Propongo dos artículos a continuación -sugerentes-, para pensar e interrogarnos por la "inscripción" en el cuerpo de "lalengua". La conformación del cuerpo -que necesariamente es hablado:
1.- CUERPO Y SIGNIFICANTE: ASUNTO DE
PSICOANÁLISIS
Al
definir la pulsión, en 1915, Freud alude a la imposición de una exigencia de
trabajo a lo anímico “a consecuencia de su trabazón con lo corporal.”
Trabazón
remite a obstáculo, aquel con el que nuestra clínica nos confronta cada vez.
¿Cómo abordar esa extensión que es el cuerpo? El cuerpo se deja presumir, pero
al intentar cernirlo se escapa dejando huelllas, vestigios, indicios que nos
reenvían una y otra vez al mismo lugar y nos instan a dar razones.
La
literatura ofrece innumerables ejemplos en los que el relato, que es su
dominio, expresa cuestiones ligadas al cuerpo. Le Clézio en “El africano”
describe su llegada a Africa en la infancia, aludiendo al cuerpo: “Africa era
el cuerpo más que la cara”.”Africa que me quitaba mi cara me devolvía un cuerpo
ardoroso, afiebrado…”
Pero
es justamente en los espacios de no-relato donde el cuerpo brilla con su
presencia, encrucijada real que constriñe a dar respuesta. Se trata de un
estado de la cuestión lógicamente anterior a la constitución del objeto
pulsional, del gesto sonoro que anticipa la voz y la palabra.
En
la Conferencia de Ginebra, Lacan ubica el sentido en el encuentro entre las
palabras y el cuerpo, encuentro que supone el desarraigo de la animalidad. La marca
del modo en “que le ha sido instilado (al niño) un modo de hablar”, lalangue, no constituye un patrimonio.
“Algo volverá a surgir en los tropiezos en función del modo en que lalangue fue
hablada y escuchada en su singularidad.” “En ese moterialismo reside el asidero del inconsciente.” (condensación en
francés, entre mot, palabra y materialismo).Agrega:”Para nada es un azar que en
lalengua, cualquiera sea ella, en la que alguien recibió una primera impronta,
una palabra es equívoca.” Resalta la sensibilidad constitucional de nuestra
especie para que la palabra resuene, y para que se juegue con los detritos
dejados por el agua del lenguaje, lo que será muy necesario.
De
estas afirmaciones se deduce que en el lenguaje se trata de algo más que de
signos. En este sentido resultan interesantes algunas ideas de Henri
Meschonnic. Propone reconocer lo continuo del lenguaje, lo que uno no sabe que
escucha. A partir de las ideas de Benveniste privilegia el ritmo en el discurso como organizador. Esto hace caer la jerarquía
del significado y ubicar el sentido del discurso (no de la lengua). Es una
actividad del sujeto para otros sujetos.”El ritmo del sentido como sentido del sujeto impone no aceptar
esta repartición entre lo sonoro y la imagen. El ritmo es el sentido de lo
imprevisible, la inscripción de un sujeto en su historia. Es entonces
irreversible, y aquello a lo que no deja de volver.” Privilegia el poema como
revelador del ritmo en el discurso. Hay un orden de ficción que jerarquiza lo
simbólico encadenando relatos. Sabemos que no se puede estar en el mundo sin
relato. La poesía, en cambio no cuenta una historia, no inventa otro mundo,
sino que transforma la relación que uno
tiene con ese mundo. Implica una subjetivación radical de todo el lenguaje.
“En
el ruido del mundo, el silencio del sujeto. Ese silencio es eso que el poema da
a escuchar.” Freud se interroga por la estofa poética, poniendo en paralelo la
actividad del poeta y la del niño que juega. Esa estofa viene “del lado del
silencio de la letra que falta, tal vez de la verdad del sufrimiento, de lo que
no tiene palabra.”
El
poema es el momento en que las metáforas se realizan. Allí las palabras no
hacen ya las veces de cosas. No se trata del decir ni del dicho, sino del
hacer. Este hacer con los sonidos, que se inventa, requiere el funcionamiento
de una lengua oral, práctica que no es natural, y en la que se cumple el
escribir. Sólo hay escritura en la invención de la propia oralidad. El cuerpo
es determinante en la escritura. Lacan destaca el valor sustancial del tono y
lo que el sonido afecta al cuerpo, haciendo que el signo se incline al
significante que lleva al trazo, aquel de la escritura.
Una
última cuestión: “el cuerpo como recuadro revela el nombre propio”. El nombre
no es una etiqueta adosada a una cosa. Tiene una función de designación y es, a
la vez, la materialidad misma de la palabra, que no quiere decir nada. No se
trata de la sutura entre el nombre y la cosa, sino entre la palabra en su
función de designación y la palabra propiamente dicha. El modo de hacer sonar
la lengua desde la primera infancia, la lalación, permite la entrada de nuevas
nominaciones. Esta sutura deja una cicatriz, un trazo, signo de alguien en
tanto “habiendo sido marcado”. Es ese presente continuo lo que hace eficaz la intervención
analítica que incide allí, liberando el significante.
Por
eso se trata de la lengua en estado de juego, ese estado infantil (y no de la
infancia) en que las palabras están abiertas a múltiples sentidos, recorriendo
y repitiendo el azar de los sonidos. Es como recobrar súbitamente todas las
posibilidades de las palabras. Nuevamente Le Clézio dice: “Cuando se es niño no
se usan palabras y las palabras no están usadas”.
Antes
de la lengua ya se hablaba. De los fragmentos de discurso, los torrentes de
cosas dichas, los murmullos indefinidos, la palabra comienza a existir al hacer
cuerpo
con una escena, y se engarza en relatos. El mismo ruido resonará en personajes
y situaciones a lo largo de la historia.
Voy
a relatar algunos momentos del análisis de un niño al que llamaré Guido, para
volver a interrogar en la experiencia los indicios de la trabazón
cuerpo-significante, esas dos estofas radicalmente diferentes, cuyo enlace
genera efectos sorprendentes.
Desde
el comienzo, el espacio analítico se vio poblado por monstruos y guerreros, que
desataban innumerables y ruidosas guerras, en los dibujos y juegos con muñecos
que él traía o que tomaba del consultorio. Es de destacar la belicosidad y
destructividad dominante de los personajes y las armas. Transformers, robots,
dioses, dinosaurios, reyes, bichos, hombres, superhéroes, alienígenas, matan,
mueren, se desdoblan, fusionan, absorben y reviven, ayudados por armas diversas
o cuerpos particulares: rayos, espadas, mazas, pinzas, serruchos, ojos
múltiples cuyas miradas “piedrifican”, dientes que trituran y desgarran, brazos
que emanan fuego, lava, hielo.
A
veces lo terrible se mitiga con el humor o la ternura: “hoy no traje ningún
amiguito”, “estos se llaman Papanatas y Coquito”. Un monstruo que me salió muy
mal pasó a llamarse “Fortachón-man”.
En
el vértigo de las sucesivas batallas, un significante se repite con
insistencia: “brea”. Interrogado por su significado, dice: “eso con lo que
hacen la calle. Pero es en otro idioma”. No sabe cuál. Ese “otro idioma” es el
modo singular con el que se instala en la transferencia lo no-sabido sabido. En
el linaje de Guido figuran dos abuelos paternos, situación que Guido ignora,
pero sabe por experiencia.
En
esa repetición, se cierne algo de una satisfacción que no puede decirse, pero
sí señalarse, para apuntar a un sujeto por advenir en el lugar de un objeto (de
goce del Otro).
Cuando
dibuja el “dragón de las cavernas”, demuestro miedo y le sugiero poner un
cartel: Cuidado con el dragón! Dice que no, que en la época que él dibuja no
existían los carteles. No sabían escribir. “Era el tiempo antes del tiempo,
sólo había guerras. Después se inventaron los carteles. Después vinieron otras
cosas como divertirse y jugar.”
Por
su pedido, y el comentario de que su papá no se los quiso comprar, otros
asiduos participantes de nuestros encuentros, son los libros “Dónde está
Wally?”.
Generalmente
las sesiones terminan con Guido recostado en el diván, buscándo-se.
“No
sé por qué para buscar a Wally me gusta acostarme acá.”
Hubo
alusiones a secretos y reiteradas referencias a partes oscuras de diversos
personajes. Un secreto es revelado en sesión: su deseo de “venir siempre acá.”
El
espacio analítico le ofrece un campo donde poner en juego ese tiempo antes del
tiempo, en que el secreto de un nombre silenciado, “un monstruo de brea”,
desata guerras y muerte. Obstaculiza la identificación y constitución de un
cuerpo unificado bajo un nombre que pueda inscribirlo en tanto hijo,
habilitando el pasaje a otro tiempo, el de jugar y divertirse. Con otros,
agrego, lo que hoy está impedido de hacer.
Susana
Débora Neuhaus
8
de mayo de 2009
BIBLIOGRAFÍA
Freud
S.: Pulsiones y destinos de pulsión. Obras Completas, Amorrortu, Bs.As.,1979
Lacan,
J.: El Seminario IX: La identificación, inédito
El
Seminario XVIII: De un discurso que no sería (del) semblante, inédito
Conferencia
en Ginebra sobre el síntoma, enIntervenciones y textos 2,
Manantial,
Bs.As., 1993
Meschonnic,H.:
La poética como crítica del sentido, Mármol Izquierdo editores,
BsAs.,
2007
Fontaine,A.:
La implantación del significante en el cuerpo
Foucault,M.:
Siete proposiciones sobre el séptimo ángel
Viltard,M.:
Hablar a los muros
Revista
Litoral 18/19, Edelp, Córdoba, abril 1995
Nancy,
J.L.: 58 indicios sobre el cuerpo. Extensión del alma,Ediciones La Cebra,
Bs.As.,
2006
Carbajal,E.:
Freud: los profanos y la estofa del poeta, Conjetural 49, ediciones Sitio,
Bs.As.,
2008
Le
Clézio,J.M.G.: El africano, Adriana Hidalgo editora, Bs.As., 2008
Un segundo artículo -de mi autoría este- que trabaja un escrito de S. Freud.
Comentarios con respecto al “lugar del juego
del sin-sentido” para Sigmund Freud.
(El chiste y su relación con lo inconsciente 1905)
“¡Ay, qué disparate, se mató un tomate!...”
Elsa
Bornemann
El Placer del disparate
Freud sostiene que
este placer se encuentra oculto “en la vida seria”, encontrándolo
visible en la conducta de los chicos o los adultos “intoxicados”.
Retornando en sus efectos, “en ciertas categorías de enfermos mentales”.
Sostiene en el mencionado texto “En la época en que el
niño aprende a manejar el léxico de su lengua materna, le depara un manifiesto
contento “experimentar jugando” con ese material, y entrama las palabras sin
atenerse a la condición del sentido, a fin de alcanzar con ellas el efecto
placentero del ritmo o de la rima. Ese contento le es prohibido poco a poco.
Hasta que al fin sólo le restan como permitidas las conexiones provistas de
sentido entre las palabras”.
Heredero de este temprano contento será el “placer por
el disparate”, una forma de obtener satisfacción contrariando las
limitaciones impuestas por las reglas
gramaticales propias de cada lengua y
por la función tética de la comunicación, aquella que lleva al supuesto
de que buscamos entendernos con el otro, apelando al sentido común de todos los
hablantes.
En extremo, se recorta cierto placer solipsista en el uso
“sin ton ni son” de los elementos constitutivos de la lengua. Usar de ella (sus
elementos) sin sentido, sin que medie el peso del sentido, entraña para la
concepción freudiana, un placer fundacional. Y como tal se desprende el
valor de inscripción para el aparato. Y en este sentido, también funda
la regla, la ley de la razón de la palabra, esa que solo permite “las
conexiones provistas de sentido entre las palabras”.
Se desprende de suyo, una noción de
constitución del aparato psíquico en sistemas de inscripción distinto.
Es así que ubica (y lo encontramos mencionado o sugerido
en diferentes textos) el momento de adquisición de la lengua, como tiempo de
juego y experimentación.
Y aquí la segunda cuestión en que me detengo: el juego
designa ese espacio-tiempo de placer en el que se experimenta con
la lengua a costa de perder –sojuzgar- la satisfacción por el
disparate. Algo en relación a la lengua está perdido, para permitir su ingreso
en la lengua, para hacer palabras, aprendizaje. Y este será el modelo de un
proceso de adquisición. Aprendizaje: sobre el horizonte de esta satisfacción
que señala un uso de los elementos de la lengua perdidos, es que se hace
posible la génesis del mundo de objetos exteriores, objetos de captura, de
conocimiento, de aprendizaje. Por otro lado, juego: y como tal, proceso equiparable
al de la elaboración o trabajo del sueño. En este sentido entonces, el juego es
un campo de trabajo del aparato psíquico, un modo de tramitación, pasaje
intra-sistemas constituidos. No en vano, siguiendo a Freud, diremos del juego: esa
rara elaboración inconsciente no es otra cosa que el tipo infantil de trabajo
de pensamiento.
Por otro lado: el lugar del juego es el de un campo de
recorte e inscripción de lo dado por la lengua, fundante del aparato y de la
experiencia de satisfacción por el uso sinsentido del “léxico de la lengua
materna” (retorna como placer del disparate).
Notemos que Freud señala el uso del término “léxico”, haciendo un empleo que lo
emparenta con la noción de lexema[1]. Se tratará del
uso de los lexemas propios de la lengua materna.
Cabe la posibilidad de ser más radicales aún y formular,
siguiendo a Julia Kristeva (1978: página 259) “en el lenguaje poético, pero también, aunque de manera menos marcada en
todo lenguaje, existe un elemento heterogéneo respecto del sentido y la significación.
Esta heterogeneidad se revela genéticamente en las primeras ecolalias del niño
a modo de ritmos, y entonaciones anteriores a los primeros fonemas, morfemas,
lexemas y frases”.
Elemento heterogéneo a la significación, que, no
obstante, opera a través de ésta, inclusive excediéndola en el lenguaje
poético, en sus efectos musicales o de sin-sentido. A la que llamará semiótica. “Modalidad desde luego heterogénea respecto del sentido, pero siempre
vinculado a él o en relación de negación o de exceso con él”.
Una modalidad que formulará como marcas de los procesos
pulsionales, remontándolas a los “arcaísmos
semióticos del cuerpo, que, antes de reconocerse como idénticos de un espejo y,
por lo tanto, como significante, está en situación de dependencia respecto de
la madre”.
En la medida del corte, la ruptura de esta fusión
semiótica, dirá, será posible el acceso del futuro hablante en el sentido y la
significación.
Recapitulemos: se desprende un momento fundacional de
inscripción por el juego-experimentación con los elementos constitutivos de la
lengua. Placer por el sinsentido, por el mero juego con los significantes
constitutivos de la lengua materna. Inauguración de un campo de
experiencia. Allí el juego tiene otra función: experimentar e incorporar la ley
(las reglas lógicas) que permitirán el “uso de las palabras” y la
urdimbre del pensamiento.
Notemos su insistencia: “Antes de todo witz existe
algo que podemos designar como juego o chanza. El juego –atengámonos a esta
designación- aflora en el niño mientras aprende a emplear palabras y urdir
pensamientos.”
No vacila en calificar este juego como respondiendo a “una
de las pulsiones que constriñen al niño a ejercitar sus capacidades”; al
hacerlo tropieza con unos efectos placenteros que resultan de la repetición de
lo semejante, del redescubrimiento de lo consabido; la homofonía, etc. Y se
explica como insospechados ahorros de gasto psíquico. No es asombroso que esos
efectos placenteros impulsen al niño a cultivar el juego y lo muevan a proseguirlo
sin miramiento por el significado de las palabras y la trabazón de las
oraciones”.
Un pie de página, retoma el aspecto ligado al placer y la
repetición.
Literalmente leemos: “El placer que hallan los niños
en las repeticiones -ya había sido comentado en una nota al pie de La
interpretación de los sueños (1900)- es un tema del que Freud se ocupó mucho
después, al examinar su hipótesis de una “compulsión de repetición” en Más allá
del principio del placer (1920)”
Tratemos de ir bordeando un poco más –aun a riesgo de
repetirnos-, algunos aspectos teórico-conceptuales que confluyen en la noción
de Juego para el pensamiento freudiano.
Insiste en los textos freudianos, la noción de pasaje
intrasistema, de trasposición, de trascripción, de traducción, “sin
miramiento por su eventual sentido aparente”, tomando como modelo el “trabajo
(arbeit) del sueño”: “la íntegra suma de los procesos
transmutadores que transportaron los pensamientos oníricos latentes hasta el
sueño manifiesto”. Establece un proceso semejante de formación, entre el
sueño y el witz, donde: “Un pensamiento preconciente es entregado por un
momento a la elaboración inconsciente, y su resultado es aprehendido enseguida
por la percepción conciente”.
Pero no sin apelar a una afirmación tanto más radical,
cuando sostiene que “el witz pudo producir en el curso de su desarrollo, en
el estadio del juego (vale decir,
en la infancia de la razón) esas condensaciones placenteras; (y por otra
parte), en estadios más altos consuma esa misma operación mediante la
zambullida del pensamiento en lo inconsciente”. Detengámonos un
poco: es en el estadio del juego, “antes de todo witz” (como ya
ha señalado), donde “lo infantil es la fuente de lo inconsciente, y los
procesos del pensar inconsciente no son sino los que en la primera infancia se
establecieron en forma única y exclusiva. El pensamiento que a los fines de la
formación del witz se zambulle en lo inconsciente sólo busca allí el viejo
almácigo que antaño fue solar del juego con palabras”.
Condensaciones placenteras “que nacen de
manera automática, sin propósito fijo, durante el proceso del pensar en lo
inconsciente”. Por esta vía, propias del juego significante de la lengua
materna, en su vertiente más material: puro juego placiente de la homofonía, de
la rima, placer por el sonido, la música de la lengua materna. Una satisfacción
interna al orden significante donde no encontramos traza del concepto, del
sentido. Una música del lenguaje impone su ritmo, captura al humano, funda al
humano. Ruido significante.
Originariamente: sólo goce por el ruido mismo de la
lengua. (¿Tal vez arrullo materno? Y por este sesgo, el vector es la voz, voz
articulada, ritmada, con entonación, aunque en modo alguno significante en el
sentido de que designa un objeto ¿O deberemos pensarlo como arrullo de la
lengua? Y bajo este matiz, cada lengua entona su ritmo, su canto)
Así entonces, el balbuceo del infante se reitera. Juega
el juego que la lengua (materna) pide, impone. Y en su reiteración una marca
insiste, hace muesca y funda un soporte escriturario. No obstante: la
prohibición le llega. Condición de humanidad, en extremo: por amor y por
mandato legal, deberá abandonar ese efecto placiente, sumergirse en lo
permitido, aprender las conexiones de sentido entre las palabras, incorporar la
gramática, humanizarse.
De este pequeño desarrollo, vemos que el lugar del juego,
es un lugar paradojal. Por un lado es
la habilitación de un campo donde inscribir las marcas rítmicas de la lengua
(la lengua impone su ritmo cautivante, repetitivo, disparatadamente placiente).
Por otro lado, será la posibilidad de que el Otro demande el abandono, imponga
la regla, señale el armado hablante sobre el que experimentar la gramática,
construirla y entramar y urdir pensamientos.
BIBLIOGRAFÍA
FREUD,
Sigmund, El chiste y su relación con lo
inconsciente (1905), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrotu ed., 1988
FREUD,
Sigmund, Más allá del principio del
placer, Obras Completas, Tercera edición, Tomo III, Madrid, Biblioteca
Nueva
KRISTEVA, Julia, El sujeto en cuestión: el lenguaje poético, Claudé Leví-Strauss y
otros, La identidad, Seminario de Paris, 1978, Ediciones Petrel
RUBÉN FLORES
Psicoanalista. Desarrolla tareas docentes en el ámbito
hospitalario, institucional y privado. Es docente de Psicopatología I y II
(UNTref). Actualmente practica el psicoanálisis con niños, adolescentes y
adultos en el ámbito privado. Autor invitado del libro El juego, historia de chicos. Función y eficacia del juego en la cura
DIE VERLEUGNUNG*: Renegación,
Repudio, Desmentida (Por Andrés Borderías)
Die Verleugnung, término del alemán que se traduce como “negar,
desmentir, renegar de” es utilizado de diversas formas por Freud. Aparece
inicialmente en el contexto de la búsqueda de una definición para el mecanismo
propio de la psicosis, para referir el rechazo o la renegación de una
representación o de un hecho insoportable para el sujeto (1).
Posteriormente, y en el movimiento mismo en que la Verwerfung
llega a designar el mecanismo de rechazo específico de la psicosis, el repudio
aparece referido, tal y como encontramos en el texto “El fetichismo” (2), al
complejo de castración. Die Verleugnung es el término elegido por
Sigmund Freud para denominar el juicio particular que el perverso realiza en la
confrontación con la castración de la madre. Este juicio consta de dos tiempos:
en el primero el sujeto reconoce (Anerkennung) la castración. Se trata
de una afirmación (Behauptung) ante la falta en su vertiente imaginaria.
En el segundo tiempo, el sujeto rechaza la afirmación, rehúsa aceptarla, la
desmiente (Verleugnung). De este modo el sujeto rehúsa reconocer la
percepción, puesto que ello implicaría admitir la posibilidad de la propia
castración. La consecuencia para el yo
es la escisión, pues dos corrientes coexisten a partir de ese momento en el
psiquismo: una permanece ligada al reconocimiento de la realidad externa, la
otra, conformada según el deseo, mantiene las exigencias de la satisfacción
pulsional.
Los trabajos de Freud sobre el fetichismo y la escisión del yo
tienen como eje central la concepción de un je escindido como
consecuencia de la Verleugnung
del sujeto ante la falta, y cuyo soporte imaginario viene dado por la ausencia
del pene en la madre. De este modo, la Verleugnung aparece como causa de la
escisión del je y como mecanismo propio de la perversión (3).
Por otro lado Freud, en los ensayos sobre la sexualidad infantil,
en los que define ésta como polimorfa perversa, muestra el ser pulsional del
niño como rasgo de perversión, pero sin fundamentarlo en una Verleugnung
de la percepción de la castración de la madre. Se trata de una “perversión” de
la sexualidad como efecto de la satisfacción pulsional misma.
Esta aparente dificultad en la concepción de lo perverso en Freud,
entre la sexualidad pulsional infantil y el repudio de la falta materna, entre
pulsión y castración, encuentra en Lacan su resolución mediante su articulación
en la fórmula del fantasma y la lógica de la alineación-separación, anticipados
en el texto freudiano “Pegan a un niño”.
Jacques Lacan en Introducción a una cuestión preliminar para
un tratamiento posible de la psicosis y en Respuesta al comentario de
Jean Hyppolite sitúa con más precisión la Verleugnung
como repudio ante la falta en lo simbólico, al mostrar la determinación por lo
simbólico de los efectos imaginarios. No se trata de reducir la Verleugnung a
la dimensión imaginaria de la falta –como rehusamiento de una percepción- sino
del rechazo de la dimensión real de lo simbólico, es decir, de la castración
misma y del hecho de que lo simbólico es incompleto e inconsistente. Podría decirse
que al sujeto no le queda otro remedio, pues lo real es lo insoportable, que
reconocer y dar acuse de recibo de la falta en el Otro y a la vez de
defenderse, mediante una operación que implica el repudio de dicha falta.
Esta operación es la que regula y se concreta en el fantasma, en
lo que implica éste de defensa frente a la angustia que produce lo real, y
conlleva entonces el rasgo que caracteriza al fantasma como perverso por la
positivación del ser.
En la constitución del fantasma el sujeto aloja su ser de goce
ante dicha falta (4). Esta es la operación de separación y mediante la misma el
sujeto completa y obtura la castración del Otro. Si en un primer momento de la
separación, frente a la falta del Otro el sujeto responde con su propia falta,
en un segundo momento que forma parte de la misma operación de separación, el
sujeto aloja en el recubrimiento de ambas faltas su ser de goce. Este movimiento
que va de la negativización a la positivización podemos llamarlo Verleugnung
de la castración. De este modo, el fantasma incorpora la posición perversa de
la estructura del neurótico, puesto que implica el reconocimiento y el rechazo
de la falta del Otro a la vez. Y la Verleugnung indica el modo particular en
que el neurótico obtura, repudia la castración del Otro con su ser de goce en
el fantasma.
Verleugnung y escisión
del je, quedan ahora vinculados de este modo: la escisión del je
- Entzweiung del je dice Lacan (4) - se da entre la castración del
Otro y el ser de goce. Podríamos decir que hay escisión del je entre
una modalidad de respuesta que es la que el sujeto realiza articulando su deseo
como deseo del Otro y otra respuesta, en la que utiliza su ser de goce, su
rasgo de goce para obturar la castración del Otro. Y este doble movimiento
puede ser descrito como Verleugnung.
Por ello podemos concluir que el desmentido está fundamentalmente
referido a lo real. El sujeto desmiente, rehuye aceptar la falta, lo que no
hace de él un perverso. Pero sí hace de él un neurótico que maniobra con su
ser, ser enmarcado en su fantasma atravesado por la Verleugnung ,
al servicio de la constitución de un Otro supuestamente completo.
* Texto publicado en “Diccionario del Yo”, Nº Extraordinario de Acentos,
1995.
NOTAS.
1.
S.Freud
-1894. Las
neuropsicosis de defensa. 1896. Nuevas observaciones sobre las
psiconeurosis de defensa. 2.. S.Freud -1927. El
fetichismo. 3. S.Freud -1932. Nuevas aportaciones al
psicoanálisis. Conferencia XXXI, “La división de la
personalidad psíquica”. 1938. Escisión del yo en el proceso de defensa. 4.
“Entzweiung”: “Desavenencia, disyunción” que Jacques Lacan hace equivaler a la
escisión del Je en el seminario del
3 de Enero de 1969, “De un Otro al otro”.
BIBLIOGRAFÍA.
S.Freud. Además de las obras
ya citadas, es imprescindible la lectura de Las teorías sexuales infantiles, La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis así como del texto Pegan a un niño.
J.Lacan. En Escritos: La ciencia y la verdad, Subversión del sujeto, Kant con Sade. Seminarios: Lógica del fantasma,
Forclusión
del Nombre del Padre
2.- Forclusión (Verwerfung)
Leemos en el Seminario 3 Las Psicosis
que Lacan afirma en el capítulo I: “Espero que muchos de ustedes recuerden el
comentario que Hyppolite hizo aquí de la Verneinung (2 años antes) (…) Lo que
destacaba claramente su análisis de este texto fulgurante, es que, en lo
inconsciente, todo no está tan solo reprimido, es decir desconocido por el
sujeto luego de haber sido verbalizado, sino que hay que admitir, detrás del
proceso de verbalización, una Bejahung primordial, una admisión en el sentido
de lo simbólico, que puede a su vez faltar”.
Busquemos detenernos a reflexionar
parte a parte el texto citado. Leemos así que:
“en lo inconsciente, todo no está tan
solo reprimido,
es decir desconocido por el sujeto
luego de haber sido verbalizado,
(además, con anterioridad lógica)
hay que admitir (…) un Bejahung primordial
una admisión (…) simbólica
Que puede a su vez faltar”
Al hablar de reprimido se refiere a la
represión propiamente dicha o secundaria. En este sentido reprimir
(Verdrängung) es “dar caza” de representantes cosa + representantes palabra
(significantes enlazados a significados articulados, a representaciones del
objeto) a partir del pasaje al sistema Preconsciente. Puesto que allí se
efectúa la represión propiamente dicha, según Freud.
Por otro lado, podemos leer algo más
con respecto a la afirmación sobre lo inconsciente, puesto que, en el modelo
freudiano, la meta de la pulsión sexual consiste en recuperar el objeto de una
satisfacción anterior. Es preciso pues, suponer una primera experiencia de
satisfacción de donde nacen dos referentes fundamentales de la economía
libidinal posterior: la huella mnémica del placer obtenido (huella perceptiva) y
el objeto (real) como profundamente perdido. Postulará Freud que en la
superficie de la memoria, que es el lugar donde van tejerse la red de representaciones y construirse
la subjetividad, quedará fijada la inscripción psíquica de la satisfacción. A
su vez, como la huella es en esencia la ausencia de la cosa, das Ding nunca
podrá ser recuperada en la red de los símbolos. El objeto primero de placer
(pecho) quedará irremediablemente perdido en el campo de las representaciones.
Esta ausencia engendra la eterna nostalgia por el objeto faltante. El objeto
como tal, no está reprimido. Simplemente, se especifica como imposible de
encontrar en el campo de las Vorstellung. Aquello que sucumbe a la represión,
será siempre del orden de las representaciones del objeto.
La inscripción psíquica del placer
alcanzado por primera vez, funcionará como huella perceptiva, entorno a la cual
se organizan luego las Vorstellung, estructuradas como un lenguaje. La huella
de una percepción de la primera experiencia de placer pasaba a constituir la
capa más profunda del inconsciente. Al mismo tiempo y dada su naturaleza de
signo perceptivo, se mantenía marginada de los procesos simbólicos de condensación
y desplazamiento. Esta huella no puede ser pensada, no puede ser sabida, no
puede ser traducida en términos de lenguaje, puesto que no forma parte del
sistema. Ella aporta a los procesos inconscientes la satisfacción alucinatoria
de deseos por medio del proceso de identidad de percepción.
Necesitaba describir, en un nivel
fundador de los procesos inconscientes, la intervención de un real, para el que
carecía de la categoría de: un real de goce.
La realización alucinatoria de deseos,
proporciona al sujeto un placer equivalente a un acto de descarga adecuado
ejercido sobre un objeto cualquiera del mundo exterior. En el inconsciente las huellas
son tratadas como si fueran la cosa buscada y no representaciones simbólicas de
aquella. Ese es el modo que tiene el inconsciente de gozar.
Identificamos a la primitiva huella
perceptiva, como el sostén del mecanismo de repetición, el punto de partida
donde él se inicia. Esta primera huella, entrará en contacto con las otras
representaciones transmitiéndole parte de la carga del placer originario.
Constituye lo que Freud llamó ombligo del sueño u ombligo del inconsciente y
resulta ser una primera formulación de lo que luego llamó Urverdrängung
(Represión Primaria). El placer que tiende a recuperar la pulsión sexual,
inmortalizado en la primera huella, es un placer relativo a un instante de
unión, de fusión con el objeto y, por consiguiente, en el modelo freudiano, se
ubica bajo la égida del Principio del Placer.
Con la Todtrieb Freud afirmó la
existencia de una pulsión tendiente a repetir un placer de otro orden que el
sexual, una satisfacción que conlleva la destrucción de las aspiraciones
unificadoras de Eros. Una Compulsión a la repetición que se satisface con la
rememoración de un desgarro, de una pérdida, de una herida traumática. Algo que
empuja al sujeto a reproducir un dolor anterior y a conquistar en última
instancia la muerte.
Retomando; para Lacan entonces, que
algo sea reprimido es que tuvo que ser admitido inicialmente, en el aparato, en
lo simbólico.
A esa inscripción en lo simbólico la
nombra Bejahung primordial, afirmación primordial, al modo de la Represión
Primordial freudiana.
Supone para Lacan un nivel estructural
de inscripción de significantes en el aparato. Son significantes los que se admiten
en lo simbólico y también significantes los que se rechazan. Afirmación,
inscripción o admisión de estos significantes –en un tiempo primario-
significantes que luego podrán, llegado el caso, ser reprimidos y retornar de
la represión (por ejemplo, tomando la vía de la Verneinung).
Notemos ya, que Lacan para aportar
fundamentos a su teoría del Nombre del Padre estuvo atravesado por la pregunta
sobre el origen lógico de la estructura del lenguaje.
Leemos: “El significante debe primero
concebirse como diferente de la significación. Se distingue por no tener en si
mismo significación propia. Intenten pues imaginar qué puede ser la aparición
de un puro significante. Obviamente, por
definición, ni siquiera podemos imaginarlo. Y, sin embargo, ya que hacemos preguntas
sobre el origen, es necesario a pesar de todo intentar aproximarse a lo que
esto puede representar”.
Este tiempo primordial, originario,
“instante inaugural” de inscripción significante en un cachorro humano, supone “una
primera vez” en la que un signo adherido a que significa, dentro de un sistema
establecido de comunicación anterior a la marca inicial en el cachorro, por
efecto de una determinada manipulación, resultará desprendido de la
significación y transmutado en un material fonético sin sentido propio. Muta
así el signo lingüístico y se convierte en significante.
Un signo material que no tiene ningún
sentido. La estructura del sin-sentido está en el origen del lenguaje. Nace el
significante, de un conjunto de signos socialmente articulados para el
intercambio. Entonces, un signo, lo que significa algo para alguien, es la
materia prima de la que surge el significante para Lacan. El pasaje del signo
al estadio del significante implica que el primero rompa su apego a ese “algo”
que significa; esa operación transmuta su naturaleza de signo en la de
significante.
Si la primera condición en la
estructuración del significante es que no signifique nada, y la segunda que
reencuentre el sentido por relación a otro significante (efecto de cadena
significante), debe haber además un nivel donde sostenga su identidad
(diferencia). Esta hay que buscarla en el registro formal de su configuración
fonética. Su “materialidad” fónica distintiva, que permite distinguir uno de
otro significante. “El significante como tal, sirve para connotar la diferencia
en estado puro” (Lacan Sem. 9).
El material fonológico, como mínima
expresión de lo que puede emitirse en un vocablo, una palabra o una frase,
despegados radicalmente del sentido, presentifican la noción de letra para
Lacan. Dirá: “Designamos como letra el soporte material que el discurso
concreto toma del lenguaje”. Dicho soporte material se refiere a la sustancia
fonética del significante, sin importar la conciencia de esto que tenga el
hablante.
En el seminario de la Identificación
Lacan conjetura el momento inaugural de la estructuración del lenguaje: “es la
operación de localización de la primera configuración de una emisión vocal con
un signo como tal”. “(…) una sustitución por donde lo que tiene un sentido se
transforma en un equívoco y reencuentra su sentido”. Un objeto natural es
tomado como signo de una ausencia, o lo que es lo mismo, signo de su presencia
en otro lado.
Negación de sentido y equívoco. No y
simultáneamente equívoco. Distinción –inscripción- y equívoco –obliga a la búsqueda de la
aclaración: introducir un nuevo equívoco-.Una falla que garantiza que una
lengua no sea un sistema cerrado de significaciones congeladas y fijas. Es
imposible erradicar el malentendido del lenguaje.
Bejahung en la psicosis
Lacan supone en el párrafo citado, que
esa admisión simbólica, “puede a su vez faltar”.
Matiza luego en el Seminario 3,
Capítulo VI: “Previo a toda simbolización hay una etapa, lo demuestra la
psicosis, donde puede suceder que parte de la simbolización no se lleve a
cabo”.
O también: “Puede entonces suceder que
algo primordial en lo tocante al ser del sujeto no entre en la simbolización, y
sea, no reprimido, sino rechazado”.
Pero rechazar algo no implica que no
haya simbolización como tal. Algún significante podría no inscribirse, podría
no admitirse en lo simbólico y entonces ser rechazado.
Entonces: incluso para la estructura
psicótica supondremos la Bejahung.
Ese “algo primordial” rechazado es el
rechazo de un significante singular: el Nombre del Padre.
No podríamos decir que en la psicosis
no hay simbolización primordial o que los significantes no se inscriben en lo
simbólico. El psicótico es un ser hablante y como tal habita el lenguaje.
Entonces, es un significante
determinado el que no es admitido en lo simbólico en la psicosis. Pero la
Bejahung –operación de simbolización- la supondremos en todo ser hablante.
Corresponde a la mítica captación del organismo por el lenguaje y no concebimos
la psicosis por fuera de ese campo.
Lacan nombra Verwerfung[1],
en el Seminario 3, a la expulsión primordial, ubicándola en el lugar de la
Ausstossung, como contracara de la afirmación primordial, como contrapartida de
la Bejahung.
Sigamos la lectura: “Lo que cae bajo
la acción de la represión retorna, pues la represión y el retorno de lo
reprimido no son sino el derecho y el revés de una misma cosa. Lo reprimido
siempre está ahí y se expresa de modo perfectamente articulado en los síntomas
y en multitud de otros fenómenos”.
Retorna entonces en lo simbólico de las
Formaciones del inconsciente. Incluyendo allí la Verneinung.
En cambio, lo que cae bajo la acción
de la Verwerfung tiene un destino diferente, ya que se trata de una expulsión,
de una no admisión en lo simbólico y el retorno no se producirá en lo simbólico.
Aquello que es expulsado de lo simbólico va a retornar en lo real de la
alucinación.
Hablamos así de una Verwerfung que
afecta a cualquier hablante-ser. Pero si distinguimos estructuras clínicas, no
es lo mismo el significante rechazado. Las consecuencias serán diferentes.
La Verwerfung para Lacan, es una
operación que recae sobre significantes. Estos son rechazados de lo simbólico
–en la psicosis, específicamente el nombre del padre- y estos significantes
retornan en lo real. Pero en lo real no se encuentran únicamente estos
significantes. La entrada al universo simbólico supone también la pérdida
radical originaria, del objeto.
Entonces además, hay el objeto perdido
por el hecho de hablar, de habitar el lenguaje. Se pierde en el tiempo mítico
en que el viviente es tomado por el baño del lenguaje.
Podríamos suponer que Lacan reserva el
término Ausstossung para lo que queda en lo real, pero no del lado del
significante, sino del lado del objeto.
No obstante, digamos que del lado de
la Ausstossung, tanto en la neurosis como en la psicosis el objeto se pierde
originariamente por el hecho de habitar el lenguaje: el significante “lo mata”.
Bibliografía:
-El Nombre del Padre, articulación
entre la letra, la ley y el goce-Norberto G. Rabinovich.
- Las psicosis, fenómeno y
estructura-Roberto Mazzuca y Cols.
[1] Lex. Unidad léxica abstracta que no puede descomponerse en otras
menores aunque si combinarse con otras para formar compuestos.
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