulado por la ley social. Vuelve al circuito de cuidado y guarda. Se le frustra la notación simbólica: “Tu eres mi hijo...”. Como si amar y ser amado entrañara un peligro…
No obstante, en su controversia, no solo circularon cuidados entre el agente guardador y el cachorro humano: necesariamente hubo afecto, palabra, marco simbólico que lo acogió y lo convocó al reino humano de los parlantes. Cariño, caricias; fue un bebé para alguien… que comenzó a encariñarse y entonces volvió a entregarlo.
Un tercer momento (tiempo de negación) donde se le niega la palabra invocante, se lo llama a silencio, bajo la promesa de la inscripción filiatoria. Se le señala su condición de objeto: “te vendrán a buscar”. El no es todavía “hijo de” (no inscrito en la cadena genealógica de nadie).
No obstante, sujeto al lenguaje, el significante escribe su cuerpo: asma, tos. Expresa por síntomas somáticos el estatuto significante de su cuerpo, objeto de cuidados y atenciones, soporte de contradicciones y anhelos encontrados.
Un cuarto momento: de adopción plena (¿tiempo de forclusión?): Se borra su historia del relato oral (memoria), se archiva -bajo la forma del legajo- en una institución (documento). Se inscribe legalmente y simbólicamente a una genealogía, a un Nombre de Padre. Se lo nombra hijo de una familia -adoptante- bajo la condición de no saber sobre su pasado.

Cabe interrogarnos qué del armado identificatorio inicial (Identificación Primaria) se constituye. ¿A qué rasgo? Cómo constituye y construirá su identidad C.

Reconstruyo de mi primer tiempo de tratamiento también, que es un niño temeroso, que se esconde manifestando temor (ellos interpretan a ser golpeado) que tarda en hablar y lo hará con dificultad.
Como los dichos de alguna persona del juzgado conservo una frase: “A partir de ahora va a ser su hijo; lo anterior va a ser historia”. Pareciendo, a la distancia, que esta segunda preposición: “lo anterior va a ser historia”, buscara dar cuenta de un pasado que busca ser borrado, expulsado del campo simbólico: un pasado por tanto, que no terminará de ser reconocido y por lo tanto ni explicitado ni despejado libremente en las entrevistas (y entiendo que tampoco para C., en cuanto posibilidad de re-construcción de su historia). Pasado que será entregado a regañadientes en el curso del tiempo transcurrido de tratamientos.   
La historia nos dará cuenta de su retorno como real[2].

Mucho tiempo después, manteniendo entrevistas individuales con su madre, me dirá ella que C. tenía otro nombre el que le fue cambiado al momento de inscribirlo a nombre propio[3]. Ante mi pregunta de cuál es este, dirá que no me lo puede decir, que es una historia que pertenece al pasado (nuevamente negar el pasaje por lo simbólico, negar la palabra que nombra su historia: una forma de apropiación de su historia anterior). No obstante mis argumentos, no accede a nombrarlo con su nombre de origen, manifestando una profunda contrariedad y malestar.
Según su madre, dirán a él y a otros –entre los que me incluye- que es “un hijo del corazón”. Si bien es esta una frase común al uso de los padres que adoptan, sugiero que en este caso, Hijo del corazón, (re)niega[4] de hijo como consecuencia de una relación (sexual)[5], acentuando un valor dado al deseo de un hijo, donde no pareciera mediar esta[6]. Se desprende entonces que a este hijo en particular, se llega por el deseo de una mujer de constituirse en la función madre; donde, de ser válida mi conjetura, le cabe al hijo la función de ser garante del buen ejercicio de la función materna de esta. Estimo que a tal fin: ser una buena madre, se aplica S.; en tanto C, pareciera poner en cuestión una y otra vez su lugar de hijo, en cuanto las dificultades interrogan a los padres en su ejercicio: “¿qué hemos hecho mal?” Retorna poniendo en cuestión el lugar y el ejercicio de ambos; encontrándolos en su fantasmática particular[7].
C. presenta diferentes dificultades o si se quiere, distintos problemas (no encuentro el término para nombrar aquello que presenta C. y vacilo en calificarlo como sintomático); y una observación que circula me encuentra: se suele decir que la irrupción de un  problema señala un interrogante que busca ser despejado, en este sentido porqué no pensar las dificultades que porta como problematizaciones de preguntas que buscan su despeje[8]. En esta línea deberíamos interrogar qué lugar a su dificultad persistente en el habla: ¿Qué pregunta encarnada allí, en lo problemático de la misma? Qué discurso constituye esta modalidad con que se presenta. E inclusive si no presenta rasgos distintivos de otro discurso.

Su padre no estaba convencido de la adopción de un niño. Sí quien se postula como madre. Es claro el deseo en ella de un hijo, que la habilite como tal. Se escucha en su pareja la duda y vacilación. Temores por “no ser un hijo de sangre”; no saber si no presentará problemas o enfermedades de su familia sanguínea[9]. El deseo de un hijo de esta madre, arrastra a este hombre en la aventura. Conjeturemos que cede al deseo de su mujer: concede la adopción poniéndolo a su nombre. Con-cede entonces el hijo a esta mujer-madre, inscribiéndose su nombre renegatoriamente: es mi hijo, (pero yo no quería). Hijo de una mujer-madre, donde la metáfora paterna se presenta fallida en su poder regulatorio. Madre goce desregulado entonces, de este su objeto-hijo que la colma en su falta.  “En suma, se trata de saber cuál es la función del niño para la madre, con respecto a ese falo que es el objeto de su deseo. La cuestión previa es -¿metáfora o metonimia? No es lo mismo si el niño es, por ejemplo, la metáfora de su amor por el padre, o si es la metonimia de su deseo del falo, que no tiene y que no tendrá nunca”. (...) “¿No se ve ya que el niño es para ella la metonimia del falo?[10]
Y en este sentido, si cae a ese lugar: falo como totalidad, es todo suyo. Todo para su goce.
Se comprende la pasividad que caracteriza a C, capturado imaginariamente, como objeto de la madre. Objeto de su deseo, de su amor, de sus cuidados, de sus límites, de sus silencios...
No obstante, nombrado “hijo del corazón”, en tanto adoptado, reenvía a lo real de una madre biológica (reprimida) e histórica(s) renegada. Lo interroga por el deseo, en su pregunta por el origen; hay una pregunta en estado latente aguardando, que lo llevará a formularse una novela –por pequeña que sea- que lo incluya en un linaje.

Lacan escribe DM como deseo de la madre, primer significante sobre el que habrá de establecerse la metáfora paterna. Enigma de la falta que la ausencia evoca: x. Escribiendo el matema: DM/x. Vale decir: de lo que se trata es de la simbolización de la ausencia materna.
Detengámonos un poco en esta afirmación.  
Nada parece faltar a esta madre una vez obtenido su hijo por con-cesión del hijo y donación del nombre (operación realizada por su pareja-hombre) ¿como operar allí la metáfora paterna (MP)? ¿Qué acota el goce materno entonces, que tiende a presentarse como absoluto, constante, en su posesión del objeto-falo? ¿Cómo encontrarnos entonces bajo la operatoria del segundo tiempo lógico en la constitución subjetiva de C, la operatoria de corte de la MP, en la medida que este padre esté investido con el significante del Nombre del Padre (matema NP/DM)?
Más allá de las dificultades propias del padre efectivo la pregunta es: ¿opera el Nombre del Padre su corte? Puesto que “es imposible entender la economía del significante sin alguien que encarne la función paterna. El significante del Nombre del Padre puede afirmarse en ausencia de todo padre, es cierto, porque, en definitiva, es en el discurso de la madre donde el niño lo encuentra. El significante, no el padre. En cuanto al padre, para que su función se cumpla, alguien tiene que encarnarla –no necesariamente el padre del sujeto, aclara Lacan. Alguien que haya inspirado o sostenido en una mujer el deseo de tener hijo.”[11].

El tiempo del tratamiento anterior:
Inicialmente llegan sus padres al consultorio, traídos por las dificultades en la integración con pares, la conducta y el aprendizaje escolar de C., a sus 9 años de edad.
Desde sus primeros años presenta una seria dificultad en la dicción del habla, trabazón, tartamudeo, la que motiva su tratamiento foniátrico continuo.
Recuerdo haberle manifestado al padre que se escuchaba en él también, cierta trabazón o tartamudeo en el habla, en algunos momentos.
Los dichos referían a que sus compañeros se reían y quejaban de él por los golpes. Redundaba en mutuo rechazo y burlas del grado: “no participa oralmente, les habla muy poco, no se relaciona con los compañeros, no lo integran”. Su dificultad en el habla le impedía establecer lazo con pares, inhibiendo y replegando su vínculo fuera del seno familiar.
Algunos actos realizados en la escuela, aparecen como extemporáneos y merecen notas, llamados al orden y citaciones a sus padres. Escribe “caca” en el pizarrón. “Se porta mal”, dirán sus padres; expresión que retornará una y otra vez a lo largo del tiempo, hasta la actualidad[12].
Un niño aislado y caprichoso, con un manejo limitado de vocabulario y dificultad en la construcción sintáctica, en la expresión de sus sentimientos. Una notoria pobreza simbólica. Apegado a lo concreto y con poco interés manifiesto en el afuera. No termina de ajustarse a las normas y rutinas cotidianas escolares y de convivencia, segregándolo de pares. No representa la edad cronológica en su forma de conducirse. Impresiona como un débil. Debilizado.
De este tiempo inicial de tratamiento conservo pocos recuerdos: Claramente su dificultad en el habla (se hacia difícil entender sus dichos); su juego (cartas, ludo) se estableció como competitivo con una claro interés en ganar (“a ver quién tiene más”) y una manifiesta negativa a perder en el mismo: lloraba, se enojaba, hacía trampas, dejaba de jugar (“me aburro, quiero jugar a otra cosa”)[13]; llegando a llamar a su madre. Esta se presentó alguna vez ante su llanto y llamado: aguardaba tras la puerta. Poniendo en acto la dificultad para establecer un corte temporal a su presencia; su intranquilidad para confiar en dejarlo con otro. Solo ella es confiable. Solo ella: omnipresente. Solo ella sin falta.
Un tiempo en el tratamiento de este niño, a la búsqueda de poner límite a esta presencia arrasante. Búsqueda de acotar algo que se presentaba como excesivo.
De allí convocar al padre y a su función de límite[14]. Este niño se encontraba entregado a su madre: “ella se encarga de su cuidado”. Dificultad en la puesta de límite a este niño desde lo manifiesto, dificultad para la puesta de límite al deseo de un niño-objeto de su madre. Muestra la inoperancia de la metáfora paterna en su función de barradura al Otro materno.
Tiempo también en que en el marco del tratamiento, se balbucea un intento de historización por parte de C., busca armar algo de su propia historia: preguntas que emergen en el trabajo de juego: ¿Cómo se llama mi mamá? ¿Cuál de ellas? ¿Cómo las nombramos para distinguirlas? Reenvío a C. a que pregunte a sus padres en la búsqueda de información: la voz cantante la lleva su madre. Ella dosifica la información que se entrega o se escamotea.
Una frágil ficción comienza a desplegarse por C, remedo de ficción que no tiene estatuto de novela; piecitas, retazos de un rompecabezas para armar.
Irrumpen unos muñecos; uno de ellos lo conserva desde el primer tiempo de llegada a la casa, acompañándolo a todos lados: “Hociquito”, un oso con un corazón bordado. Dificultad para desprenderse del mismo; todavía duerme aferrado al muñeco-fetiche. No constituye un objeto transicional; no tiene su riqueza; parece un acompañante contra fóbico, un muñeco que encarna y defiende contra la falta. Se agregan otros peluches. “Colita”, un significante que me retorna en este momento de escritura. Y una foto que supone su madre: “es mi mamá”, ubicando un tiempo anterior a su llegada a la casa donde vive actualmente. ¿De qué mamá hablamos? ¿Cómo distinguimos, merced el lenguaje, una de otra? Discernir, seriar, temporalizar, numerar, armar preguntas que están allí entre los muñecos que nos miran, paraditos, mostrándose.
El tiempo llamado al olvido retorna, en el escenario prestado por el juego, señalando su pregunta por el origen silenciada, callada. Apostar a verbalizar: decir algo, preguntar. Tiempo de rudimentos de historia, búsqueda de acomodar datos, armar un hilo entre ambos con pequeños datos y suposiciones: apostar a un fantasma construyéndose.
El muñeco (tótem) lleva un corazón bordado como blasón. De alguna forma es de la familia de los corazones. Es su ancestro animal, tiene sus marcas, se asocian. El blasón los representa. Tal vez sirva al modo del tótem para suplir el significante del nombre del padre: padre simbólico. Responde a una carencia del padre, una neo-formación.
Muñecos que ante la ausencia de significantes que nombren a su madre biológica, que ubiquen su origen, entrarán en escena como muñecos-familia. ¿Qué se encarna en ellos? Muñecos para tener, que no se prestan al juego, que no habilitan el espacio potencial de juego, que no construyen ficción. Peluches. Muñecos para guardar, tener, mirar, nombrar, coleccionar tal vez (hacer serie), pero no vitales. No los recuerdo como juguetes de uso; no inventamos personajes y tramamos historias con ellos.  
Escribí muñecos que encarnan; como buscando establecer un distingo de nombrarlos  muñecos que simbolizan.
Algo (a falta de poder estimar qué: ¿un significante tal vez?) se aloja en estos peluches. Peluche: ho-si-quito. Peluche que porta a todas partes. Lo nombré como acompañante contra-fóbico, pensándolo, no como un objeto a temer, sino para establecer una defensa contra la angustia. En este sentido cae al lugar del objeto de la fobia, cumpliendo su función protectora.
¿Protegiendo de la angustia al niño o a la madre?
¿Del chico? Apunta a la angustia por la separación vivida (que se duplica, en las sucesivas experiencias atravesadas) temor a la efectiva pérdida. El objeto parece proteger, bajo este matiz. Cargado-donado por la madre como defensa contra la angustia. Portando un nombre que remite al falo (metonímica mente)  que encarna. Falo imaginario entonces.
¿A la madre? Permitiéndole estar aun cuando no está (elisión de la falta). Peluche pura presencia, sucedáneo materno en su carnadura fálica. La protege de estar en falta.
Sin embargo, como objeto protector, presentifica su falta a la par que la vela. Muestra su deseo.
Paralelamente al tratamiento vemos desplegarse a la angustia que se instala en la madre. Algo se conmociona en casa. El pedido de explicaciones materno que se reitera: “no entiendo”. No entiende qué pasa. Con su hijo, con el tratamiento de este, qué se espera de ella. Y una pregunta que remite al propio fantasma: “¿soy una buena madre?”.
La pelota, el juego de pelota, es un significante ligado al padre. Se desprende de las entrevistas mantenidas con él que este juego ocupó un lugar privilegiado en su vida de relación con pares. Y un club de los amores: Racing. “Yo era un chico tímido, pero el fútbol me permitió integrarme y tener amigos”, dirá.
La pertenencia, la filiación a un club de fútbol será motivo de trabajo e interés en sesión. El adoptará otro club. Provoca al padre. Desafía al padre que no termina de prestarse al juego y lo toma en serio: se ofende, rivaliza él también, se calla y no le habla. Este motivo de interés, su interés, será tomado por la escuela. Entrará en problemas e investigaciones que se le pedirán. Lectura del diario para armar la tabla de clasificación, puntos, nombres de jugadores, fechas. Un pequeño mundo entorno al campeonato.
“¿De qué cuadro sos?” Me convoca a definir una filiación. Nombro un cuadro que, le diré, “estoy seguro que vos no conoces: Nueva Chicago; averiguá”. Me muestro en falta. No sé mucho de fútbol. Ni siquiera el lugar en la tabla de mi filiación. Me informa de días y horas de juego. De resultados. ¿Busca mi pasión tal vez? Encuentra mi interés, me presto, juego el juego. No está mi pasión allí, pienso hoy a la distancia.
No obstante, el pedido a que averigüe, el desafío casi, lo impulsa a la búsqueda. Algo se despierta. Ubica el club que no está en la A. Otra escena de juego entre los dos. Un relato que construimos. Armo mi historia. El club de mi barrio. Mi falta de interés, hablo de otras cosa que me gustan, nombro algo que me apasiona. Intercambiar relatos de historias de esto se trata también la función paterna. El escucha y pregunta. ¿Suplencia de la función? NO me interrogo en su momento: el juego llama y me presto a él.
El campeonato de la B entra en escena. Tal vez me postulo para la B. Hay un anhelo: algún día subir a primera, a la A.
El fútbol pasa del escritorio al suelo, vuelan pequeños objetos, salidas por la ventana al exterior. ¿Qué hacemos? ¿No podes ir a buscarla? La pelotita se cuelga en la azotea de la vecina. Que si que no, tironeos, interés en seguir jugando. Hay que reponer lo que se pierde. Mamá compra nuevas pelotitas. Hay un interés en transgredir el pedido de no patear hacia la ventana. Comienza a salir, se reitera la salida de pelotitas. Siempre latente el borde de la trasgresión al acuerdo, a la norma fijada. Sonríe. Busco que se implique. Así no jugamos más. A mí no me gusta así.
Hacia fines de año logra que le compren tres camisetas. La camiseta de Racing, de la selección y la de Nueva Chicago. Pide jugar un partido calzándonos la camiseta: “ponete la de Chicago; yo la de la selección”[15]. El juego se apasiona, el bochinche convoca a mis vecinos a golpear la puerta pidiendo calma, compostura. Salí a dar la cara por nuestro juego: la camiseta de Chicago me delata.

Mi implicación, el lugar al que soy convocado transferencialmente: metáfora paterna.
El trabajo del juego convoca a la metáfora. Recuerdo que pensaba en ese entonces que hacían falta dos fichas jugando en ese espacio, en esa función. ¿Como tratando de sumar poder? ¿Destrabar un juego que siempre se repetía? Me explico mejor: yo ponía una ficha en ese espacio, buscaba sumar un esfuerzo, armar barrera, que no nos llenen la canasta a pelotazos.

La historia sigue con visitas alternadas de estos padres. No acepto tomar en tratamiento a C. “Ud son los padres; háganse cargo de su crianza” Me doy cuenta hoy de la resonancia de mi afirmación entonces. Les ofrezco un espacio a ellos: la pareja, los padres.
Desfilan sus dificultades y sus impotencias. Silencios y voz cantante. Lugares que se perfilan, se medio-muestran. Pensamos estrategias. Soy uno más en el juego.
Este hijo no satisface a su padre, no sabe qué hacer. Ha ocurrido lo que él temía. Busco señalarle que no es una cuestión de sangre, sino de sus fantasmas en juego.
“Sos lo peor que me pasó. Me arruinaste la vida”, gritará a C. en más de una ocasión.
El padre dejará de venir. Se le dificulta hablar, concurrir, permanece en silencio, se angustia, no le encuentra sentido. Algo desfallece en la función.
Sigo solo con ella un tiempo hasta caer.
Se escucha el malestar respecto del hombre: no la satisface, está cansada, no es lo que ella espera. Relato que parece hablar de un hombre vencido. Un despido acordado con la empresa, una empresa que por su prestigio es como una familia: ya no lo es más. Acuerda un retiro al modo de una pensión por un tiempo prolongado, la cobertura médica de su familia, el pago de la escolaridad de su hijo hasta su mayoría de edad. Busca poner a seguro su entorno familiar. No obstante se recluye. Se sienta en su sillón a ver TV. Por el relato materno me entero que C lo patea, le patea el sillón buscando levantar al padre. Solo puede encontrarlo en la rivalidad imaginaria, no corta, no ordena, no impone autoridad. Debe intervenir ella para poner fin: “parece que tengo dos chicos en lugar de uno”. ¿Cómo es que no le pega un bife? ¿Cómo es que no lo detiene? No toca a su hijo, le pega patadas en el culo. C. avanza en su provocación, le golpea el auto en una playa de estacionamiento (su padre arriba); prenderá fuego en la cocina mientras su padre lee el diario. Ella dirá que no sabe qué hacer. Supongo un cuadro melancólico. Una sombra cubre la familia.

Ella vuelve a llamar tiempo después, para anunciar la muerte de él: cáncer a la sangre, leucemia.
Unas pocas entrevistas con ella. C. retoma tratamiento con otro profesional cercano al domicilio.
Una nueva enfermedad de un familiar la convoca al dolor y sale de escena: “No puedo más; estoy harta de sufrir”.

Retomando los inicios: hoy.
Un llamado y nueva visita de S. Pide que la escuche, no puede con lo que ocurre.
Me anoticia que la cosa no marcha con C. No está satisfecha ella con el tratamiento. No se le puede poner límite, nuevamente se porta mal, problemas en la escuela, falta de interés y atención. Violencia verbal y casi física. “Se cree el dueño de casa” dirá, él también se sienta en un sillón a ver TV, no quiere que lo molesten. Ella no sabe qué hacer (busca satisfacerlo) para que la cosa marche. Metido en casa, solo sale en bicicleta para ir hasta la casa de la abuela paterna. La abuela le teme: “nena, tengo miedo que me haga algo, parece un loco a veces, no escucha lo que se le dice”.
Una maniobra que sugiere el profesional que lo trata es convocar a la ley: “busque un juez de menores o llame a la policía”. La policía (un conocido de la familia) entra en escena. Algo se aplaca por un tiempo allí. Pero el imaginario tiene patas cortas...
Su interés está en ver películas de terror. Lleva un registro con títulos de las vistas y por ver. Ya no es la tabla de clasificación del campeonato.
Mi negativa vacila (¿no me hago escuchar firme?)
 Insiste en su prepaga, fatiga con su empeño y pedido. Quiere un cambio de profesional. Acepto ser figura de recambio (Alguien me interrogará luego a qué lugar me postulo)

Me impresiona lo alto, lo grande que está con sus 14/15 años. Su habla no es mucho más fluida que hace años. No tiene interés en lo escolar. Tres materias a marzo pesan como una espada de Damocles, más para su madre que para él. Su vínculo con otros es tan pobre como antaño. También él recluido a su entorno familiar no tiene amigos, ni vida de relación. Pareciera a la distancia, contar con menores recursos simbólicos. ¿Los recursos simbólicos se congelan? La TV y su interés centrado en el terror. Colección de horrores. No hay seguimiento de la trama; no se puede armar un relato con la película vista. Hay captura por escenas. Puro imaginario, presencia arrasante de lo imaginario. Valoración subjetiva: me gusta-no me gusta, está buena-no está buena. Me interroga lo que veo, si tengo canal Premium de películas, cuál fue la última que vi: ¿viste la de terror? ¿Te gustó? No me gustan las películas de terror; antes sí, ahora no. ¿Qué te gusta? Hablo de mis gustos. Señalo algún interés, pregunto por los suyos, por qué esos, por qué así.
Sus argumentos son pobres; repetitivos. Siempre la misma película...
Me asombra la fijeza de la dificultad, con los consecuentes trastornos que le trae con el afuera del entorno familiar. Su madre habla por él en más de una ocasión. Su madre lo habla...
Tiene como un empeño, el aparato psíquico, en sostener el empaste hablante. Es como si hubiera algo a la vista de los oídos que insiste con su fijeza, algo de la estructura como efecto del lenguaje, diría. No me refiero elípticamente a la fórmula: el inconsciente está estructurado como un lenguaje, puesto que dudo si opera el inconsciente y percibo sí el orden del exceso. Hay un goce –en cierta forma estúpido- que parasita el habla. La empobrece. Dificulta la comunicación. Lo saca del habla de los de afuera, le dificulta, casi le/se impide el lazo.
Se ve obligado a armar estrategias comunicativas para hacerse entender en sus requerimientos mínimos y no quedar en falta. Estrategias de ocultamiento, inhibitorias.
Su habla lo aniña en un cuerpo enorme.
Su vocera, aquella que buscó explicarlo, poner palabras a sus requerimientos, hoy no lo entiende. No comprende qué le pasa. Lo desconoce. Pide (me convoca) a que lo cure, a que le diga qué debe hacer, a que explique lo incomprensible.
“Hay una solidaridad del Nombre-del-Padre, la constitución de lo simbólico, en el sentido de la cadena significante, y una limitación de goce que Freud percibió con las nociones de objeto perdido y, sobre todo, de castración. (...) el trabajo de la psicosis será siempre para el sujeto una manera de tratar los retornos en lo real, de operar conversiones; manera de civilizar el goce haciéndolo soportable. Así como podemos realizar la clínica diferencial de los retornos en lo real según que se trate de paranoia, esquizofrenia o manía, podemos diferenciar también las mencionadas soluciones.[16]
Las vacaciones interrumpen el corto tiempo de tratamiento. Volverá a llamar a su vuelta.
Su madre pide una entrevista. Sigue preocupada por su hijo, por sus actos, sus caprichos.
“Mientras no haya compromiso u obligaciones todo está bien”. “Salíamos juntos”. “Terminó mal la relación con el hijo de mi amiga allá, se peleó. Todo es a través mío, no logro que haga nada por él. No juega a nada por no perder, solo a la paleta que es a lo que yo jugaba con su padre. Si las cosa están bien él las arruina”.
Pide perdón a cada momento: “¿mamá me perdonas? Fue sin querer”.
“Tengo que darle un corte. Sentado todo el día en el sillón. Duerme”. “¿Para qué voy a ir a trabajar? Me preguntó. Tengo esta casa, la de la abuela y la del tío, yo voy a vivir con vos sin trabajar”. No se que más hacer”.

Lo convoco al consultorio.
¿Qué pasa que estás de vuelta? Preguntaré. “Mmme podto mal; discuto con mamá”, dirá.
Su discurso es más errático, más empobrecido, monotemático.
Una extraña compulsión aparece en escena: coleccionar cajas de pizza, pero solo las que posean impreso un dibujo: “con letra no, ccon dibujo” “¿Vo conocé ppisería que tengan caja con dibujo?”. Colección también de imanes con el logotipo de las pizzerías[17]. Pizzerías de Brasil, donde tienen el departamento que compraron en tiempo de su padre en vida, y donde van a veranear desde entonces durante todo el tiempo de las vacaciones escolares.
¿Qué haces allá? ¿Con quién hablas? ¿Entendes el portugués? ¿Quién te entiende?
Me intereso en averiguar quién pide las cajas de pizza. La madre lo hace. Le señalo que ella está para todo, para todas sus locuras, ¿hasta cuándo? Si quiere él algo, que lo obtenga por sus medios, que él pida sus cajas.
Pide jugar a las cartas, jugamos a la guerra. Repropongo otros juegos. Pregunto por qué no sale de casa. ¿Sus compañeros? ¿Cuál es su interés?
Busco acompañar su relato, constituirme en cierto marco simbólico de suplencia que permita construir una ficción diferente de la ficción edípica congelada. Acotar este goce que lo liga a su madre, mediante intervenciones cautas, preguntas, propuestas. “El analista no puede hacerlo sino sosteniendo la única función que queda: hacer de límite al goce, esto es, la de significante ideal, único elemento simbólico que, ha falta de la ley paterna, pueda constituir una barrera al goce. (…) el analista no hace otra cosa que apuntalar la posición del propio sujeto, que no tiene más solución que tomar a su cargo la regulación del goce”[18]. Me percato de que por esta vía convoco al delirio en su función estabilizante.


Su madre está al teléfono una y otra vez. Inquiere, se lamenta, cuenta su desdicha, manifiesta su enojo. “Esto está cada vez peor”. Le indico que no se preste a reclamos impertinentes ni a insultos. Debe controlar la situación apelando a la palabra, y si esta no surge efecto, que salga físicamente de escena, se corra de la misma –marcando su malestar- saliendo a dar una vuelta y vuelva luego. 
¡Qué más quisiera ella que él salga de la casa! Si no tiene un respiro. El la persigue a todas partes, pide explicaciones de dónde está, quién llama, qué hace. Siente que la acosa y la inquieta. Además exige su comida, como a él le gusta. “Soy el hombre de la casa, soy más fuerte que vos”, dirá[19].
C. ríe cuando pregunto qué pasó en su hogar o en casa de su abuela. “¿Cuándo llamó? ¿A qué hora?” Se interesa en saber. Escenas –actos más bien- que parecieran montadas para ella. No termina de implicarse en el relato de lo acontecido. “No pasa nada” “Ella no me deja hacer nada” “Quiere que vaya a la escuela”.
Los muñecos vuelven a partir de mi pregunta. Son nombrados y traídos. Trae el primero y el último –de la serie-, dirá. Hociquito y Jason[20]. Me hace tocarlo a Jason para que suene la música (el muñeco posee un dispositivo interior para tal fin). No hay posibilidad de armar ningún juego, solo anoticiarme de los nombres, enterarme de cómo se continuó la serie: “hay otro que compré antes y se llama Fredy, este es Jason.” “Es el juego diabólico”, dirá en un momento. “Fijate que sea un juego y no otra cosa”, le diré.

Los acontecimientos se precipitan cada vez más e inquietan a familiares y otros.
Amenazas a media voz: “te voy a matar”, pronunciadas a la madre. Le pasa una soga al cuello y pregunta qué ocurre si aprieta más.
Ante la amenaza de su madre con llamar al policía que vive detrás de su departamento, comienza a cerrar puertas y ventanas buscando evitar que se propaguen los gritos.
Su madre ya le teme. Se atrinchera en su dormitorio. “Soy más fuerte que vos”, le gritará tras la puerta.
El neurólogo que lo trata, indica una medicación antipsicótica y aconseja la internación.
Su madre se niega: “sería un antes y un después”; busca mi complicidad.
Un episodio violento irrumpe, amenaza con un cuchillo a su madre. Le indico a la madre, telefónicamente, que pida una emergencia psiquiátrica a su prepago.
Llega la guardia psiquiátrica, logran calmar la agitación de C., se lo medica, aconsejan la internación pero no la efectúan.  
Pido la interconsulta con una psiquiatra de mi conocimiento. Acordamos el control de la medicación y el seguimiento del caso. No está de acuerdo con la internación propuesta.
Luego de la última sesión pasa por la casa de su abuela; ella no está. Rompe todos los vidrios de una edificación en los fondos de la casa. Los vecinos alertan a la madre de C.
Llama a la casa materna, establece la comunicación, pero no responde a la interpelación de su madre. Esta se llega hasta la casa de la abuela de C.
No logran entrar a la casa, interviene la policía, rompe la puerta, aplacan a C y se retiran.
Me llama la madre a mi celular para relatarme los hechos, desde otro de los aparatos se escucha la música del muñeco Jason. “No puedo más, ¿qué debo hacer?” Le indico que debe llamar a emergencia psiquiátrica nuevamente; que evalúen si es necesaria una internación.
Intento hablar con C, presente en la línea; para ello le pido a la madre que cuelgue ella. C. escucha mi voz y cuelga también.
Vuelve a llamarme y le indico –enfáticamente- que debe irse a su casa y hablarme desde ella a mi teléfono fijo: apelo al poder de la transferencia.
Le pide a su madre ir caminando. En el trayecto, se escapa.
Su madre lo espera en la casa con un familiar. Irrumpe violentamente con gritos, golpes y amenazas. “Abrí la puerta hija de puta” “Te voy a matar”. Lo introducen a la fuerza, llega la emergencia psiquiátrica, se lo seda y se lo interna.

Lic. Rubén Flores



[1] Tiempo de la llamada al Otro. Tiempo donde el grito se inscribe en el circuito significante. Llamada como primer tiempo de la palabra. “(...) la llamada no puede sostenerse aisladamente, como lo demuestra la imagen freudiana del niño del fort-da. La llamada exige enfrentarse con su opuesto. Llamar lo localiza. Si la llamada es fundamental, fundadora en el orden simbólico, es en la  medida en que lo reclamado puede ser rehusado. La llamada es ya una introducción a la palabra comprometida en el orden simbólico.
El don se manifiesta al llamar. La llamada se hace oír cuando el objeto no está. Cuando está, el objeto se manifiesta esencialmente sólo como signo de don, es decir, como nada a título de objeto de satisfacción. Está ahí para ser rechazado en cuanto nada.” J. Lacan S. 4 La relación de objeto Pág. 184
[2] Merece someterse a interrogación esta afirmación; que no obstante sostengo.
[3] Mantengo el armado de la frase, no obstante retornar enigmática en su afirmación. ¿Un hijo se inscribe a nombre propio? Se nombra un hijo, bajo alguna modalidad de elección y decisión en la elección del nombre.
Inscribirlo a nombre propio afirma que el nombre que portará C de aquí en más, es producto de la decisión de quien nombra; es ese nombre el que se inscribe –ante la ley social- y no el que portaba con anterioridad. Se inscribe a nombre propio, buscando tachar o suprimir al Otro que porta el niño en el nombre con que llega. Un intento de transformar al Otro en otro, destituirlo; retornando este con toda su fijeza.
[4] En tanto renegación (Verleugnung) -y no repudio o forclusión- busco señalar que no lo entiendo como un mecanismo defensivo psicótico el sostenido por la madre. Da cuenta de la escisión del yo materno.
No obstante la frase engendra efectos.
[5] Me refiero –al modo como lo interpreta Freud- en cuanto a que busca borrar una realidad exterior, se niega una realidad. Consciente de que tal mecanismo establece “un parentesco” entre el fetichismo y la psicosis, pero acentuando que Freud lo reconoce escisión del yo, como propio para todos los parlantes.
Pone sobre el tapete, el que tal mecanismo defensivo rehúsa reconocer la realidad de una percepción traumatizante: la ausencia de pene en la mujer (madre). Interroga respecto de los avatares del sepultamiento del Complejo de Edipo de cada uno de los padres; tanto como el atravesamiento del Complejo de Castración –y sus modos de respuesta-. Da cuenta de la singular “teoría sexual infantil” que cada uno sostendrá.
[6] Y en este sentido concebido al modo que Zeus: de la cabeza (deseante) de... su  madre.
[7] Si los temores manifiestos de su padre simbólico eran respecto de “los problemas” que los hijos no sanguíneos pudieren portan, este es su hijo: expresa sus temores (fantasmática) haciéndose carne.
[8] Preguntas propias, de otros, incluso mías.
[9] Este hombre-padre morirá 13 años después, de un cáncer a la sangre: leucemia
[10] La relación de objeto Seminario 4 El significante en lo real (Pág. 244) J. Lacan Paidos 
[11] El padre síntoma. Roberto Mazzuca en Del Edipo a la sexuación. Paidos
[12] La persistencia –fuera de tiempo, pareciera- de esta calificación a sus actos, vacía de sentido a la frase, puesto que la calificación lo acompañará hasta que vuelva a encontrarlo en un segundo tiempo de tratamiento en su adolescencia. Un dicho que nada dice de lo que ocurre con C. Frase que suele aplicarse a un niño, no a un joven de 15. Frase infantil que infantiliza. Seca. Que no promueve nada, cosifica. Suena en el relato de los adultos, como pronunciada por todo el entorno familiar y escolar de C. Frase que él asume: me porto mal.
[13] Estrategias para ponerlo ha cubierto de la falta. Demanda al Otro a que lo cubra. Velamiento de la falta en el Otro.
[14] La Metáfora Paterna concierne a la función del padre.
[15] Impresiona que se invista del significante “selección”. Conjeturemos que simbólicamente se juega un par: Racing-Chicago, como emblemas paternos, formas de los nombres del padre.
[16] El trabajo de la psicosis, en Estudios sobre las psicosis, de Colette Soler. Manantiales
[17] ¿Nueva versión de un blasón? Rasgo ligado a la oralidad: le cuesta parar de comer. Será notorio el aumento de peso, al punto de la necesidad de realizar una consulta médica y buscar regular el goce mediante una dieta.
[18] El trabajo de la psicosis, en Estudios sobre las psicosis, de Colette Soler. Manantiales.
[19] “La función del padre tiene su lugar, un lugar bastante amplio, en la historia del análisis. Se encuentra en el corazón de la cuestión del Edipo, y ahí es donde la ven ustedes presentificada. Freud la introdujo al principio de todo, porque el complejo de Edipo aparece ya de entrada en la Interpretación de los sueños. Lo que revela el inconsciente al principio es, de entrada y ante todo, el complejo de Edipo. Lo importante de la revelación del inconsciente es la amnesia infantil que afecta ¿a qué? A los deseos infantiles por la madre y asecho de que estos deseos están reprimidos. (...) Y no solo son primordiales, sino que está todavía presentes. He aquí de donde partió el análisis, y a partir de qué se articulan una serie de cuestiones clínicas.”  La metáfora paterna, Las formaciones del Inconsciente, Seminario 5, Paidos.
[20] Personaje (asesino serial) de una saga de películas de terror.

No hay comentarios:

Publicar un comentario